La Gran Pausa

Una pandemia con sabor a cambio de era

Por: Rosalía Arteaga Serrano

Este texto aparece en el libro, La gran pausa, publicado por Malpaso Ediciones. Se presenta íntegro con autorización de la editorial.

Cuando surge una situación catastrófica, hay quienes se apresuran a decir que ya lo habían anticipado, que no se oyeron los presagios, que ya lo veían venir, pero la verdad es que muy pocos pudieron haber imaginado, ni siquiera como pesadilla, lo que el 2020 le traería al planeta.

La COVID-19, el coronavirus, el virus de Wuhan, o como quiera llamársele, ha puesto en jaque no solo a los sistemas de salud de todos los países, sino también a la economía, que, en varios países de América Latina, particularmente en el Ecuador, ya venía presentando proyecciones nada halagüeñas.

La afectación económica va, como el virus, expandiéndose por todo el mundo. La mayoría de empresas y personas están viendo disminuir su producción y sus ingresos; las pequeñas y las medianas empresas tendrán mucha dificultad para sobrevivir, y muchos verán desaparecer sus emprendimientos en medio del aislamiento que ocasiona la pandemia. Las compañías de aviación y todo lo que tiene que ver con el sector turístico está en una crisis que no tiene visos de arreglarse en el corto tiempo. La pérdida de empleos en la mayoría de países es enorme.

Por otro lado, están los que no tienen un empleo, los que subsisten de las ventas callejeras, de jornales que se pagan un día sí y otro no, de los jóvenes que están a medias en sus estudios y que no tienen un panorama promisorio en frente.

Una prospectiva del mundo después del coronavirus es compleja, y podría ser de corte más bien pesimista y hasta catastrófica si nos remitimos a los fríos números y a lo que los centros de modelamiento matemático nos dicen tomando en consideración los parámetros de lo que ya está ocurriendo en muchos países, tanto grandes como pequeños; países cuyas economías están en riesgo de naufragar y que en perspectiva, sobre todo si observamos la escala de las economías familiares, presentan ribetes de inmanejables en el corto plazo.

Hay quienes sostienen que esto es comparable a una tercera guerra mundial, e inclusive se arriesgan a prever cuál será la potencia ganadora. Y los dedos apuntan al país en el que se originó la pandemia, China, sobre todo por los movimientos económicos que este país ha hecho en las bolsas del mundo en los últimos tiempos, los que, según los análisis de algunos economistas, demuestran cómo China ya maneja el total accionario de las empresas que se ubican en su propio territorio. Además de eso, el gigante asiático ha colocado a sus bancos en la lista de los más grandes del planeta y ha empezado a activar nuevamente su engranaje productivo y de exportación. Habrá que esperar un tiempo para ver cómo se alinea el juego estratégico de las potencias, luego de superado este tema de salud mundial.

Tal vez es temprano para saber si habrá ganadores o no, pero lo que sí es indudable es que tendremos que hablar más tarde de un antes y un después, de un nuevo AC y DC (Antes del Coronavirus y Después del Coronavirus); así como también indudable será que, tanto en los imaginarios colectivos y en los sesudos análisis, como en los cuentos infantiles y en las leyendas, este virus coronado, identificado desde su microscópica presencia, será el parteaguas al que necesariamente todos habremos de referirnos.

Las seguridades que teníamos se han desvanecido; el miedo a la proximidad con otros seres humanos y el pánico a las multitudes será algo complejo de superar. La figura de un pontífice solitario en la gran plaza del Vaticano es una imagen que quedará grabada en las retinas, así como aquellas de las autopistas huérfanas de vehículos y de los aeropuertos transformados en aparcamientos de centenares de aviones de los más diversos tipos y tamaños.

Parecemos una especie refugiada en modernas madrigueras, tratando de contar con todas las formas de conectividad virtual posibles, intentando trabajar de diversas maneras, imaginando que vivimos en un mundo de normalidades, cuando ya nada es «normal», entendiéndose por normal lo que teníamos antes, sobre todo con la libertad de movernos de un lugar a otro y hasta de mezclarnos anónimamente entre las multitudes que se congregaban en las plazas, en las grandes vías, en los aeropuertos o en las terminales de autobuses.

