Salvar un corazón

Salvar un corazón (Adelanto)

Con autorización de VeRa -el sello romántico de Vergara & Riba- publicamos el prólogo de la novela, Salvar a un corazón, de la autora argentina, María Laura Gambero, y que ya se puede adquirir en librerías de nuestro país.

PRÓLOGO

Mar del Plata, enero de 2008.

Ingresó a la discoteca con paso seguro y cara de pocos amigos. Mirko Milosevic era un hombre alto y delgado, de hombros anchos y caderas estrechas. El cabello castaño claro, lacio, aunque siempre despeinado, le rozaba los hombros, y tenía unos ojos de un celeste luminoso que difícilmente pasaban desapercibidos. El conjunto ofrecía una apariencia peligrosamente sensual, que atraía con facilidad a las mujeres, proporcionándole una ventaja que sabía aprovechar. Era como un gato seductor, que se movía con sigilo, envolviendo a sus presas hasta ganarles la voluntad y obtener de ellas lo que deseaba.

En Mar del Plata, la temporada estival se encontraba en su apogeo. Durante el día, sus atractivas playas congregaban multitudes, mientras que la vida nocturna parecía no tener fin. Ese verano, la ciudad vibraba.

Tal era el caso de Extasius, la discoteca en la que estaba Mirko. Allí una importante cantidad de jóvenes se contorsionaba al ritmo de la música, ajenos a mucho de lo que entre esas paredes sucedía.

Con actitud firme y segura, se mezcló entre los presentes; un solo objetivo gobernaba su mente: cumplir con su parte y saldar, de una buena vez por todas, la deuda que lo acosaba. A medida que avanzaba, recorría el lugar con la mirada sin detenerse en nada en particular. No se vanagloriaba de su proceder, hacía ya mucho tiempo que había dejado de cuestionarse. Lo suyo, por donde se lo mirase, era pura necesidad; y subsistir, la única preocupación en su vida.

Eludiendo a quienes se cruzaban en su camino, se las ingenió para alcanzar la barra principal; una vez que llegó, se sentó en el único taburete que quedaba vacío. Volvió a repasar el lugar con la vista, ahora con cierto hastío. No veía lo que había ido a buscar. La chica con la que necesitaba dar no se hallaba a simple vista, y eso era algo que siempre lo frustraba. Masticando fastidio, se volvió hacia la barra.

–¿Cómo estás, Mirko? –dijo Lalo, el barman–. Pensé que te vería más temprano.

Se saludaron con un intercambio de golpes de puños, propios entre camaradas. Lalo era su único amigo; se conocían de niños. De hecho, era Mirko quien le había conseguido el trabajo cuando Lalo obtuvo su libertad luego de ocho meses de encierro por un delito menor.

–Todo bien –respondió sin mucho entusiasmo.

Lalo lo miró con cierta aprensión; comprendía perfectamente qué le estaba sucedía, por eso no agregó comentarios.

–¿Lo viste a Candado? –preguntó Mirko.

–Sí, debe andar por el fondo –respondió el barman, introduciendo la mano en el bolsillo trasero de su pantalón, de donde extrajo una llave que le extendió–. Me dijo que te la entregara, que tú entenderías y que debes estar listo para las tres y media.

Mirko asintió y estiró su mano para tomar la llave, pero Lalo cerró el puño negándosela. Lo miró directo a los ojos.

–Fue categórico cuando ordenó que te limites a cumplir con tu parte –agregó, incómodo, sintiendo algo de culpa. Mirko lo fulminó con la mirada–. No me mires así. Solo soy el mensajero. En el lugar de siempre tienes la primera parte.

Le entregó la llave a Mirko y lo contempló detenidamente.

–Tienes que encontrar la manera de salir de este lío –dijo con evidente preocupación–. Esto no va a terminar bien.

–Lo sé –accedió con renuencia–. Pero no es tan sencillo.

