Tanto que contar

Tanto que contar (Adelanto)

Con autorización de Malpaso Ediciones, publicamos el prólogo y primer capítulo de Tanto que contar. Historia oral de Bob Marley, escrito por Roger Steffens, el mayor conocedor sobre este músico jamaiquino. El libro ya se encuentra disponible en librerías.

PRÓLOGO

Se estima que existen más de quinientos libros, escritos en muchas lenguas diferentes, sobre el Rey del Reggae. Así que, ¿por qué este libro? ¿Y por qué ahora? ¿Qué es lo que queda por decir?

Para dar una respuesta adecuada, permitidme explicar cómo este amante de la música se metió tan a fondo en algo tan sin precedentes como la vida de Bob Marley y su impacto en el mundo. Me hice fan de los Wailers desde que descubrí su obra en 1973, gracias a un revelador artículo en Rolling Stone con la pluma de Michael Thomas, que afirmaba que la música reggae se arrastra por tu flujo sanguíneo como una ameba vampiro desde los rápidos psíquicos de la consciencia del Alto Níger. Esa frase tan inolvidable me hizo salir a escape de mi piso en Berkeley para pillarme Catch A Fire, el primer álbum con edición internacional de los Wailers en Island Records. A la noche siguiente, vi la película Caiga quien caiga, el esplendoroso film del director jamaicano Perry Henzell, que consiguió hacer visible el reggae y lo rastafari internacionalmente. Mi vida ya no volvió ser igual después.

Como fan, he buscado a otros infectados por eso que Peter Tosh denominó «reggae-militis» Entre los primeros maestros-mentores que descubrí figuraba un hombre de Kingston, de nombre Ruel Mills, que tenía una pequeña tienda de discos en la Fillmore Street de San Francisco, llamada Trench Town Records. Él fue quien me dio a conocer a gente como Count Ossie and the Mystic Revelation of Rastafari, Ras Michael and the Sons of Negus, Alton Ellis, los Techniques, Slim Smith y un ramillete de cantantes y músicos oscuros cuyas etéreas obras turbaron mi corazón y elevaron mi conciencia.

En 1976, tras mudarme a Los Ángeles, mi mujer Mary y yo viajamos a Jamaica esperando hallar esos discos de los que había leído cosas, principalmente en revistas británicas como Black Music y en alguna puntual publicación jamaicana como la revista Swing. Llegamos al país en la misma semana en que el primer ministro Michael Manley declaró el estado de emergencia, encarcelando a la oposición sin cargos y colocando los tanques en todas las intersecciones de la isla. Me sentí de vuelta en Saigón durante la ofensiva del Tet. Pasamos la mayor parte del tiempo en una zona bucólica en torno a Lucea, en la costa noroeste de la isla, y luego nos acercábamos a Kingston para rebuscar en la tienda de discos de los Wailers o en los emporios de Randy’s y Joe Gibb, en la plaza mayor de Parade. Nuestro primer alto fue en una calleja trasera desierta, donde Marley había tenido una diminuta casucha. Y no llevaríamos más de dos minutos en el área, cuando una de las mayores estrellas del reggae me intentó birlar la cartera. Media hora después, estábamos en casa de Jimmy Cliff, con algunos de los músicos más prominentes de la época, viviendo un momento que revelaba lo mejor y lo peor de Yard, como los autóctonos se refieren a su isla de origen.

