“Antes, el poder en México tenía cierto respeto por el sector intelectual”: Antonio Ortuño




Texto: Raúl Armenta Asencio / Imágenes: Leticia Soltero

Es considerado uno de los mejores escritores contemporáneos de México. Además de ser un prolífico autor de ficción, tiene un par de columnas en periódicos de gran circulación en nuestro país. Conforme ha pasado el tiempo, se ha ganado la atención de gente reticente a leer.

Su nombre es Antonio Ortuño, y en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara presentará su más reciente libro, titulado Agua Corriente, una serie de cuentos publicados a lo largo de los últimos diez años en los que ha logrado convertirse en un escritor que se dedique sólo a escribir, algo difícil en México, y con el que espera atrapar a nuevos lectores.

A propósito de Agua corriente, los intelectuales en México y la Feria Internacional del Libro, hablamos con Antonio Ortuño.

¿Qué me puedes contar de tu más reciente libro, Agua corriente?

Es una recopilación de cuentos. Esencialmente es una antología de los cuentos que he publicado a lo largo del tiempo, tanto algunos de los que aparecieron en mis primeros dos libros de relatos, así como cuentos que sólo habían salido en revistas, antologías, portales de internet, etcétera.

La idea del editor, cuando me invitó a preparar esta antología, era darle al lector que sólo conocía mis novelas, un muestrario de mi trabajo en este género.

El título viene por el nombre de uno de los cuentos, y además me parecía el más adecuado para la recopilación, porque son cuentos que parten de la vida cotidiana, de escenarios hasta cierto punto realistas y convencionales, pero que a partir de ahí derivan a un montón de locuras violentas, tal como pasa, desgraciadamente, en México, donde vivimos en una mezcla de naturalismo y nota roja.

Han pasado diez años desde El buscador de cabezas, tu primer novela, y El jardín japonés, tu primer libro de cuentos, sin contar las innumerables crónicas que has escrito para El Informador y Más por más, ¿cómo has cambiado como escritor a lo largo de estos diez años?

Diez años de la publicación, pero muchos más de la escritura. Casi nadie publica su primer novela instantáneamente. Tardé muchos años escribiendo El buscador de cabezas y muchos más buscándole un editor; en realidad llevo casi veinte escribiendo.

Desde luego que la manera de ver la escritura y de practicarla es muy distinta. Comencé siendo un escritor de ratos libres, de fin de semana, porque era periodista, que involucra una rutina complicada, y tenía que planear mucho lo que escribía, pues tenía poco tiempo para hacerlos.

Desde hace un tiempo vivo dedicado exclusivamente a la escritura literaria, lo que como rutina es un cambio absoluto, pues le dedico todas las horas que quiera a escribir. Esto me ha permitido redondear, concluir e iniciar muchos proyectos que antes no tenía tiempo de resolver.

También uno envejece, se interesa por algunos temas, algunas estrategias narrativas, y luego o te aburres de ellas o sientes que ya dijiste lo que tienes que decir, lo que te obliga a renovarte; los intereses y el punto de vista van cambiando, uno aprende nuevas cosas.

Desde que comencé a escribir hasta ahora, el cambio ha sido diametral, y esto también se aplica desde que publiqué El buscador de cabezas. Ha cambiado muchísimo mi relación con la literatura: en aquél momento leía esencialmente novelas, llegó el momento en que leía una novela diaria, y desde hace un tiempo leo de otra manera: leo poesía, ensayos, libros sobre temáticas que me interesan, libros de historia, arte o teoría; no es que me ha dejado de gustar la narrativa, pero estoy tratando de escribir de otra manera, y leer otras cosas me ayuda a escribir de otro modo.

¿Cómo fue el proceso para que llegaras a vivir de lo que escribes?

Es muy complicado. Lo que creo es que con el tiempo y fortuna y tratando de ser riguroso en el trabajo, logras establecer un diálogo con un grupo de lectores, lo que te permite tener un buen contrato de edición y traducciones, que es lo que cimienta la posibilidad de vivir de eso.

También he tenido el Sistema Nacional de Creadores, que es un apoyo que muchísimas personas piden, pero que muy pocos reciben. Yo siempre he sido muy crítico con la gente que pide becas y no trabaja, o mete un proyecto que ya tenía hecho. Cuando tuve el sistema, traté de realmente trabajar mucho con ese apoyo; metí un proyecto por dos libros al sistema, y terminé entregando tres, de los cuales dos ya están publicados, y el otro se publicará el próximo año.