Si no fuera porque debía reunir la cuantiosa suma de diez mil dólares, ya habría resuelto esa situación. Pero estaba atado de pies y manos, y lo sabía. ¡Qué pies y manos!, pensó Mirko. Ese maldito me tiene sujetado del cuello. Casi en un gruñido, le pidió a Lalo que le sirviera su trago preferido: vodka con soda y hielo.

–Aquí tienes, campeón –dijo Lalo al colocar el trago frente a él–. Espirituoso como a ti te gusta…

Dedicó varios minutos a observar el lugar. La música electrónica se había adueñado de la pista y los presentes se contorsionaban rítmicamente. La oscuridad reinante, salpicada por el juego de luces blancas que enorgullecía a los dueños de la discoteca, por momentos envolvía a los presentes en un manto de sensualidad del que Mirko pensaba aprovecharse.

Bebió un poco de vodka, y sintió cómo el aguardiente bajaba por su garganta. Entonces dio con lo que estaba esperando encontrar. Entre la dicotomía de los claroscuros, detectó una figura que llamó su atención. Agudizó la vista concentrándose en una muchacha que bailaba desinhibida sobre una tarima y, a simple vista, su falda, ligera y corta, dejaba al descubierto unas largas y delgadas piernas. Tenía el cabello oscuro, busto atractivo y cintura pequeña. Muy bien, pensó al verla moverse al ritmo de la música. No se molestó en apreciar los rasgos de su rostro, a su entender era lo que menos importaba. Sonrió jactancioso. Objetivo detectado.

La música cambió y poco a poco los ritmos de los años ochenta se adueñaron del lugar. Mirko terminó su trago sin apartar la vista de la muchacha que, en ese momento, bajaba de la tarima. Prestó atención al notar que ahora bailaba con una mujer. Esperaba que le gustaran los hombres. Miró su reloj y comprobó que eran pasadas las dos de la madrugada; tenía poco menos de una hora y media para lograr seducirla y convencerla de que lo acompañase al fondo del local. No creía que fuera difícil lograrlo.

Antes de comenzar su cacería, Mirko Milosevic decidió estimular sus sentidos. Con la mente focalizada en su objetivo, se abrió paso entre los presentes hasta alcanzar los baños públicos. Ingresó al de caballeros y, pasando de largo los retretes, se dirigió a la última puerta. Se deslizó dentro y, sin demora, buscó el hueco en la pared, oculto tras un cubo de basura. De allí tomó un pequeño sobre con varios gramos de cocaína; la primera parte de su paga. Tembló un poco al sentirlo en su mano y, luego de dejar todo como lo había encontrado, se apresuró a bajar la tapa del retrete. Con suma precisión dibujó un par de líneas de polvo blanco, para luego esnifarlas; primero por un orificio nasal, después el otro. Por unos segundos permaneció de pie con los ojos cerrados, entregándose al efecto que se iba adueñando de sus sentidos.

Ya más a gusto, animado y predispuesto, regresó a la barra.

–Dame otro espirituoso, Lalo –deslizó al ubicarse en el asiento, desde donde trató de dar con su presa.

Recorrió una vez más la pista de baile con la mirada y sonrió afanosamente al detectarla; había regresado a la tarima. Bebió un poco de vodka, estudiándola con disimulo. Ella lo observó y él advirtió el impacto que había causado en la mujer. Ocultó la sonrisa tras su trago al ver que descendía y se dirigía hacia la barra. Picó, pensó y se volvió hacia Lalo, a quien guiñó un ojo con complicidad.

–El juego está a punto de comenzar, Lalito –informó al dejar la copa sobre la barra–. Estate atento.

Mirko la miró de reojo. Parcialmente apoyada sobre la barra, la chica pedía dos margaritas. Se dedicó a observarla con el mayor disimulo del que fue capaz. Se concentró primero en los glúteos; eran redondos y llamativos. Me gusta, pensó, cada vez más satisfecho con su elección. Fue ascendiendo, recorriendo la cintura con la mirada hasta alcanzar sus senos, apenas sostenidos por una prenda sin mangas. Perfecta, afirmó con conocimiento de causa. La chica parecía no darse cuenta de su sensualidad y eso lo divirtió porque sería mucho más sencillo convencerla. Vaya noche de suerte, se dijo al considerar que era el mejor ejemplar de los últimos cuatro que le había tocado abordar. Con ella tal vez hasta lo disfrutaría.

