Breve historia de siete asesinatos

Breve historia de siete asesinatos (Adelanto)

Para celebrar que el pasado miércoles 1 de julio se celebró el Día Internacional del Reggae, y con autorización de Malpaso Ediciones, publicamos un fragmento del libro, Breve historia de siete asesinatos, del autor jamaiquino, Marlon James, mismo que se puede adquirir en librerías del país.

Barry Diflorio

Fuera sólo cuelga un letrero, pero es tan grande que hasta desde dentro se ve cómo se balancean del tejado las curvas amarillas del logo. Es tan enorme que un día se caerá, seguramente cuando esté entrando algún niño al que hayan dejado salir antes de tiempo de la escuela. Así pues, el niño se plantará en el umbral justo cuando el logo empiece a crujir; él ni siquiera lo oirá de tanto ruido que le hacen las tripitas, y cuando intente abrir la puerta se le caerá todo encima. El fantasma del pobre niñito soltará unas palabrotas dignas de un puto marinero cuando se entere de qué es lo que lo ha mandado al otro barrio: «King Burger: Pruebe nuestro Whamperer».

También hay un McDonald’s bajando por Halfway Tree Road. Tiene un logo azul y la gente que trabaja en él jura que el señor McDonald está en la trastienda. Pero yo estoy en el «King Burger, pruebe nuestro Whamperer». Por aquí nadie ha oído hablar nunca del Burger King. Las sillas son de plástico amarillo, las mesas son de fibra de vidrio roja y las letras del menú recuerdan a esas de los cines que ponen «Próximamente». A las tres de la tarde el local nunca está lleno y, claro, por eso vengo aquí. Las manadas de gente me ponen nervioso; les basta una chispa inoportuna para convertirse en multitudes enardecidas. Me pregunto si será ése el motivo de que la fachada esté cubierta de rejas. Llevo en Jamaica desde enero.

Detrás de la caja registradora hay un letrero que anuncia que si tu hamburguesa tarda más de quince minutos, no te la cobran. Hace dos días les mostré mi reloj de pulsera pasados dieciséis minutos y me dijeron que la norma sólo se aplica a las hamburguesas con queso. Ayer, cuando se retrasó mi hamburguesa con queso, me dijeron que la norma sólo se aplica a los bocadillos de pollo. La pobre chica debe de estarse quedando sin hamburguesas a las que echar la culpa. Pero aquí no viene nadie. Una de las cosas que me tocan los cojones de mis compatriotas americanos: siempre que viajan a un país extranjero, lo primero que hacen es intentar encontrar todas las cosas americanas que puedan, aunque sea la comida de una cafetería de mierda. Sally, que lleva aquí desde la administración Johnson, no ha probado jamás el akí con bacalao, a pesar de que seguramente ya somos dos millones de personas las que le hemos dicho: cariño, es como los huevos revueltos pero mejor. A mis hijos les encanta. A mi mujer le gustaría que aquí tuvieran salsa Manwich o Ragú, o hasta Hamburger Helper, pero lo lleva claro para encontrarlas en el supermercado. Lo lleva claro para encontrar cualquier cosa, en realidad.

La primera vez que probé el pollo con salsa picante jamaicana fue porque un tipo se acercó a mi coche en un cruce de Constant Spring Road y, antes de que yo pudiera encontrar la manecilla rota que subía la ventanilla, me gritó: jefe, ¿ya probó nuestro pollo picante? Era un tipo alto y flaco, vestido con camiseta blanca, un afro enorme, dientes brillantes y músculos igual de brillantes, demasiados músculos para un solo hombre, ¡pero joder!, el tío olía tanto a pimienta de Jamaica que salí del coche y lo seguí hasta su local, una chabola de madera rematada con un tejado de zinc y pintada a rayas azules, verdes, amarillas, anaranjadas y rojas. El tío agarró el puto machete más grande que yo había visto en mi vida y me cortó un pedazo de pata de pollo como si estuviera cortando mantequilla caliente. Me la dio y yo ya estaba a punto de comérmela cuando él cerró los ojos y me dijo que no con la cabeza. Tal cual: firme, sereno e inflexible. Antes de que yo pudiera abrir la boca, me señaló un frasco con el cristal un poco opaco, como si llevara allí mucho tiempo. Pero, eh, yo soy un tío intrépido, mi mujer hasta dice que estoy chiflado. Era un frasco de cristal gigantesco y lleno de pasta de pimiento molido. Bañé el pollo en la pasta y me tragué el trozo entero. ¿Os acordáis de esa parte de los dibujos animados del Correcaminos en la que al Coyote le explota una bomba justo después de tragársela y le sale humo por las orejas y por la nariz? ¿O del típico memo que entra por primera vez en un local de sushi y cree que puede tragarse una cucharada entera de wasabi? Pues así me quedé yo. Creo que el tipo no se imaginaba que la gente blanca pudiera adquirir tantos tonos distintos del rojo. Se me escapó una lágrima y me pasé al menos un minuto con hipo. Alguien me había rociado la boca de azúcar y gasolina, había encendido una cerilla y fuuum. ¡Me cago en la puta madre que los parió a todos, aquella puta salsa era el puto elixir de la vida! Recuerdo que tosí.