Los contratos de edición tienen que ver con que uno tenga lectores, que es lo que buscan los editores, y lo mismo pasa con las traducciones. No trato de escribir una literatura popular que le llegue a cientos de miles de personas, no tengo ni la capacidad ni el talento para escribir de esa manera, pero lo que escribo le ha interesado a suficiente gente como para que los editores se sigan interesando en mi trabajo.

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¿Y el panorama literario en nuestro país cómo ha cambiado en este tiempo?

Creo que han cambiado muchas cosas. Hace diez años era casi indispensable irse a vivir a la Ciudad de México si uno quería publicar, y muchos escritores lo hacían porque concentra la industria editorial mexicana, concentra las decisiones en materia cultural porque tiene posibilidades mucho más variadas que la de cualquier otra ciudad del país. Sin embargo, en cierto momento la industria editorial española entró masivamente a México, compró muchas de las editoriales, y se instaló con mucha fuerza en el país, lo que hizo que las decisiones comenzaran a tomarse en otros lugares como Barcelona o Madrid, lo que abrió una rendija por la que nos colamos algunos como Julian Helbert, Fernando Melchor o Carlos Velázquez. En mi caso, aunque tuve oportunidad de irme a vivir en la Ciudad de México, no lo hice porque me gusta nomas para vacacionar; en Guadalajara vivo muy a gusto porque vivo dentro de mi casa y casi no salgo a ningún lado, lo que me permite concentrarme en mi trabajo, y salgo a la luz en la FIL o en algún viaje específico.

¿Cómo influye tu carácter ermitaño en tu proceso creativo?

Para mí es bastante lógico, no soy un cantante y no necesito estar en contacto con la gente que lee lo que yo escribo, ni siquiera en las redes sociales, aunque me divierte mucho entrar a ellas, porque es otra manera de dialogar con lectores y gente interesada en los mismos temas que tú; además, los libros son hojas escritas que lee alguien en otra parte del mundo, y que si se aburre lo deja de leer, y si se divierte sigue, y se acabó, tú ya no estás ahí, está el libro, que es una cosa distinta.

Para mí es ideal porque me da esa posibilidad de quedarme en mi casa con mi perro y mis libros escribiendo para que la gente que quiera lo lea, no es necesario que nos veamos y que balbucee cosas.




Hablando de las redes sociales, ¿qué opinas tú de estas y, por ejemplo, la beca que se entregó para que se hagan poemojis?

No podemos culpar a las redes de lo que, finalmente, hace la gente; las redes son medios que facilitan algunas dinámicas, pero es como acusar al teléfono de haber causado males en la sociedad.

Yo creo que es normal que una plataforma como la red que te permite comunicarte con tanta gente, difundir tantas cosas, leer en tiempo real cosas que está escribiendo otra gente, tiene ventajas y desventajas. Por razones de edad, yo no soy alguien proclive a leer poemojis, yo no mando emoticones en un chat, pero supongo que eso es una deformación personal.

Uno también debe conocer sus limitaciones. Yo soy un observador de la cotidianidad, pero no soy un critico cultural, ni me interesa hacer crítica cultural académica, ni tengo herramientas para hacer análisis de los poemojis, y no los leo porque no le entiendo a los emoticones.

Mi opinión no tiene ningún peso en ese sentido, quien lo hace estará bien para él y para quien lo lea, no creo que lo deban meter a la cárcel o algo por el estilo. También hubo controversia cuando empezaron a becar a artistas multimedia, o a gente que hacía cosas diferentes. No estoy cómodo con muchas expresiones del arte contemporáneo, pero porque tengo una cultura absolutamente literaria; ni siquiera me gustan las artes plásticas en general, no soy muy plástico, no soy muy visual, soy como un topo. Lo que hago es leer. Prefiero mantenerme neutral al respecto de otro tipo de manifestaciones, pues no las entiendo a cabalidad, ni mi preparación me da para hablar de ello.

Eres periodista, ¿cómo te ayuda esto al momento de escribir una novela o un cuento?

