Que llueva

¡Que llueva, que llueva!

Por: Alfonso Díaz de la Cruz

El panteón azteca, así como los diferentes panteones de las culturas mesoamericanas se conformaba por muchas deidades que, aunque cambiaban en nombre, en su mayoría eran compartidas por dichas culturas.

Para honrar a dichas deidades, para pedir sus bendiciones o (seamos honestos) para no despertar su furia, cada cierto tiempo ─que podía ser anual, semestral o hasta mensual ─los aztecas y las demás civilizaciones llevaban a cabo una serie de festividades específicas para honrar a sus respectivos dioses, coronando casi todas ellas con uno o varios (casi el millar) sacrificios humanos.

La mayoría de nosotros tenemos instalado en el imaginario el sacrificio ritual en lo alto de alguna pirámide donde a algún incauto (o fervoroso creyente) se le arrancaba el corazón (aún en vida) para ofrendarlo a los dioses mientras la sangre escurría por los niveles de la pirámide.

Sin embargo, aunque es la imagen más habitual que nos viene a la mente cuando pensamos en sacrificios prehispánicos, no era el único tipo de sacrificio que se llevaba a cabo y uno de los dioses a quienes más sacrificios se ofrendaban a lo largo del año era Tláloc; dios del agua y de la lluvia.

De los dieciocho meses que tenía el calendario azteca, en por lo menos cuatro de ellos había festividades y sacrificios destinados a dicho dios y, dependiendo la fuente española que se consulte, podemos encontrar tres tipos de sacrificios rituales diferentes que, año tras año, se le ofrendaban.

El primero de ellos consistía en llevar a un niño y una niña ataviados de joyas (Fray Diego Durán hace referencia solamente a una niña) en una barca hacia el centro de la Laguna de Pantitlán y, una vez ahí, los sumergían como ofrenda al dios. En algunas versiones se hace referencia que, previo a hundirlos, los degollaban y ofrendaban la sangre de los infantes.

Otro de los sacrificios consistía en comprar cuatro niños de entre 5 y 6 años de edad y tapiarlos (encerrarlos, pues) en una cueva para dejarlos morir ahí. Al año siguiente la cueva era abierta y los cadáveres eran reemplazados por otros cuatro niños que ocuparían su lugar…

Finalmente, el sacrificio más común consistía en llevar a pequeños niños (la mayoría de ellos lactantes) al monte para degollarlos como ofrenda a Tláloc. Se creía que esto complacía a la deidad y que, si los niños lloraban en el camino o en el momento del sacrificio, era un buen agüero, puesto que significaba agua en abundancia para el resto del año. Este sacrificio se llevaba a cabo al comienzo de nuestro mes de abril, previo a la época de lluvias.

Como dato curioso, en este último sacrificio, se prefería a los niños que tuvieran «doble remolino» en el cabello, pues agradaban más a los dioses.

De manera general, podemos destacar dos puntos importantes en lo referente a los sacrificios a Tláloc; a saber: primero, que ninguno de estos sacrificios se efectuaba en lo alto de las pirámides y, segundo, que a Tláloc solamente se le ofrendaban niños…

Hace ya algunos centenares de años que no se llevan a cabo sacrificios en el Valle de México ni en el resto del país para Tláloc o para ninguna otra deidad prehispánica; quizás los sacrificios de antaño complacieron tanto a Tláloc que ni uno más fue necesario. Confiemos en que así sea, aunque habrá que esperar para ver; abril está casi a menos de dos meses, casi a la vuelta de la esquina.

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