Dos años después, conocí a Hank Holmes, un ávido coleccionista de gustos omnívoros que había acumulado más de ocho mil discos de ska, rocksteady y reggae sin salir de Los Ángeles. Nos hicimos amigos al instante. Yo pensaba que, con su vasta colección y sapiencia, los dos juntos podíamos montar un programa de radio muy atractivo, ya que no había nada dedicado al reggae en las ondas de Los Ángeles en el momento. Durante un año, luchamos infructuosamente para encontrar una emisora

dispuesta a dejarnos revelar ese tesoro musical que estaba alumbrándose al sur de los Estados Unidos. Finalmente, hallamos hueco en una pequeña estación de la NPR en Santa Mónica, una ciudad playera del condado de Los Ángeles, llamada KCRW. Solo contaba con 110 vatios en el momento, pero había ya importantes planes en marcha para crecer a partir de ahí. La emisora estaba en una pequeña clase de instituto reconvertida, en frente del titular de la licencia, el Santa Monica College. La KCRW andaba en un perpetuo estado de desesperación a la búsqueda de fondos. Durante el primer especial para recaudar dinero tras nuestra entrada, nos dieron una hora extra para hacer la colecta: tres horas en una tarde de domingo. Ese día quedó para la historia, ya que en esas horas recaudamos más dinero que lo que había conseguido la emisora en los diez días anteriores. De inmediato, nuestro tiempo en antena se dobló hasta las cuatro horas por semana, y el programa Reggae Beat se convirtió, de acuerdo con el L. A. Weekly, en «el programa más popular de la radio no comercial en la ciudad». Hank decidió privarse de tejer las fascinantes historias que compartía con nosotros en privado para «dejar que la música hable por sí misma». Así que recayó en mí el peso de hacer las entrevistas y estudiar sobre aquello que podría hacer nuestros programas más consistentes. Hank tenía una colección de discos tan interminablemente profunda que casi nunca se dio el caso de que un artista traspasara nuestras puertas y no tuviéramos alguna rareza que ni el mismo protagonista había llegado a ver: esto pasó sobre todo con Peter Tosh, una de las personas que más nos apoyó al principio.

El programa fue el detonante de una serie de citas que me permitieron interactuar con prácticamente todos los jugadores principales en la trayectoria de los Wailers. Nuestro primer invitado músico fue Bob Marley. Solo llevábamos en antena seis semanas, cuando Island Records llamó y preguntó si nos «importaría estar en la carretera durante un par de semanas» en la gira de Survival. Sin duda, uno de los acontecimientos principales de mi vida, y allí compartí con Marley y su banda experiencias de todo color, tanto en público como en privado. Le hablamos a Bob sobre nuestro programa, y él nos recalcó que nunca se nos olvidara que la música reggae era para la head-education, para nada un mero jolgorio. Insólitamente, la persona más feliz de hacernos compañía en la carretera era el chófer del autobús: tal como nos contó, le tocaba barrer el vehículo todas las noches, y a veces se volvía a casa con un buen alijo de los restos de hierba.

Durante ese período, Bob me pidió montar proyecciones de las dos películas más importantes sobre su vida realizadas en ese momento: el documental de Jeff Walker sobre el concierto Smile Jamaica y el intento de asesinato de Bob que lo preludió, y la película sobre el One Love Peace Concert, Heartland Reggae. No había llegado a ver ninguna de las dos. Durante las dos proyecciones resultó de lo más instructivo ver a Bob contemplándose a sí mismo, y algunas de sus reacciones, tal como se describe en este libro, sin duda suscitarán algún comentario. El último concierto de Bob en Los Ángeles fue en el Roxy, y tenía una intención benéfica. Hank y yo fuimos de los pocos privilegiados que pudieron presenciar la prueba de sonido de esa tarde. Bob se pasó cerca de una hora cantando una y otra vez algo totalmente desconocido para nosotros que giraba en torno a la redención. Esa sería la última ocasión en la que lo veríamos, ya que fallecería al cabo de un año y medio por culpa de un melanoma.