–¡Qué suerte que decidimos venir! –gritó la rubia al pararse al lado de él–. Me encanta este lugar.

A su amiga también le gustaba. Mirko lo supo porque ambas hablaban a los gritos y, desde su ubicación, podía escucharlas perfectamente sin esforzarse demasiado. Lalo eligió ese momento para entregar las margaritas que le habían ordenado y se ocupó de que la muchacha elegida por Mirko recibiera el trago correcto. Era su manera de ayudarlo.

–Brindemos, amiga –dijo la morena–. Voy a extrañar mucho nuestras salidas cuando esté instalada en Madrid.

–Porque un buen madrileño tome mi posta y te lleve de fiesta –deslizó la rubia, divertida, al chocar sus tragos.

–Por Madrid, entonces.

Siguieron bebiendo entre risas. De tanto en tanto se movían al ritmo de “Aserejé”, que en ese momento tenía a los presentes al borde de la locura. Al cabo de unos minutos, la rubia dejó la copa sobre la barra y se alejó dirigiéndose hacia los baños.

El momento había llegado. Hora de entrar en juego, se ordenó Mirko. No tenía más tiempo que perder.

De repente, como si un telón se hubiese elevado dejando al descubierto sus verdaderas intenciones, Mirko dejó de mirarla con disimulo para hacerlo con descaro. Deliberadamente, por varios segundos se limitó a recorrer con la vista las líneas de su rostro, procurando que ella se sintiese observada primero y deseada después. Su mirada siempre lograba debilitar la resistencia femenina, las tornaba accesibles y predispuestas.

No pasó mucho tiempo hasta que hizo contacto visual con la muchacha. Ella le sostuvo la vista con determinación, clavando sus ojos negros en los celestes de él. Mirko terminó sonriendo ante la firmeza que ella presentaba y, una vez más, reconoció que su elección no podía haber sido mejor.

–¡Lalo, otra margarita y lo de siempre para mí! –indicó Mirko sin apartar la mirada de la chica, que ahora lo contemplaba con algo de reparo–. Supongo que puedo invitarte un trago, ¿verdad?

Ella lo miró súbitamente embelesada. Hacía rato que no veía a un hombre tan atractivo, tan sensualmente peligroso. El azul de sus ojos la envolvía, la acariciaba y ella se dejó llevar. ¿Por qué no?, se dijo. ¿Qué mejor forma para disfrutar de mi última noche en Mar del Plata? En pocos días volaría a Madrid, donde pensaba establecerse. Me merezco una buena despedida, pensó, entusiasmada.

Por el rabillo del ojo vio que su amiga pasaba de largo al notar que estaba entretenida con ese apuesto hombre. Se mordió los labios para ocultar la sonrisa al ver el gesto que su amiga le hacía.

–Aquí tienen –dijo Lalo deslizando los tragos frente a ellos.

Mirko los tomó y le ofreció uno a la muchacha, que parecía encandilada. Ella sonrió y agradeció por lo bajo cuando tomó la copa.

–Mi nombre es Milo –se presentó con voz sensualmente melosa–. ¿El tuyo?

La sonrisa se amplió en el rostro de la joven, que claramente no creyó que ese fuera un nombre real. Tampoco tenía intenciones de ser demasiado sincera y dar el suyo. Bebió un poco de su trago antes de responder y decidió seguirle la corriente.

–Mile –respondió, desafiante, mostrándose divertida por el juego de palabras.