Yo me dediqué al periodismo para sobrevivir, porque para alguien que lee y escribe es más fácil ganar dinero haciendo periodismo que literatura; sin embargo, yo leía más libros que periódicos. Me encontré con un trabajo que me permitía hacer ambos. Más que reportero fui editor, durante mucho tiempo fui editor de portada. Yo era un tipo al que le llegaba el material del periódico y que se peleaba con reporteros y editores para escribir las síntesis que aparecen en portada, me devanaba los sesos buscando los encabezados más apropiados y llamativos.

Mi vinculación más profunda ha sido a través de las columnas que escribo. Llevo años colaborando en El Informador y en Más por más, que tiene que ver más con el periodismo en suma que mis labores como editor.

Lo que me ha dado el periodismo para la literatura no ha sido más que disciplina. Como toda persona, a los 18 o 20 años que entré al primer periódico, no tenía ninguna clase de disciplina para escribir, pero el periodismo te obliga a producir, a ser crítico con lo que produces, dejar los textos lo mejor posible en un tiempo determinado, y todo eso me ha ayudado mucho para el tipo de escritura que hago. No me puedo dar el lujo de pasarme un año admirando el cielo, reflexionando y escribiendo dos o tres tardes al año; si uno escribe así, terminas con libros de 25 páginas que tardan cuatro años en terminarse y que son aburridísimos.

Algo que a mí me interesa, y que me dio el periodismo, es tener siempre en mente que escribes para alguien más, y aunque no es lo único que tiene que pensar un narrador, nunca hay que perder de vista que alguien va a leer eso, y que seguir el dictado interior va a provocar que mate de tedio a quien está leyendo su texto, que es algo que no me interesa.

En una entrevista hace unos años dices que te interesa la “’burla íntima’ más que la denuncia social”, ¿por qué salirte de este camino que han tomado gran parte de los escritores mexicanos y periodistas de hacer denuncia social?

Yo creo que hay muchas maneras de afrontar la crítica social. Me interesa mucho la crítica social, creo ejercerla en el periodismo y la literatura. Esa entrevista es bastante vieja, y tengo la mala costumbre de decir lo que pienso en el momento.

Comencé escribiendo con una posición bastante nihilista, porque cuando uno es joven es muy fácil que nada te importe y que lo que quieras sea ver el mundo arder. Uno envejece, tiene hijos, tiene perro, y no quieres que el entorno devore a tus hijos y a tu perro, y cambia tu posición, pasas de ser alguien que se burla de ese caos cotidiano en el que estamos metidos, a alguien que se preocupa por ese caos, y alguien que trata de encontrar caminos para entenderlo y alejarse de las partes más peligrosas del caos en el que se ha convertido el país.

En ese sentido, hago crítica social porque soy alguien que vive en su casa, alguien que lee los resultados de las investigaciones pero no las hace. Soy un escritor y un observador. No soy un activista a pesar de tener mis posiciones políticas e ideas sociales.

Por otro lado, un país como México hace imposible que los creadores se mantengan en las torres de marfil. Cómo puedes vivir en México y no darte cuenta de la violencia criminal y estatal, cómo no darte cuenta de la brutal desigualdad y todo ese tipo de situaciones que vivimos todos los días. Yo no trato de hacer moralismo, no se me da, pero tampoco creo que baste con burlarse de las cosas. La sátira es algo que siempre me ha interesado, pero a veces se queda corta.

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En otra entrevista hablas sobre cómo, aunque estés en espectaculares y en primeras planas de periódicos o portadas de revistas, no logras tener la popularidad de un cantante o un actor, ¿esto es bueno, malo o indiferente para un escritor como tú?

Es buenísimo. Desde luego que es muy extraño salir en la portada de una revista o periódico. La gente reconoce a las caras que salen en la televisión. Por otro lado, un escritor, a menos de que sea Jordi Rosado, por lo general habla de cosas complejas desde un punto de vista complejo; si no, no tendría ninguna clase de sentido que abra la boca. A mucha gente la complejidad le aburre y la hecha para atrás, por lo que no quieren sentarse a hablar de ideas o creen que no van a poder absorberlas.

Un día salí en la tele, y la señora de la carnicería, que nunca me había saludado, me empezó a saludar todos los días, pero porque salí en el programa de Susana Zabaleta.