Peter Tosh fue nuestro invitado unos meses después, refunfuñando que al menos con la muerte de Bob habría una posibilidad de que se les hiciera caso a otros artistas, una declaración de lo más beligerante, que le costó el apoyo de muchos fans. No obstante, Tosh era una persona afectuosa y graciosa, y en los siete años siguientes nuestra relación se estrechó y pude entrevistarlo varias veces más tanto para Reggae Beat como para el programa de la televisión por cable que había iniciado el productor-director Chili Charles, L. A. Reggae. A lo largo del año, Peter me llamaba desde los lugares más insospechados para preguntar si tenía copias de tal o cual disco. No tenía ninguno de los que integraban su carrera, me reveló con tristeza: todos habían sido robados o mendigados. Justo antes de su asesinato, en septiembre de 1977, me llamó preguntando por una copia de «Here Comes the Judge» para rehacerla con destino al que iba a ser la secuela de su álbum recién publicado No Nuclear War.

Bunny Wailer entró en mi vida más tarde. Recluido en casa desde su salida del grupo en 1973, lo conocí por primera vez en el Sunsplash Festival, de Montego Bay en 1985, y le di once cintas de noventa minutos con viejos singles de los Wailers. Al año siguiente, me llamó para pedirme que fuera su agente en el que sería su primer concierto en el extranjero, tras once años de exilio isleño, alejado de los escenarios foráneos. El concierto tuvo lugar en Los Ángeles, y, al día siguiente, Bunny acudió a nuestro programa Reggae Beat para participar en un especial de cuatro horas. En 1990, Bunny volvió a llamar, esta vez con la propuesta de que coescribiera con él su autobiografía. Acepté raudo, y simplemente le solicité que pudiera acompañarme mi querido amigo Leroy Jodie Pierson, un brillante guitarrista de blues, historiador y fundador del sello Nighthawk, que ya había publicado música de Bunny. Este se mostró de acuerdo, y Leroy y yo nos pasamos tres semanas encerrados en una habitación de hotel de Kingston, en octubre de 1990, recopilando sesenta y cuatro horas de entrevistas con la historia completa de su relación con Bob y Peter. Por desgracia, Bunny nunca ha dado su permiso para publicar el libro; diez años de trabajo y 1.800 páginas de transcripciones con la historia que todo fan de los Wailers ansía leer siguen en el limbo. (No obstante, Leroy y yo combinamos más de treinta años de investigación para completar nuestra obra de 2005, Bob Marley and the Wailers: The Definitive Discography, hasta la fecha la única discografía veraz jamás compilada de un artista jamaicano.) En 1984, la NARAS (National Academy of Recording Arts and Sciences) me pidió organizar y presidir un comité para los Grammy en el apartado de reggae, labor que desempeñé en los siguientes veintisiete años. Ese mismo año recibí una invitación para presentar una serie de películas y vídeos inéditos de Marley como parte del National Video Festival, en el American Film Institute. Esto promovió críticas positivas en la prensa local, lo que a su vez ocasionó nuevas invitaciones de universidades —y luego clubes— para repetir la presentación. Desde entonces, mi programa multimedia «The Life of Bob Marley» ha sido presentado más de quinientas veces por todo el mundo, desde el desierto australiano al fondo del Gran Cañón, llevando las palabras y las obras del profeta del reggae a los confines más remotos del globo. Estas ocasiones han deparado cientos de encuentros con aquellos que interactuaron con Bob personalmente, y cada una de sus historias quedó grabada o filmada por mí para la posteridad. Muchas aparecieron en la revista The Beat, cofundada por mí y por CC Smith en 1981, y que siguió publicándose durante veintiocho años. Cada mayo editaba una Bob Marley Collector Edition, con escritos de algunos de los comentaristas más perspicaces del reggae, todos ellos colaboraban desinteresadamente, por amor a la música.

The Wailers Band y yo mantenemos una relación de buena amistad que dura ya casi cuatro décadas. En 2013, los Wailers, liderados por Family Man Barrett, me invitaron a acompañarlos en la carretera durante dos meses para abrir sus conciertos, en los que repasaban el álbum Survival completo. Me pasé durmiendo en el suelo de su autobús de gira los meses de enero y febrero mientras trabajábamos en algunas de las ciudades más frías de Norteamérica, donde yo mostraba las fotografías que había tomado en la gira original, comentando la importancia crucial que tuvo ese álbum y explicando sus letras. La experiencia me dejó entre otras cosas un hondo y duradero respeto por esos intrépidos guerreros que se aventuran por la vida en la carretera, con un importante coste personal, para llevar las creaciones atemporales de Bob a una ávida generación más joven.

