La exigencia desde afuera

Por: Alfonso Díaz de la Cruz

Casi todas las profesiones y oficios (si no es que todas) tienen sus clichés, etiquetas y expectativas específicas desde los que no pertenecen al gremio. Socialmente, dada nuestra tendencia a la crítica, al derecho de opinar equiparando la opinión a la verdad, y el mero hecho de andar juzgando a diestra y siniestra pues, simplemente, porque podemos.

De esta manera, es común ir por la vida emitiendo, recibiendo y escuchando juicios sobre las actitudes, aptitudes y comportamientos de los demás, y vamos reprobando conductas dependiendo de la profesión u oficio ejercidos: Un nutriólogo no puede tener sobrepeso o comer hamburguesas, un psicólogo no puede ponerse triste o perder los estribos.

En otras ocasiones, las conductas, lejos de ser reprobables, se toman como permisos o justificaciones, desde este juicio, para las conductas propias: «Si el médico fuma, es que el cigarro entonces no hace daño».

Finalmente, también hay categorizaciones absolutas de las personas, dependiendo de la ocupación que tengan; así pues, afirmamos que alguien no puede ser honesto si dedica a la abogacía o a la política, o que sólo estudió para un trabajo temporal si optó por tal o cual carrera.

Como escritor, en general, las exigencias más comunes que se tienen son las de no poder cometer jamás fallos ortográficos (imperdonable para muchos) y conocer absolutamente el nombre de todas las reglas gramaticales y figuras literarias. En lo particular, ahí he de reconocer que fallo constantemente a las expectativas de los demás puesto que hay muchas cosas que desconozco aún. (En cierta ocasión, un conocido, extasiado de felicidad por mi fallo, tomó captura de pantalla de un error ortográfico que tuve y lo presumió en sus redes como si con ello hubiese ganado las olimpiadas). Como cuentista, en lo particular, la decepción general es que no conozco muchos cuentos infantiles o que no conozco muchos cuentos navideños. ─¿Eres cuentista ─me reclaman ─y no conoces cuentos de navidad?. La realidad es que conozco muy pocos, pero pareciera ser una obligación.

Y es que al final, es así o pareciera ser así, somos especialistas en el qué y el cómo del comportamiento de los demás, pero no en el propio. Es claro que hay cosas que deberían de exigírseles a las profesiones, por ser realmente propias de la profesión: Un médico debe de saber anatomía, un psicólogo debe de saber lo que es salud mental, un abogado debe de conocer las leyes, etc., pero hay cosas que parecieran no ser inherentes y aún así terminan siendo exigidas desde afuera.

¿Dónde quedaría el límite entre la exigencia sine qua non y la exigencia desde el estereotipo? La pregunta queda abierta…

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