Escribo estas líneas desde la soledad de mi hogar, sintiendo el peso de lo que esa palabra significa, desde mis antecedentes de andariega impenitente, acostumbrada a vivir en aeropuertos y en aviones más que en mi propia casa. El silencio de las tardes y de las mañanas sin la interrupción de los ruidos de motores y del barullo de la gente desplazándose me hace pensar en tantas cosas, por ejemplo en los ancianos, que aparecen como los más frágiles, cuya preocupación por ellos también habremos de modificar, al menos en el imaginario colectivo.

Llevo más de un mes de encierro, con muy esporádicas y eventuales salidas para procurar abastecimiento. En este lapso he tenido que prescindir de la ayuda constante de otros para satisfacer mis necesidades; me he visto en la necesidad de aprender a hacer muchas cosas y a valerme por mí misma. He valorado tareas que antes casi no tomaba en cuenta, como la de preparar las comidas o la de cuidar del pequeño jardín y de las plantas interiores, lo que me da una satisfacción enorme.

Me ha tocado aprender algunas cosas muy rápidamente, tales como ciertas técnicas del Zoom y del Teams, que he usado tanto en las teleconferencias y en las clases virtuales como en las entrevistas de televisión, las que hago y las que me hacen.

He vuelto a los hábitos lectores y a la disciplina de alimentarme a horas regulares, sin los cambios de horarios por los desplazamientos frecuentes. He dejado de lado las comidas exóticas, la visión de los trajes de las diversas latitudes a las que solía desplazarme con frecuencia, los acentos variados, los colores de tez, en fin, toda la maravilla de la diversidad a la que he estado permanentemente expuesta. He vuelto a apreciar, con nostalgias y con la incertidumbre de no saber si lo volveré a vivir, cada detalle de lo que tenía y ya no tengo.

Me he permitido expresar esta breve disquisición sobre temas personales porque creo que, de alguna manera, ilustran los cambios producidos en las personas. Cada uno podrá relatar su propia historia de cómo se han vivido estos días de aislamiento, de encierro, de cuarentena, de temores que nos agobian y nos pintan el futuro de una manera diferente, a veces con tintes sombríos.

Creo que el mundo no será el mismo, sobre todo en el aspecto de las relaciones interpersonales, que indudablemente serán más valoradas, más justipreciadas, más invaluables. Yo misma pienso y siento que estoy valorando más a los otros, a pesar de haber pregonado con frecuencia de que disfruto de la soledad, del aislamiento que voluntariamente busco en medio del tráfago de mi vida diaria; aquella soledad que me hace pensar, en la mitad del vértigo, que mi vida es como un rompecabezas que voy armando día a día, en el que a veces yo coloco las piezas, pero que en otras ocasiones esas piezas, que van encajando de una en una, son colocadas por otras voluntades ajenas a la mía.

Por otro lado, el retiro, voluntario o no, de los seres humanos de las calles, de las plazas, de las playas, está proporcionando a los otros seres vivos la capacidad de regenerarse, de gozar de una libertad como hacía tiempo no la sentían. Los cielos aparecen más limpios, la capa de smog se ha reducido considerablemente, el cielo es más azul y las nubes más blancas.

Se ha visto regresar a algunos ejemplares de la fauna a las ciudades, atraídas tal vez por el silencio y la ausencia de los seres humanos. Hay quienes dicen haber visto peces en canales que aparecían hasta hace poco despoblados de ellos, diversas especies de ciervos recorriendo las calles empedradas, monos en búsqueda de comida por en medio de las calles, y hasta cóndores sobrevolando las ciudades andinas.

Entre tantas noticias es difícil saber si algunas son verdaderas o simples aspiraciones. Una de las tareas de todos los días es desentrañar qué es verdad y qué no, en medio del cúmulo de informaciones que nos llegan a través de los diversos medios; es importante aprender a cuidarnos de las fake news para no atemorizarnos o alegrarnos sin motivo y no correr el riesgo de sumarnos a las cadenas que tienen muy poco de verdad. Ese es el signo de estos tiempos, y el enclaustramiento no hace sino acentuar ese correr de las personas detrás de la «última» noticia, para atrapar y transmitir lo que se considera como verdad a pesar de no serlo.