En 2002, me dirigí a Jim Mairs de Norton para proponerle realizar una historia oral sobre Bob Marley. Mi plan original era hacer la transcripción integral de alrededor de ochenta entrevistas cruciales para que los lectores pudieran conocer la historia completa de cada uno de los participantes, en sus propias palabras y dentro del contexto de una entrevista, con sus preguntas y sus respuestas. Quería presentar ese material documental para que los interesados pudieran acceder a esas fuentes originales.

En 2005, tenía prácticamente el libro terminado, cuando sobrevino la calamidad. Como alguien nacido en 1942, pertenezco, sin duda, a la generación ignorante en cuestiones tecnológicas, y, cuando mi ordenador sufrió una debacle irreparable, lo perdí todo: el manuscrito, las transcripciones de las entrevistas y todas mis notas. Entré en un período de parálisis que duró dos años, en el que no podía ni contemplar empezar de cero de nuevo. Cuando Jim llamó preguntando por el libro en 2007, tuve que confesarle lo que me había ocurrido. Le estaré siempre agradecido por la paciencia y la comprensión que mostró, y entonces me instó a comenzar de nuevo la labor. Años después le envié unas tres cuartas partes del libro, y él me respondió diciendo que la gente de Norton había pensado que la obra quedaría mucho más legible si fraccionaba esas voces según los temas tratados, siguiendo el modelo de una biografía tan fabulosa como Bill Graham Presents, de Robert Greenfield. Sintiendo un peso en el corazón, ya que anticipaba la ardua tarea que me esperaba, acepté esa replanificación. Ahora veo que la decisión de Jim fue la acertada en múltiples sentidos, y le estoy tremendamente agradecido por haber apoyado el proyecto con su infinita paciencia y convicción. En 2015, Jim le pasó el proyecto a Tom Mayer, otro meticuloso editor principal de Norton, con un pasado como locutor de reggae en California y Columbia.

Así que, para responder a las preguntas que formulaba al comienzo, he armado este libro sabiendo que hay otros libros fantásticos que abordan varios momentos de la vida de Bob, y no siento la necesidad de replicar lo tratado en obras previas. Cedella Booker se ocupa de la infancia de Bob en A Mother’s Story. Su escritor en la sombra, Tony Winkler, que me contó en una ocasión que nunca escucha reggae y que solo disfruta de la música clásica, llevó las riendas de un tomo desprovisto curiosamente de toda mención a la música, aunque valioso por la información que aporta sobre la juventud de Bob. Para los años en Delaware, Before the Legend, de Christopher John Farley, llena muchos huecos sobre esa etapa anterior a Island. Uno de mis libros favoritos es el brillantísimo Wailing Blues: The Story of Bob Marley’s Wailers, de John Masouri, que es básicamente la autobiografía de Family Man Barrett y de su hermano, el batería Carlton, el núcleo del sonido de los Wailers desde 1970. Toda canción realizada por Bob a partir de ese momento es deconstruida en este libro sin par. Mi amigo Stephen Davis fue un adelantado con Bob Marley, que ofrece una buena panorámica de la vida de Bob, y que sigue reimprimiéndose con todo merecimiento más de treinta años después. La fotógrafa Kate Simon cubre los años de mediados de los setenta en su enorme Rebel Music, repleto de fotografías tan íntimas como extraordinarias, a las que acompañan las reminiscencias de muchas de las personas que giraron con Bob. De igual manera, Songs of Freedom, el instructivo y lujoso libro de Chris Salewicz por el cincuenta cumpleaños de Bob, aporta muchos detalles sobre la infancia de Bob y las giras europeas.