Mirko rio ante lo ocurrencia. Ingeniosa y provocadora; cada vez me gusta más. Era bueno que se mostrara dispuesta a seguirle el juego. Eso facilitaría mucho las cosas. La bebida espirituosa estaba haciendo efecto; se le notaba en la mirada, en la sonrisa y en el modo en que se sostenía de la barra para no perder el equilibrio. Ya tenía a su presa comiendo de su mano. En adelante, todo sería más sencillo. Con disimulo consultó su reloj. Faltaban cuarenta y cinco minutos para las tres y media.

Se dispuso a avanzar un poco más. Acercándose a ella, inició una conversación. Le hablaba casi al oído apoyando despreocupadamente su mano sobre el hombro desnudo, rozando su piel con ligereza. Luego se separaba y la miraba directo a los ojos a la espera de su respuesta. Por momentos, parecía que a ella le costaba hablar. En dos ocasiones se mordió los labios y en otras tres rio con nerviosismo. Pan comido, pensó Mirko, decidido a pasar a la siguiente etapa.

Terminó su vodka sin apartar la vista de la muchacha, que parecía derretirse con sus atenciones. Luego de apoyar su copa sobre la barra, estiró la mano para pasarla por la cintura de ella. La arrastró hacia él procurando que una de sus piernas se interpusiera entre las de ella.

–Así está mejor –murmuró Mirko sensualmente, y sonrió. Necesitaba tantearla, cerciorarse de que empezara a caer en sus manos. Una vez más acercó su nariz al cuello de ella. Lo recorrió con delicadeza provocándole un temblor que no pasó desapercibido para él–. Deliciosa –susurró.

Ella se estremeció cuando el aliento de Mirko le rozó el cuello primero y la nuca después. Empezaba a sentirse obnubilada por el modo en que él la abordaba. Las piernas le flaquearon y terminó sentada sobre el muslo de Mirko, quien ahora le sonreía maliciosamente.

Encandilada por sus ojos celestes, no fue consciente del momento en que él deslizaba sutilmente la mano por su pierna hasta alcanzar su intimidad.

–Bebe –le indicó ofreciéndole el trago con la mano libre. Ella accedió y bebió un largo sorbo mientras el calor crecía entre sus piernas. Se sobresaltó al sentir que el nudillo del dedo corazón de Mirko recorría, por sobre la delgada lencería, toda la abertura de su sexo, y no pudo evitar estremecerse de deseo. Él lo notó y sonrió ufanamente, y una vez más acercó su boca al oído de ella–. ¿Alguna vez has tenido un orgasmo entre tanta gente?

Ella apenas pudo negar con la cabeza. Comenzaba a sentirse mareada, algo sofocada y completamente hipnotizada por la voz de ese hombre que la seducía, la envolvía y plantaba imágenes en su mente. Se le agitó la respiración.

–Mejor bailemos un poco –sugirió él, quebrando completamente el clima que había creado. Eso la descolocó.

Lo cierto era que Mirko no deseaba que ella alcanzara el clímax que todo su cuerpo anhelaba casi con desesperación; la quería excitada y necesitada de lo que él pudiera darle. Quedaban solo veinte minutos para las tres y media y en ese tiempo volvería a llevarla hasta el límite de su necesidad para negárselo, para inundar su mente de todo lo que pensaba hacerle; pero no allí.

El baile estaba en su apogeo, y Mirko sabía que no contaba con mucho tiempo. Mientras se trasladaba hacia la pista de baile llevando a la muchacha de la mano, logró divisar a un grupo de diez personas que se dirigían a la parte trasera del local siguiendo a Candado. Buena cantidad, pensó.

Dedicó dos canciones a seducirla, a tentarla masajeándole los glúteos con descaro, rozando la piel de su cintura con la yema de los dedos; provocándola, esquivando su boca, que desinhibidamente buscaba la de él. Ese juego estimulaba a Mirko, quien también empezaba a prepararse, y la enloquecía a ella, que a esas alturas hubiera sido capaz de desvestirse allí mismo si él se lo hubiese insinuado.

