Derribando muros

Derribando muros (Adelanto)

Para conmemorar el nombramiento de la artista serbia, Marina Abramović, como Premio Princesa de Asturias de las Artes, y con autorización de Malpaso, reproducimos un fragmento de su libro, Derribando muros, publicado por esta editorial. En México, el libro se puede adquirir en formato digital en cualquier librería.

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Una mañana fui caminando con mi abuela hacia el bosque. Era muy bello y tranquilo. Yo tenía solo cuatro años, así de diminuta era, y vi algo muy extraño: una línea recta que atravesaba la calle. Sentí tanta curiosidad que me acerqué; solamente quería tocarla. Luego mi abuela gritó muy fuerte. Lo recuerdo con mucha intensidad. Se trataba de una enorme serpiente.

Ese fue el primer momento de mi vida en que de verdad sentí temor, pero no tenía idea de a qué debía temerle. De hecho, fue la voz de mi abuela lo que me aterró. Y después la serpiente huyó deslizándose rápidamente.

Es increíble cómo tus padres y quienes te rodean te incrustan el miedo. Al principio eres tan inocente; no lo sabes.

Provengo de un lugar sombrío: la Yugoslavia de la posguerra de mediados de 1940 a mediados de 1970. Una dictadura comunista, el mariscal Tito en el poder. Escasez perpetua de todo, monotonía por doquier. Algo tienen en común el socialismo y el comunismo: esa clase de estética basada en la fealdad pura. El Belgrado de mi infancia ni siquiera poseía el monumentalismo de la Plaza Roja de Moscú. De alguna manera, todo terminaba siendo de segunda mano. Como si los dirigentes estuvieran viéndolo todo a través de una lente comunista, pero de otro, y construyeran algo menos bueno y funcional y más jodido.

Con frecuencia recuerdo los espacios comunales; los pintaban de un sucio color verde y colocaban esos focos desnudos que brillaban con una luz gris que ensombrecía los ojos. La combinación del color y de los muros coloreaba nuestra piel de un tono amarillento, verdoso, como si estuviéramos enfermos del hígado. Hicieras lo que hicieras, había un sentimiento de opresión y un poco de depresión.

Dentro de estos feos bloques gigantes de apartamentos vivían familias enteras. Los jóvenes nunca lograban conseguir un apartamento para sí mismos, por lo que en cada uno vivían varias generaciones: la abuela y el abuelo, los recién casados y sus hijos. Esto creaba complicaciones ineludibles, con todas estas familias amontonadas en espacios muy reducidos. Las parejas jóvenes tenían que ir al parque o al cine para tener sexo. Y olvídate de la idea de comprar algo nuevo o bonito alguna vez.

Una broma de la época comunista: un tipo se retira, y por haber sido un empleado excepcional lo premian, no con un reloj, sino con un coche nuevo, y le dicen en la oficina que es muy afortunado: le entregarán su coche en tal fecha, en veinte años.

—¿Por la mañana o por la tarde? —pregunta el tipo.

—¿Qué más da? —contesta el oficial.

—Es que ese mismo día vendrá el fontanero.

Mi familia no tuvo que soportar nada de esto. Mis padres fueron héroes de guerra, lucharon contra los nazis junto a los partisanos yugoslavos, comunistas dirigidos por Tito, por lo que después de la guerra se convirtieron en miembros importantes del Partido, con puestos relevantes. A mi padre lo nombraron miembro de la guardia de élite del mariscal Tito; mi madre dirigió un instituto que supervisaba los monumentos históricos y que adquiría obras de arte para edificios públicos. También fue la directora del Museo de la Revolución y el Arte. Gracias a eso gozábamos de muchos privilegios. Vivíamos en un gran apartamento en el centro de Belgrado, en la calle Makedonska, número 32. Un gran y anticuado edificio de la década de los veinte, con elegante forja y cristal, como un apartamento de París. Teníamos un piso entero, ocho habitaciones para cuatro personas —mis padres, mi hermano menor y yo—, lo que era inaudito por aquella época. Cuatro habitaciones, un comedor y un gran salón (así le llamamos a la sala de estar); una cocina, dos baños y un cuarto de servicio. El salón tenía estantes llenos de libros, un piano de cola negro y cuadros en todas las paredes. Como mi madre era la directora del Museo de la Revolución y el Arte, podía ir a los estudios de los pintores y comprarles sus lienzos, pinturas con influencia de Cézanne, Bonnard y Vuillard, y también muchas obras abstractas.

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