Con todos esos ejemplares en los estantes, ¿qué queda por añadir? Con Tanto que contar, título sacado de una de las composiciones más evocadoras de Bob, he pretendido iluminar con la profundidad de la primera persona aquellas partes de la vida de Bob que han sido exploradas solo parcialmente. Mis temas troncales son los años en Kingston antes de comenzar a grabar; la realidad entre bambalinas del Studio One de Coxson; su exilio de Kingston entre 1966 y 1967; las maniobras de la pareja Danny Sims-Johnny Nash a finales de los sesenta y comienzos de los setenta; la peligrosa historia de la relación del grupo con Lee Perry y las inquietantes razones de su ruptura; una indagación sobre la posibilidad de que la CIA tuviera parte en el intento de asesinato de Bob; la polémica que precedió al One Love Peace Concert; los viajes de Bob a África, con algunas anécdotas muy llamativas de lo que sucedió entre bastidores en Gabón y Zimbabue, y la historia de su cáncer letal y de cómo se le trató.

Durante los pasados treinta y siete años, una multitud de amigos, socios y parientes me han revelado detalles íntimos de su relación con el Rey del Reggae. Ahora, estos descubrimientos quedan ante los ojos del lector. Existen varias contradicciones entre los relatos presentados, como al hablar sobre el primer single de los Wailers, Simmer Down, o sobre las circunstancias que rodearon a la boda de Bob Marley y Rita Anderson. La historia decidirá. Aquí sirvo el material en bruto.

Hay algunas omisiones importantes en el libro, que no pude evitar. Lo que más lamento es no haber tenido una oportunidad para hablar con Johnny Nash, cuya influencia en los Wailers de 1968 a 1972 resulta crucial para entender al artista en el que se convirtió Bob. Bunny Wailer lanza alguna acusación que produce estupefacción en estas páginas, y durante años he intentado conseguir que el señor Nash ofreciera alguna explicación. Me llegó una respuesta de sus representantes justo cuando este libro iba a imprenta: «Durante los muchos años en los que se han realizado numerosos relatos sobre ese período de tiempo, la postura de John ha sido y continúa siendo la de no dignificarlos con una respuesta; eso no tendría mayor significado que dar pábulo a quien desea atención. Todos esos sucesos son parte de la historia, no pueden revivirse y aquellos que participaron en tales aconteceres en esos momentos históricos conocen la verdad. Emprender cualquier clase de debate sería contraproducente para John, al acabar actuando en favor de quien no se ajusta a la verdad. Dicho todo eso, John desea agradecerle su preocupación por aclarar lo que sospecha que pueden ser falsedades, y que haya querido dar voz a su punto de vista, pero ese no es en realidad el estilo de John: él prefiere callar y que los discos hablen por sí mismos». A pesar de todo, Johnny Nash cuenta con todo mi respeto y admiración por su increíble importancia en la difusión del reggae entre el público mayoritario, haciendo contribuciones vitales que moldearon a Bob and the Wailers para convertirlos en artistas internacionales de primer nivel.

Nunca ha habido un artista como Bob Marley, «el artista del siglo». Su obra goza de más popularidad que nunca, y la revista Forbes lo colocó en 2014 en el número cinco de su lista de estrellas muertas con mayores ingresos. Bob fue en eso adivino, ya que predijo que su obra perduraría por siempre. Esa fue una de sus abundantes profecías, y algunas de ellas aún han de materializarse. Esas dotes fueron reconocidas en 1976 por el poeta y escritor Geoffrey Philp, quien relató su primer encuentro con Bob en el Mona Heights Community Center de Kingston, y me confirmó su recuerdo en el seminario sobre Marley celebrado en Florida en 2015: «Cuando llegué, Bob estaba sentado bajo una acacia. Me acerqué, me presenté y él me invitó a sentarme a su lado. Fue la primera ocasión en la que pude sentir los poderes sobrenaturales de Bob, porque comenzó entonces a contarme cosas de mi vida que nadie —ni siquiera mi madre— conocía. Aún no recuerdo bien los detalles de lo que dijo por la conmoción que sufrí. No podía concebir que alguien a quien conocía desde hacía apenas cinco minutos pudiera contarme tantas cosas sobre mi vida».

