El detrás de cámaras de la escritura

El detrás de cámaras de la escritura

Por: Alfonso Díaz de la Cruz

El tiempo que lleva escribir un cuento, un artículo, una novela, o cualquier texto publicado es sumamente variable. Dependiendo del texto que sea y el empeño que el autor haya invertido en él, el mismo autor podrá dar testimonio de haber tardado en la escritura del texto unos minutos, unas horas, algunos días, o hasta semanas, meses y años.

Sin embargo, para hacer honor a la verdad; una vez que el escritor ha colocado el punto final ─después de haber leído y releído su creación una y otra, y otra vez ─, su texto aún se encuentra lejos de considerarse terminado.

¿Qué viene después? ¿Cuáles son los pasos intermedios que van desde que el autor termina su escrito hasta que éste es publicado en una revista o en un libro?

Primero que nada, se vienen los lectores cero (0) o beta. Se les llama así a los que tienen el privilegio ─o desgracia ─de leer el texto antes de que sea publicado. Muchas veces son seleccionados por el autor y son empleados por este para hacer las correcciones necesarias antes de que los escritos sean enviados a la siguiente instancia. Puede ser uno solo. O dos, o tres, o hasta cinco. Realmente no hay un límite y en muchas ocasiones se puede obviar. Los lectores pueden o no ser escritores. La idea es ver si el texto es entendible y si hay algún error que salte a la vista.

Una vez hecho esto, el texto llega con el corrector de estilo o editor (aunque muchas veces están encarnados en la misma persona). Estos seres oscuros, de cuyo nombre muchas veces nadie se acuerda, son un elemento primordial para que un texto tenga éxito en su lectura una vez publicado. Son aquellos que se encargan de leer línea por línea en una empresa que, además de ser cansada, es ignorada por la mayoría de los lectores: la cacería de errores ortográficos, de errores tipográficos, de errores de redacción, de repetición de palabras, de vicios de escritura, y de un largo etcétera que solo ellos conocen a la perfección.

Este es un trabajo arduo, pero sumamente necesario. Y no es que se dediquen a modificar el texto en sí. Los correctores y editores son más bien cazadores de errores, mejoradores del estilo, sin que se rompa la idea o el argumento del autor. Sugerencias como «sobra esta coma», «esta palabra se repite», «se confunde este término», suelen ser las principales observaciones que de los errores hacen los correctores y editores. Si bien es cierto que, de tanto en tanto, los errores logran escabullirse hasta las publicaciones finales, éstos serían mucho más numerosos si no se contara con tan demandante labor.

De esto se habla poco, y gran parte del crédito y reconocimiento que reciben los escritores es posible gracias al trabajo de los correctores y editores que nos ayudan a no darnos de bruces con los lectores presentando de lleno nuestros errores al escribir.

Piense usted en algún escritor y seguramente estará pensando en alguno que requirió de la ayuda de estos misteriosos seres. Casi todos los escritores terminan agradeciendo a sus editores y correctores en más de una de sus obras.

Es raro encontrar ─que sí los hay, no digamos que no ─ escritores que elaboren sus textos sin errores a la primera y, por tanto, el trabajo de los lectores cero (o beta), así como el de los correctores y editores, conforma el largo detrás de cámaras de los textos antes de ser publicados en los portales, revistas, folletos y libros en que podemos leerlos.

De tanto en tanto hay pseudoescritores que, sintiéndose tocados por la pluma de Cervantes (que errores tuvo, ciertamente) y sin haber publicado nada o casi nada, se ofenden cuando un corrector se atreve a hacerles alguna corrección, cuando algún lector beta (o cero) les hace una observación, o cuando un editor les hace alguna crítica. En la mayoría de los casos esta situación deriva en el ego molesto y herido del aspirante a escritor, y en la no publicación de sus letras.

A veces pasa. Muchos escritores también podemos dar fe de ello.

Y es que los escritores tenemos el ego muy elevado, nos dicen (y es cierto), pero caeríamos en un error garrafal en pretender tener y mantener la calidad de nuestros escritos si no estuviéramos abiertos a aprender y a recibir la retroalimentación de aquellos que, desde las sombras, tienen el conocimiento. A todos ellos no me queda más que externarles mi total gratitud.

Nota aclaratoria: Si ves algún error en este texto, te tengo noticias; probablemente en el original había algunos o muchos errores más.

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