A lo que ayuda la pequeña difusión es que el grupo de gente que lee, que en nuestro país es pequeño, sepa quién eres, qué escribes, y si se interesa, te empiece a seguir; no creo que nadie esté esperando a saber qué opino sobre tal o cual tema, para opinar sobre eso; lo del liderazgo de opinión se está muriendo poco a poco. Ya no hay escritores hablando en los medios, ahora son analistas políticos que son comprados por partidos y empresas, lo que provoca que la gente no les crea, pues la gente no lo ve como su realidad.

Dices que ya no hay escritores hablando en los medios; sin embargo, hay algunos, como Juan Villoro, que va al baño, y periódicos como El Universal le hacen una entrevista larguísima…

Eso habría que preguntárselo a los medios, porque Villoro no es jefe de información de los medios. Sucede que Villoro tiene una columna que es muy leída, mucha gente le hace caso, y tiene esa fama que da el no sólo haber salido entrevistado en Canal 22, sino que comentó el mundial en la cadena de televisión más vista; yo creo que por eso la gente los busca.

A mí me tocó, cuando vivían Fuentes y Paz, ver coberturas sobre ellos, que eran cosas tan exageradas como que uno de ellos fuera a un desayuno. Fuentes tenía posicionamientos sobre cualquier país y situación. Villoro es un carmelita descalso comparado con Carlos Fuentes, y eso cambió porque murió Fuentes, no porque cambiaran los medios.

Hay muchos medios desesperados por encontrar opinólogos con prestigio intelectual para preguntarle sobre lo que sea. A Monsiváis le preguntaban sobre temas muy diversos, absolutamente todo, y le daban el poder de reflexión a él.

Eso está cambiando, no sé si para bien o para mal. Corremos el riesgo de que en una generación tengamos a Jordi Rosado hablando sobre cualquier tema como lo hacía Monsiváis.

¿Estamos perdiendo intelectuales en México?

No creo, más bien está cambiando su papel público. Para empezar, el poder institucional trataba de estar cerca de ciertos intelectuales, como Octavio Paz. Ahora, a la mayor parte del poder político, los intelectuales le valen una chingada.

Yo recuerdo la indignación de Javier Duarte cuando muchos periodistas e intelectuales pedimos que el Hay Festival se fuera de Xalapa, porque Duarte estaba tratando de aprovecharlo para su promoción personal, cuando estaba comprobado que Veracruz era un estado había un clima de linchamiento hacia la prensa y cualquier ser humano.

Antes el poder en México, si bien no fue ilustrado, tenía un cierto respeto por el sector intelectual, que ya no existe en lo absoluto. Ahora los políticos, si es que llegan a pensar en los intelectuales, los ven como problemáticos, y no sólo es culpa de los políticos, sino de los intelectuales mismos.

Hace unas semanas escribiste en El Informador sobre las ferias de libro, ¿qué opinas de la FIL de Guadalajara, en particular?

Me encanta la FIL. La primera vez que fui me llevaron de la primaria, he ido a casi todas las ediciones y he estado durante casi todos los días. Hay gente que por diferentes motivos se sienten incómodos con la feria, algunos de manera más inteligente y otros de manera más torpe.

A mí me encanta y me ha permitido encontrar una cantidad fabulosa de libros que de otra forma habría sido muy difícil encontrar; he escuchado a un montón de escritores fenomenales, algo que ha sido muy importante; y en términos profesionales, la FIL ha sido muy importante para encontrar contactos con editores; no tengo por qué quejarme de ella.

He sido crítico de repente con ciertos aspectos que no me han agradado, pero en suma creo que es mucho mejor que exista a que no, aunque pensar que la FIL va a resolver todos los problemas de cultura en nuestro estado es absurdo, no va a resolver todo lo que no hizo la educación o las familias.

¿Estás trabajando en otro libro actualmente?

Yo siempre estoy trabajando como en quince. En este momento estoy relativamente cerca de terminar tres: una novela en construcción, un libro de cuentos al que le falta un relato para cerrarlo, y otro diferente que también va avanzando.

Durante muchos años me faltó tiempo para escribir, y ahora que lo tengo, escribo un montón. Afortunadamente, esos libros tienen lectores y han interesado, y puedo hablar con diferentes tipos de lector. Mientras mis libros tengan lectores, podrán seguir apareciendo.

Agua corriente, de Antonio Ortuño, será presentado el lunes 28 de noviembre de 2016 a las 17:00 horas en el Salón 4 de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. La entrada a la presentación es libre en la compra del boleto de acceso a la FIL.




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