Un día le pregunté a la cajera del King Burger si no se habían planteado nunca hacer una hamburguesa a la pimienta jamaicana. ¿Estilo gueto?, me dijo, y soltó un soplido de esos que sueltan las mujeres jamaicanas; a continuación cerró los ojos, levantó la barbilla y se dio la vuelta. Vengo aquí casi a diario y no hay día en que no me diga lo mismo. Me dice: ¿Qué desea el señor? Hamburguesa con queso. ¿Quiere limonada o batido con su hamburguesa? No, quiero un D&G de uva. ¿Desea algo más, el señor? No. El Whamperer sabe igual que el Whopper pero sin el sabor. Hasta el sabor de la lechuga deja mucho que desear, de tan remojada y amarga que resulta sobre esa hamburguesa que me pido cada día sólo para dar la nota, sólo para poder decirles a mis hijos: ¿Sabéis qué he comido hoy? Pues papá se ha comido un Whamperer, y ellos piensan que papá simplemente se ha vuelto tartamudo.

El sol abandona el barco y se acerca el anochecer. Pero a este país le falta una buena discoteca. Ahora mismo lo único que impide que me vuelva loco es cambiar de país cada tres o cinco años. Aunque la verdad es que nadie pasa por la Compañía sin perder el juicio. Algunas de las mayores chifladuras que he oído en la vida me las dijo mi antiguo director, bastante antes de que tuviera una crisis de conciencia de las gordas. Ahora está aquí su hijo, que llegó a bordo de un DC-301 americano procedente de Nueva York. Lleva tres días aquí y no tiene ni idea de que yo sé que está aquí. Tampoco es que me conozca; el «Día de tráete a tu hijo al trabajo» no fue una de las ideas que su padre propuso. No es ningún secreto por qué ha venido, pero si el hijo del exdirector de la Compañía se presenta de repente en Jamaica, hasta alguien de dentro como yo empieza a preguntarse si hay algo que no sabe.

Dicen que es director de cine, o bien uno de esos chicos ricos que tienen dinero para comprarse su propia cámara. Ha venido con una panda de fotógrafos y gente del cine para grabar un concierto por la paz de ese músico de reggae que se ha hecho más famoso que el pan en rebanadas. Se supone que va a ser un gran acontecimiento, y aunque sólo llevo aquí desde enero, hasta yo me doy cuenta de que a este país le hace falta un poco de paz. No la va a traer ese primer ministro que han puesto, eso está claro. Así que la estrella del reggae está montando un concierto que además organiza el partido del primer ministro, lo cual prácticamente pone a la estrella del reggae en nuestro punto de mira. La embajada ha recibido noticia de que va a venir Roberta Flack, y de que Mick Jagger y Keith Richards ya están aquí. Los putos Rolling Stones.

No, yo no escucho a la estrella del reggae. El reggae es monótono y aburrido y sus baterías deben de tener el trabajo más relajado del mundo junto con el de cajera del King Burger. Prefiero el ska; prefiero a Desmond Dekker. Ayer mismo le pregunté a la cajera del King Burger si le gustaba «Ob-La-Di, Ob-La-Da» y me miró como si le estuviera pidiendo que me vendiera jaco. Yo no sé de eso, respondió. Entonces ¿qué música escuchas? ¿Qué está sonando en la jam? Ella me dijo que Big Youth y los Mighty Diamonds. Sí, le dije yo, los Mighty Diamonds y Big Youth molan y tal, ¿pero acaso alguno de los dos ha sido mencionado alguna vez en una puta canción de los Beatles, como Desmond Dekker? Y ella me dijo: por favor, cuide su lenguaje, señor, en este establecimiento respetamos la ley.