Los protocolos de cuidados van desde las mascarillas, los guantes, los geles, los zapatos fuera de las casas, los lavados de manos hasta el mantenerse a distancia prudencial de todos los otros; cosas que nos producen, me producen, una extraña sensación, aquella que dista de lo que para muchos ha sido parte integrante de nuestro ser. La prescindencia de los abrazos, de los besos en las mejillas, del brazo colocado por sobre los hombros de los amigos, el roce de la piel contra otra piel, el cariño implícito en el alborotar los cabellos de los niños de la casa, la sensación de que hay miedo, pavor al contagio, al que nos puede afectar y al que podemos producir y que nos inhibe de acercarnos a los que más amamos.

Si alguien próximo a nuestros afectos enfermase y fuese tocado por el beso de la muerte que entraña el virus, seguramente sentiríamos las ganas de decir: me arriesgo a tocarte… aunque me muera.

Al estar sola en casa, y con la falta de práctica en la cocina, me encuentro a veces almorzando a las 11:30 de la mañana o a las 2:30 de la tarde. El cálculo de los tiempos que requiere la cocción de un guiso no estaba en mi itinerario; estoy aprendiendo, el aislamiento y la soledad me enseñan.

Cuando pensamos en las catástrofes causadas por las dos guerras mundiales, con todas sus secuelas de destrucción y de muerte, hubo países que no se quisieron involucrar y que adoptaron un estatus de neutralidad. Claro que a muchos no se les permitió esa opción, fueron simplemente invadidos, dominados, se vieron forzados a luchar y a defenderse.

En el caso de esta pandemia, del coronavirus de marras, no hay la posibilidad de declararse neutral, la neutralidad en este contexto no existe. El virus atraviesa fronteras, llega por aire, mar y tierra, irrumpe de la forma más inesperada y va corroyendo la fe, la tranquilidad, la economía, y causa un efecto devastador. Es un enemigo invisible que solo se manifiesta cuando ha logrado penetrar las membranas de las células que lo acogen, para luego alojarse en los pulmones y ocasionar el deterioro que conduce a la enfermedad y en ocasiones a la muerte.

No poder enterrar a los muertos parece una crueldad inimaginable, como el castigo que en la trilogía de Sófocles se impone, aquel que hizo romper la ley a la heroína Antígona cuando se vio privada de rendir las honras fúnebres a su hermano Polinices, caído en la defensa del trono de Tebas.

Cual tragedia griega, como aquellas que daban origen a las guerras, a los acérrimos enfrentamientos y a los castigos divinos, el virus condena a los deudos a no enterrar a sus muertos, a no acompañarles en su morada eterna, a no conservar las cenizas, a no practicar los ritos religiosos, a no derramar las lágrimas con los amigos o con los otros parientes, porque no se puede, porque la dictadura de la virulencia de una enfermedad de fácil contagio hace que simplemente no se pueda y que se derramen las lágrimas en soledad, que el luto se lleve por dentro, que no se exteriorice la solidaridad en la forma en que hemos estado acostumbrados a hacerlo.

Este virus cruel nos aparta de los vivos, pero también de los muertos, de los nuestros. Este virus cae como una espada flamígera que viene como un castigo, que se ceba en los más viejos, en quienes se han cumplido la mayor parte de los ciclos, pero que todavía tienen tanto que dar en sabiduría acumulada, en experiencias vividas, en posibilidades de vidas apacibles, sin las carreras y las prisas que la juventud entraña.

Este virus espantoso, que cruza los mares y surca los cielos, que se agazapa como un ladrón y roba las tranquilidades y las esperanzas, condena a la gente al aislamiento, haciendo que todo luzca vacío, frío, abisalmente solitario.