Ahora, a continuación, los amigos más cercanos y los socios más estrechos nos hablan de la vida de ese Bob con el que se cruzaron. Y como apuntó uno de los primeros lectores de este manuscrito: «Tras leer esto siento que de verdad conozco al hombre». Espero que el libro tenga el mismo efecto en ti.

Echo Park, Los Ángeles

Julio de 2016

1

¿DÓNDE ESTÁ MI MADRE?

Roger Steffens: Cedella Malcolm Marley Booker, la madre de Bob Marley, tenía dieciocho años en el momento del parto. Estaba casada con un jamaicano blanco, Norval Marley, que había nacido en Clarendon, Jamaica, y que rondaba los sesenta y cuatro años de edad el 6 de febrero de 1945, fecha del nacimiento de Nesta Robert Marley en un pequeño pueblo en el campo, llamado Nine Mile, donde no había ni electricidad ni agua corriente. Christopher Marley, miembro de la rama blanca de la familia Marley, ha invertido años de su vida buscando entre sus ancestros, y ha compartido algunos de sus hallazgos conmigo. Con sus descubrimientos ha desmontado varias de las falsas aseveraciones vigentes hasta hoy, como, por ejemplo, que Norval nació en Inglaterra y que era un oficial del Ejército.

Christopher Marley: El padre de Bob era Norval Sinclair Marley, de padre británico y madre «de color». Norval no era un «capitán de barco», ni un «cabo de la Marina» ni un «oficial de la Armada Británica». Era un «oficial de ferrocemento». En los papeles de su licencia del Ejército se señala que trabajó en varios «cuerpos de trabajo» en el Reino Unido durante la Primera Guerra Mundial, y que se licenció como soldado raso. No llegó a servir en el campo de batalla. La familia de Norval Marley no era siria, como se ha insinuado. Era un hombre muy andariego e inquieto. Viajó y trabajó por todo el mundo, en unos tiempos en los que viajar no era tan sencillo como hoy. Estuvo en Cuba, Reino Unido, Nigeria y Sudáfrica.

Cuando se casó con Cedella Malcolm, que contaba con dieciocho años y se hallaba encinta, estaba encargado de la parcelación de unos campos en Saint Ann Parish, donde iban a levantarse casas para los veteranos de guerra. Apenas aportó económicamente a la familia, y tampoco vio apenas ni a su mujer ni a su hijo. Murió de un infarto de corazón en 1955, completamente arruinado y subsistiendo con una pensión del Ejército de ocho chelines a la semana (alrededor de un euro al cambio actual).

Norval era una persona muy inestable, por decirlo de una manera suave. La familia Marley rechazó a Bob porque era hijo de Norval.

Cedella Booker: Norval estaba viviendo por entonces en Nine Mile, y estaba a cargo de las tierras que el Gobierno entregaba a la gente, unos terrenos para trabajarlos durante la guerra. Era como un capataz.

Roger Steffens: En la infancia de Bob, si alguien jugó un papel de guía para él, ese fue su abuelo Omariah, conocido localmente como un myalman, un practicante benigno de las artes curativas, antagonista, por tanto, del obeahman, que con sus oscuras intenciones infundía el miedo en los corazones de los supersticiosos lugareños. Se dice que Omariah llegó a engendrar treinta hijos.