¿Cómo se fabrica un accidente? En la Compañía no hay nadie indispensable, pero a veces me pregunto por qué no llaman a otra persona. Por lo menos no me pusieron a hacer trabajo de campo en Montevideo. Menudo jaleo de narices se acabó armando allí. Pero me gusta tener un trabajo del que no puedo hablar. Hace que sea más fácil guardar los otros secretos. Mi mujer ha aceptado por fin el hecho de que hay cosas que nunca sabrá y que va a tener que acostumbrarse a lo que se han acostumbrado el resto de nuestras esposas: a saber dos cosas de cada cuatro. A enterarse de cinco viajes de cada diez. De una de cada cinco muertes. Creo que no sabe exactamente a qué me dedico. Por lo menos, ésa es la versión que sostengo esta semana. Estoy en Jamaica y de momento todo sale de acuerdo con el plan. Lo cual es una forma estúpida de decir que todo está siguiendo con tanta facilidad el libro de texto que en realidad resulta aburrido trabajar aquí. No me sorprende en absoluto; los jamaicanos suelen reaccionar exactamente tal como te esperas. Tal vez haya quien lo encuentre refrescante, o al menos le suponga un alivio.

Así pues, lo del tío del pollo picante que he contado sucedió en mayo, y yo no estaba en aquella zona porque de pronto hubiera tenido ganas de experimentar la Jamaica genuina. Estaba siguiendo a un tipo que iba cuatro coches por delante del mío. Una persona de interés considerable que un conductor había recogido en el hotel Constant Spring. Al principio pensé que me habían traído aquí para seguirlo, pero luego me di cuenta de que era él quien me estaba siguiendo a mí. Era un antiguo empleado de la Compañía que también estaba teniendo unos problemas de conciencia de los gordos. Es lo que pasa cuando los mandamases siguen intentando reclutar a fracasados de la Ivy League, maricones de colegio privado, Kim Philbys americanos esperando a salir del armario o hasta del frío. Para cuando me enteré de que estaba en Jamaica, él ya había descubierto que yo estaba aquí. No estoy exactamente encubierto; ya es demasiado tarde para eso. Dicho esto, tampoco podía permitir que aquel tipo se fuera de la lengua y luego yo tuviera que limpiar el desastre. Es una lástima que no me dieran el visto bueno para pasar a la acción. La Guerra Fría aún no ha terminado y ya la echo de menos.

Bill Adler, muy indignado, se largó de la Compañía en 1969. Tal vez no fuera más que un izquierdoso comunista cabreado, pero de ésos sigue habiendo a patadas en la Compañía. A veces los buenos son los peores, mientras que los mediocres no son más que funcionarios que saben poner micros y hacer escuchas. Pero los buenos siempre acaban por convertirse en él o en mí. Y él había llegado a ser muy bueno a veces. Después de acabar en Ecuador un encargo de cuatro años que cumplió, si se me permite decirlo, con brío, lo único que me quedó a mí por hacer fue hacer desaparecer algún que otro cabo suelto que él había dejado. Por supuesto, yo habría preferido recordarle el encantador desastre de Tlatelolco. El jefe me llamó innovador, pero lo único que yo estaba haciendo era seguir el manual de Adler. Micrófonos en el techo, como el que él había usado en Montevideo. En cualquier caso, Adler dejó la CIA en 1969 con una crisis de conciencia tremenda y desde entonces no deja de causar problemas y poner vidas en peligro.

El año pasado publicó un libro, no muy bueno pero con explosiones. Nosotros ya sabíamos que iba a publicarlo, pero se lo dejamos pasar pensando que, bueno, quizá si sus vagas revelaciones hacían que la atención se dirigiera en una dirección que no fuera la nuestra, eso incluso podía ayudarnos a avanzar con nuestro trabajo. Pero resultó que su información era de primera calidad, y por qué no tendría que serlo. Y además daba nombres. De dentro de la Compañía. Los mandamases no lo leyeron, pero Miles Copeland sí, otro maricón llorica que antes llevaba la oficina de El Cairo. Copeland mandó reestructurar la oficina de Londres de arriba abajo. Luego, el 17 de noviembre Richard Welch fue asesinado en Atenas por un grupo terrorista de segunda fila a cuya vigilancia no habríamos asignado ni una enfermera voluntaria. Junto con él murieron su mujer y el chofer.