Y no se trata solo de lo que ocurre en el momento; una recia incertidumbre nos ha calado y se ha instalado en los corazones. Estamos sintiendo lo que decía el inmortal poeta nicaragüense Rubén Darío en su poema «Lo fatal»: «[…] Ser, y no ser nada, y ser sin rumbo cierto, / y el temor de haber sido y un futuro terror… / Y el espanto seguro de estar mañana muerto, / y sufrir por la vida y por la sombra y por / lo que no conocemos y apenas sospechamos, / y la carne que tienta con sus frescos racimos, / y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos, / y no saber a dónde vamos, / ¡ni de dónde venimos!…». Sí, esa incertidumbre nos ha vuelto desconfiados, tanto que hasta tenemos miedo de nuestra propia sombra, de nuestros pensamientos, de los recuerdos, de los propios y de los de los demás. Esa incertidumbre parece irnos matando poco a poco…

Nos sentimos incapaces de desdoblarnos y vivir las experiencias de los otros; el pavor ha anidado en nuestro ser interior y se ha vuelto parte constitutiva de lo que somos, en estos momentos… en estos tiempos del coronavirus.

Hacemos la venia, no nos damos las manos, las sonrisas se han evaporado detrás de las mascarillas, el lenguaje de los ojos se disimula detrás de los lentes y, aun cuando hace calor, nos cubrimos de ropajes. ¿Será ese el futuro que nos espera? ¿Seremos capaces de conseguir a tiempo la vacuna, la inmunidad, las medicinas?

El ser humano no ha sido muy afortunado en su lucha contra los virus; con las bacterias hemos tenido una suerte mejor, los antibióticos y otros medicamentos han hecho su parte, y hemos logrado ganar algunas batallas.

La presencia de esta versión del coronavirus, la COVID-19, ha dejado al descubierto la fragilidad de los sistemas de salud, así como la insuficiencia de los descubrimientos humanos, la necesidad de seguir investigando y de seguir confiando a las máquinas más partes del trabajo, con el soporte de la robótica, de la inteligencia artificial, de las cada vez más sofisticadas computadoras.

Sin embargo, no podemos negar que, en este mundo global, en el que las noticias nos golpean de forma inmediata, vamos a ir encontrando las fortalezas que esa interconexión nos da, con la posibilidad de que los científicos trabajen en redes, en aquellas invisibles que nos comunican unos con otros, para ganarle la batalla al tiempo y acertar con las curas y los remedios.

Así como tampoco podemos dejar de confiar en la capacidad de resiliencia de los seres humanos, en la posibilidad casi infinita de resurgir de entre las cenizas, de recrear la figura del ave fénix para generar otras posibilidades y salidas a esta crisis que parecería enfrentarse con muchas puertas cerradas, como en aquella figura literaria que nos conduce escaleras arriba a un entorno de puertas que no se abren y que tenemos temor de abrir, precisamente por miedo a lo no conocido, al vacío, a los monstruos que pueblan las imaginaciones.

Tomará un tiempo, es verdad, hasta que salgamos sin temores desde nuestras modernas cuevas y volvamos a estar frente a los otros sin miedos, para volver a aprender a relacionarnos cara a cara, sin la intermediación de las pantallas de los diversos adminículos que estamos acostumbrados a usar, y sin el alejamiento al que nos hemos acogido para evitar el contagio.

Pasará un tiempo, pero volveremos a salir, provistos, eso espero, de una serie de aprendizajes que nos hayan enseñado a valorar lo que de verdad tiene valor: el aire fresco de las mañanas en el rostro, la sonrisa amigable, el beso amoroso, los alimentos saludables, la pasión de los profesionales de la salud, las economías menos abundantes y más solidarias, con sistemas de mejor distribución y menores asimetrías.

Tal vez es soñar demasiado —lo sé— pensar en un mundo más justo y más humano, en el que las grandes corporaciones y los poseedores de fortunas hayan aprendido que vale la pena compartir, que los nuevos tiempos exigen nuevas reglas, pero sobretodo nuevas actitudes, de manera que puedan dejar de lado la acumulación y permitan el acceso de las mayorías.

En el mundo de la educación, en el que me desenvuelvo y al que dedico prioritariamente mis afanes, la pandemia que nos obliga a vivir aislados está promoviendo una verdadera revolución, que pasa por el uso de las tecnologías digitales, que se veían ya como un algo que iba creciendo, no con la suficiente rapidez, pero que ahora, forzados por las circunstancias, los responsables de la educación en el mundo tienen que enfrentar con celeridad.

Ya los niños han dejado de ir a las escuelas, igual que los adolescentes y también los universitarios, lo que nos obliga a enfrentar las nuevas realidades, descubriendo o redescubriendo todas las tecnologías, a fin de que no se interrumpan los procesos y se tenga acceso a la educación.

