Costa Rica: surf, naturaleza y pura vida





Texto: Hilda Sitges / Imagenes: Cortesía

En el aeropuerto de San José, Costa Rica, tomé una avioneta de sólo 12 pasajeros. Nunca había volado en una nave tan pequeña. Se elevó rápidamente y en unos minutos sobrevolábamos el mar. Rodeamos una península y apareció ante nosotros una pequeña bahía. El piloto se enfiló para aterrizar en una pista que surgía de la orilla del centro de la bahía tierra adentro. Tambor, era el nombre del lugar donde estaba este pequeñísimo aeropuerto. Ahí me esperaba un chofer que manejó una hora hasta Santa Teresa. Entramos al estacionamiento de terracería del hotel TropicoLatino. Las plantas eran las protagonistas del lugar. Todo era verde, húmedo. Y me dieron la bienvenida una pareja de monitos negros que brincaba juguetona de una rama a otra. Luego de llenar una hoja de registro, dejé la maleta adentro de la cabaña de troncos de madera que se distinguía de las demás por el letrero sobre la puerta que decía Recepción. Caminé a la playa. Ahí Tierza, la directora del Camp de Surf al que fui me recibió con un coctel de frutas en una copa alta decorada con una cereza y una rebanada de naranja unidas por un palillo. El atardecer mostraba todos los tonos de naranja y rojo; era lo más parecido a una explosión solar. Las olas sonaban fuertes al estrellarse con las rocas de la orilla, como aplaudiendo el espectáculo. Nos sentamos en la arena hasta que estaba tan oscuro que ya no se veía el mar.

El resto de la semana fue tan intenso y emocionante como la llegada a Pura Vida Adventures, el nombre del Campo de Surf que encontré en Internet. Nadie me lo recomendó, pero me gustó su nombre en Facebook; y cubrió aún más expectativas de las previstas. Todos los días comenzábamos el día con clase de yoga y un desayuno abundante. “Que les dé energía para surfear”, no se cansaban de decirnos. A veces caminábamos con las tablas de surf sobre la cabeza del almacén a la playa del hotel y ahí era la clase. Otras veces, ayudábamos a subir las tablas a una camioneta amarilla muy parecida a la de las caricaturas de los amigos de Scooby-Doo. Nos llevaban a una playa diferente cada día y aprendimos a encerar las tablas a la sombra de alguna palmera o pino. Luego, nos pintábamos de bronceador hasta quedar blancas, y comenzaba la clase de surf.


Al menos unas 50 veces practicamos levantarnos sobre la tabla en la arena. “Para que el cerebro registre el movimiento en un solo paso y luego lo hagan en automático”, nos decían las entrenadoras todos los días. Había una chica inglesa, una de El Salvador y tres de Costa Rica, todas con años de experiencia en este deporte, a pesar de su corta edad. Las alumnas no éramos más de 12 que se dividían en cuatro grupos por niveles de principiantes a avanzadas. Surfeábamos 20 minutos y descansábamos otros 20. “Hidrátense”, era la palabra que más se escuchaba. Tomábamos agua y suero, al menos un litro de cada uno.

El tiempo sobre la tabla, una vez en el mar los primeros días, no es mayor a un par de minutos al principio. Tarda uno más en subirse y regresar acostada boca abajo sobre la tabla, remando con los brazos; abriéndose paso a través de las olas; que el tiempo que los pies se mantienen firmes en la superficie sólida que contrasta con el movimiento del mar. Esa tensión es muy emocionante.

Pura Vida, la frase que repiten los ticos constantemente es la descripción perfecta para unos días de aventura, sol y mucha diversión.

www.puravidaadventures.com


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