Cedella Booker: Mi padre, Omariah, era una persona muy espiritual, como el Blackheart Man [un practicante de los métodos tradicionales de sanación]. Si alguien caía enfermo, él podía ir y darle medicina para curarlo. Él hacía sus propias medicinas a partir de arreglos y mezclas, y así curaba a la gente. Omariah enseñó a Bob a no robar, a decir la verdad, a obedecer. Era dueño de bastantes campos, repartidos por varios sitios. No eran grandes propiedades, pero eran buenas parcelas, de quince a dos hectáreas desperdigadas por varias zonas. Bob pastoreaba burros y cabras, y llevaba comida del campo a la casa. Montado en el burro recolectaba las mazorcas, y también cortaba las cañas del maíz para dar de comer a los animales. Allí se trabajaba con las manos. Para tener agua había que ir hasta la fuente.

Roger Steffens: Sledger, primo de Bob, creció con él en Nine Mile, y recuerda a Bob montando intrépido en su burro favorito, Nimble, a pelo, llegando a saltar un muro de metro y medio como si tal cosa, ¡y a veces hasta sentado de espaldas! A los primos les encantaba la música, y sobre todo dedicaban los domingos a escucharla, cuando Omariah enchufaba la radio a un generador para que la oyera todo el pueblo. El abuelo sintonizaba una emisora de Miami, y Elvis Presley, Fats Domino y Ricky Nelson figuraron entre los primeros artistas favoritos de los muchachos. Las primeras enseñanzas sobre música para Bob también llegaron de manos del padre de Cedella.

Cedella Booker: Mi padre tocaba el órgano, la guitarra y un poco el violín. Todo el mundo en la familia tocaba. Mi primo Marcenine construyó un banjo pequeñajo y le puso cordaje. Ese fue el primer instrumento de Bob. Cuando creció, ya podía sujetar una guitarra. A veces él y yo nos poníamos a canturrear canciones como «Precious Lord Take My Hand».

Roger Steffens: A los tres años, Bob empezó a manifestar poderes intuitivos de una asombrosa precisión.

Cedella Booker: Recuerdo que había una mujer, a la que llamábamos Aunt Zen, a la que le gustaba mucho jugar con Bob cuando él era muy chico. Y una vez vino a la tienda donde yo trabajaba, y Bob empezó a leerle la mano y a decirle cosas. Al final, ella dijo: «Todo lo que me ha contado es cierto».

Otro hombre, Solomon Black, alguacil del distrito, también se pasaba por la tienda, y Bob, que no levantaba un palmo, le cogió la mano, se quedó mirándola y empezó a contarle cosas. Y a cada cosa que comentaba, el hombre respondía: «Tal vez pienses que estoy de broma, pero este chico ha hecho pleno».

Bob sabía que no iba a estar aquí mucho tiempo, así que no podía demorarse en su misión. Un amigo mío, Ibis Pitts, fue el primer amigo de Bob en Delaware, allá por 1966. Ibis me contó que un día fue con su amigo Dion Wilson hasta el parque donde yo vivía, y entonces Bob trepó a un árbol y les dijo: «Voy a morir a los treinta y seis años». Y estamos hablando de 1969.

Roger Steffens: Cedella Booker, apodada cariñosamente como MotherB, ha visitado mis Reggae Archives en numerosas ocasiones durante estos años. Aunque muchas de nuestras conversaciones no fueron grabadas, tomé notas de todas ellas una vez terminadas. En una de esas charlas, recordó una visita de Norval a Nine Mile, cuando Bob tenía cinco años, para proponerle a Cedella que el niño se fuera a vivir con él a Kingston, donde podría recibir una educación que le permitiera prosperar en la vida. Cedella se mostró conforme, pero, cuando Norval y Bob llegaron a Kingston —una de las raras ocasiones en las que estuvieron juntos—, el padre no cumplió su parte del trato: en lugar de alojarlo en su casa y matricularlo en una escuela, Norval lo dejó en casa de una señora mayor amiga suya, Miss Gray. Durante los dos años siguientes en Kingston, Bob vivió prácticamente en la calle, como un niño abandonado. Cuando Cedella escribía a Norval para ir a visitar a su hijo, el hombre le respondía que Bob estaba en un internado en St. Thomas. Al final, alguien de Nine Mile identificó a Bob por las calles de Kingston y avisó a Cedella. Esta se acercó hasta allí y se lo llevó.