La pregunta que se plantea es: ¿cómo podemos dar educación de calidad incluso con la COVID-19? Si ya antes de la pandemia enfrentábamos enormes retos en relación no solo a la cobertura, sino también a la calidad, a la pertinencia en este mundo cambiante, con asimetrías monstruosas y pleno de incertidumbres.

En medio de las crisis que todavía no tiene visos de solución, es necesario mantener la interconexión de los maestros con los alumnos. Los profesores son los verdaderos arquitectos de los procesos educativos, son un elemento imprescindible, y esa interconexión debe mantenerse, a través de sistemas tan variados como la radio, la televisión, internet, todas las tecnologías digitales, y hasta el envío de textos escritos a los lugares remotos y que no cuentan con tecnologías o conectividad.

En medio de las prioridades que los gobiernos establecen en estas circunstancias, nos encontramos con que la salud es la primera, luego vienen las preocupaciones por la economía, que incluye la alimentación de una población estacionada y sin las posibilidades de producir, y, solo en tercer lugar, aparece la educación, lo que nos permite prever tiempos muy complejos para este sector, el cual, por otro lado, es fundamental para enfrentar los temas anteriormente enunciados.

La crisis pone otra vez sobre el tapete la relevancia de los profesores, cuyo desempeño no se reduce tan solo a la parte formativa, sino que tiene que ver mucho con la estabilidad psicológica de los alumnos sometidos al estrés del encierro, a la falta de espacios para realizar actividades lúdicas, al sedentarismo implícito en el aislamiento forzoso, por lo que el vínculo del maestro con los estudiantes debe preservarse.

Más tarde, cuando salgamos de este aislamiento que nos agobia, habrá que hacer evaluaciones sobre el impacto sufrido, pero también analizar la necesidad de estructurar mejores sistemas para educación a distancia, que no van en contra tampoco de la tan necesaria interacción entre los seres humanos, lo que nos da una verdadera dimensión como tales.

Desde mi cueva, mi casa, el espacio en el que me muevo ahora y en el que tengo la suerte de poder contemplar el cielo azul de Quito desde mi ventana, he llegado a sentirme afortunada porque tengo un diminuto jardín que me ha permitido el estar en contacto con la tierra y con las hojas que caen de los papiros despeinados, y que me ha mantenido ocupada en mi lucha constante para evitar que el trébol invada al césped. Amo mi jardín porque me ha permitido acariciar las flores de geranios y violetas, porque me ha entregado el recurso de despejar la mente mientras barro el patio y saco los musgos de los intersticios de las paredes, porque me ha hecho empuñar una pala y agarrar la manguera para regar ese pedazo de paraíso que me mantiene viva.

Por momentos me sacuden las noticias que llegan desde diversos lugares y, más particularmente, aquellas que tienen que ver con el fallecimiento de alguien que conozco; ya son varios los afectados, he perdido amigos entrañables devorados por efecto de esos seres microscópicos que no atinamos a comprender en su extraña complejidad. Hay lágrimas contenidas en mis ojos y crispación en mis manos.

En estas reflexiones he puesto lo que siento ahora, en el encierro, en el que no he querido circunscribirme a la televisión o a internet con noticias de escalofrío constante, porque he querido soñar y pensar en que después de esta experiencia de pesadilla vendrá un tiempo mejor, un mundo mejor.

La gente ha aprendido el valor del vecindario, del condominio, las redes nos traen las ofertas de cestas de productos de las huertas o de los alrededores de la ciudad; creo que todos, a pesar del inicial acumulamiento de comida, de medicinas, de artículos de limpieza, estamos aprendiendo a vivir con menos, a reservar para después, a reusar las cosas, a sentir que lo verdaderamente valioso no se puede comprar. Tal vez estamos aprendiendo una nueva forma de vida, ojalá. Tal vez, también, estamos valorando lo que de veras vale. Quiero creer que el mundo que surgirá, aunque complejo en cuanto a la reconstrucción de las economías, de las posibilidades y de las certezas, será mejor: presentará una cara lavada por las lágrimas, templada en los sinsabores de las tragedias personales, y un cúmulo de fortalezas que nos ayudarán a modelar diversos y más esperanzadores horizontes.

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