Pero a pesar de todo aquello, y aun sabiendo lo que el tipo era capaz de hacer, yo seguía sin tener ni idea de por qué estaba aquí Adler. No era invitado oficial del gobierno; eso habría sido una metedura de pata irremediable del primer ministro, sobre todo después de haber estado de palique hacía unos meses con Kissinger. Pero estaba más que claro que el primer ministro se alegraba de tener a Adler aquí. Y entretanto yo seguía esperando que la dirección me ordenara neutralizar la amenaza que aquel hombre suponía, o por lo menos silenciarla. El Jamaica Council for Human Rights lo invitó, lo que me obligaba a abrir un nuevo expediente en mi ya abarrotada mesa de trabajo. Al cabo de unos días el tío ya estaba dando conferencias, largos discursos sobre toda clase de idioteces, como si fuera Castro o qué sé yo. Contando que había coincidido en América Latina con gente como yo y que estaba asqueado de lo que había visto; sobre todo en Chile, cuando habíamos permitido que Pinochet accediera al poder.

No mencionaba mi nombre, pero yo sabía a quién se estaba refiriendo. Nos llamaba los jinetes del Apocalipsis y decía que desestabilizábamos todos los países por los que pasábamos. No escatimó en dramatismo, y encima se dedicó a ocultar todo el tiempo que la mayor parte de lo que criticaba procedía de su propio reglamento. Y eso era lo único que necesitaba este primer ministro: una bonita palabra polisilábica como «desestabilizar» para convertirla en un puto sonsonete. Aun así, consiguió ponernos a la defensiva, de una forma que me aseguraré de que no vuelva a suceder. Por supuesto, la única gente que le prestó atención fue la revista Penthouse. Mierda, ¿cómo están las cosas cuando la conciencia de América se tiene que ganar la vida retocando fotos de coños? Los tipos como Adler, esos tipos que de repente se imponen la misión de sacar a la luz las maldades de América cuando en realidad no son más que blancos con conciencia de culpa que nunca saben cuándo han de salir de escena… Y la Compañía tampoco podía decidir si yo tenía que retirarlo de circulación a él.

En un momento dado afirmó tener pruebas de que la Compañía estaba detrás del incendio provocado de lo que definieron como una casa de vecinos de la calle Orange, del asesinato de un buen número de cubanos en Jamaica y de los disturbios laborales en los muelles. Dijo que tenía pruebas de que la Compañía estaba financiando al partido opositor, lo cual era simplemente ridículo teniendo en cuenta la mala idea que habría sido confiarle dinero a cualquiera del Tercer Mundo. No sé por qué no mandaba simplemente un artículo a Mother Jones, a Rolling Stone o a cualquier revista parecida. Antes de que la Compañía me diera una directiva clara sobre qué hacer con él, el tío se marchó a Cuba, según me dijeron mis contactos. Pero el cabrón ya había hecho el daño que quería. Les dio nombres a los jamaicanos. Nombres, ¡joder! El mío no, pero sí el de los de once empleados de la embajada, desbaratando las identidades secretas de al menos siete de ellos. Tuvieron que mandarlos de vuelta a casa antes de que nadie se enterara de que estaban aquí con nombres falsos. Por culpa de Adler yo tuve que empezar de cero. A mediados de septiembre de un año que no estaba poniéndoselo fácil a nadie. Todo desde cero, lo cual enseguida generó problemas.

Al pasar frente a su oficina, he oído que Louis hablaba por teléfono de un cargamento en los muelles que había escapado a nuestro control. He hecho algunas comprobaciones. Nadie de su oficina ha pedido un cargamento de nada, y en caso de haberlo pedido está claro que no lo habrían hecho pasar por las aduanas jamaicanas para que les robaran dos tercios de su contenido. Contar siempre lo justo le va igual de bien a él que a mí, pero no me gusta que un puto agente descarriado y refugiado en Cuba se entere de que ha desaparecido algo antes de que yo sepa siquiera que lo estábamos esperando. Eso significa que sus soplones de poca monta tienen acceso a más información que yo, y se supone que yo soy el puto director. Louis no parecía demasiado preocupado mientras le contaba la historia a Dios sabe quién, y yo he acabado por cansarme de escuchar al otro lado de su puerta como si estuviera intentando oír cotilleos.

Mi mujer me ha llamado hace un rato para decirme que se le han acabado las cerezas al licor. Os lo aseguro: la Guerra Fría todavía no ha terminado y ya la echo de menos.

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