Cedella Booker: Bob tenía alrededor de cinco años cuando se marchó a Kingston, y estuvo de vuelta antes de los dos años. Entonces, la señora Simpson le pidió que le leyera la mano, y él le dijo: «No, ya no leo las manos, ahora canto».

Roger Steffens: Neville O’Reilly Livingston, después conocido como Bunny Wailer, fue uno de los cofundadores de los Wailers. Se cruzó por primera vez con Bob cuando ambos eran unos niños.

Bunny Wailer: Entonces tendría como nueve años [en 1957], cuando conocí a Bob, después de que mi padre me llevara a vivir con él a Nine Mile. Nos trasladamos, emigramos hasta allí. Mi padre compró un terreno, cerca de doce hectáreas, y levantó una casa y una tienda. Aguantamos como diez meses. Tampoco viví mucho tiempo allí. Hacía mucho frío. Era

un sitio muy frío. Yo no estaba preparado para unas temperaturas tan bajas. Tenía retortijones, y al final me enviaron de vuelta a la ciudad. Y entonces, al poco, Bob también se vino a la ciudad para vivir con su madre.

Roger Steffens: De joven, Bob exploró los alrededores de Nine Mile, aventurándose a veces por lugares vedados para él. En una de esas excursiones, pisó los vidrios de una botella rota y se hizo un corte en el pie derecho. Temiendo el castigo de su madre, le ocultó la herida. Posteriormente, el corte se infectó, y Bob sufrió intensos dolores durante meses. Al final, su primo Nathan le preparó un emplasto caliente con pulpa de naranja y unos polvos amarillos de yodoformo, y, al cabo de un par de semanas, la herida se había curado por completo. Ese percance fue el primero de los muchos que afectarían al pie en el que Bob terminaría desarrollando el cáncer que pondría fin a su vida.

Bunny Wailer: Bob era un niño asilvestrado. Era como el patito feo. Tenía que valerse por su cuenta, y sacarse las castañas del fuego. Allí nadie le daba nada, así que él tenía que ir rebañando, era una cuestión de supervivencia. Estamos hablando en su caso de lo más básico: comer y beber. Muchas veces tuvo que dormir en el frío suelo con una piedra por almohada. No una ni dos veces, no hay dedos para contarlas. A Bob nada le vino regalado. Él no tenía las oportunidades de otros chicos.

Roger Steffens: Los primeros años de vida de Bob estuvieron marcados por el abandono y el rechazo por parte de blancos y negros. Los primeros lo consideraban negro, y los segundos, que veían con malos ojos a los niños mestizos, se mofaban calificándolo de «crío amarillo». Hasta su tan querida bisabuela Ya Ya se refería a él como «el crío alemán». El racismo estaba a la orden del día entonces, y los dirigentes de piel clara del país eran herederos de cuatrocientos años de dominación colonial. Para Bob, el color de su piel representaba un obstáculo allí donde dirigiera la vista, y eso le hizo mirar hacia dentro, en busca de una fuerza interior en la que apoyarse. El rechazo paterno fue algo que le dejaría una profunda huella durante toda su vida.

Su primera experiencia urbana en Kingston, donde supo lo que era pasar semanas sin una comida caliente en el estómago, lo curtió para cuando regresó a la ciudad, esta vez en compañía de su madre, Cedella, que en 1957 había empezado a vivir allí con el padre de Bunny. Kingston obligó al joven Marley a salir al exterior, a un mundo de barriadas atestadas y compañías estimulantes, en una nación que estaba a punto de librarse del yugo imperialista.

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