Ella sentía que algo extraño sucedía con su cuerpo y con su mente; fue consciente de ello en un atisbo de lucidez, pero no tenía ni fuerzas ni intenciones de resistirse. Él la tenía envuelta en sus brazos. Balanceándola al ritmo de la música, le susurraba al oído todo lo que pensaba hacer con ella. Un estremecimiento le recorrió el cuerpo a medida que su mente visualizaba cada palabra que escuchaba. Las piernas le flaqueaban, por momentos la vista se le nublaba, y la música, los gritos y los cantos de la gente que la rodeaba se amortiguaban. El deseo corría raudo por sus venas, quemando los pocos resabios de consciencia que perduraban en ella. Fuego desmedido, ardiente y desbocado era lo que sentía en su interior; se sentía sofocada y desbordada. Lo deseaba de un modo desesperante, a tal punto que la piel le ardía.

Mirko eludió una vez más la boca de la chica, que en un descuido casi lo alcanza. Lamentablemente, eso era algo que nunca le daría, pues él no besaba; nunca besaba en los labios a las mujeres con las que se acostaba por dinero, ni a las que pagaban por sus servicios, ni a las que cazaba para cancelar su deuda con Candado, como era el caso de esa noche. Le revolvía el estómago pensar en besar a esas mujeres que no significaban absolutamente nada para él; lo suyo era netamente comercial.

Sin romper el contacto y alimentando aún más el hechizo, Mirko la fue guiando hacia el fondo del local donde, tras un oscuro cortinado, se encontraba una puerta que conducía a un sector privado. La abrió con la llave que Lalo le había entregado y, con sigilo, arrastró a la joven hacia adentro. Era un lugar pequeño, de paredes cubiertas por cortinados negros y luces tenues pero puntuales que enfocaban una cama circular, y tenía una silla que enfrentaba un amplio espejo rectangular empotrado en la pared y una mampara opaca.

A estas alturas, la chica no era dueña de ninguno de sus movimientos, solo accedía a lo que Mirko propusiera. La detuvo frente a un espejo y allí, de pie, comenzó a desvestirla sin dejar de besar su cuerpo, sosteniéndola con los brazos, rozando sus pechos, susurrándole al oído dulces palabras y suaves. Ella temblaba y, ya despojada de sus prendas, se recostó contra el cuerpo de él completamente entregada a la propuesta.

Con sus manos le dio lo que deseaba; casi un premio por su buena predisposición. Entonces la penetró enérgicamente. Miró su rostro reflejado en el espejo y sonrió con arrogancia al notar que sus rasgos transmitían tanto placer como gozo y lujuria. Bien, eso es algo que gusta y paga, pensó. Todo se desarrollaba según lo planeado. La muchacha estaba a punto de alcanzar una vez más lo único que todo su cuerpo deseaba. Sus gemidos podrían haber despertado hasta a un muerto, y cuando se sumergió en el espiral que la condujo a la cima, el grito de liberación fue tan agudo como extraordinariamente sensual.

Con un movimiento preciso, Mirko la giró para alzarla y obligarla a rodearlo con sus piernas. Pero entonces ella lo tomó desprevenido y, enroscando sus brazos al cuello de él, se apoderó de su boca de un modo tan salvaje que Mirko no tuvo cómo contrarrestar el embate. Su boca era fresca, era suave a pesar de la fuerza que el beso imponía. El beso era profundo, hambriento y tan ardiente que lo sacudió. Esta vez fue él quien sucumbió al estímulo. ¿Cuánto hacía que no recibía un beso, uno deseado, uno genuino y sincero? No halló en todo su cuerpo resabios para neutralizarlo y se encontró respondiéndolo con igual intensidad hasta sentir que empezaba a perder el control. Agitado, se separó y por un momento se mareó al sentir que la oscuridad de los ojos de ella contagiaba de bruma los suyos. Entonces, la recostó sobre la cama y ya no fue dueño de nada. El estremecimiento fue poco a poco gestándose en su entrepierna primero hasta propagarse por sus muslos, por su vientre y apoderarse de su voluntad.

La muchacha, que en un principio se había mostrado sumisa y doblegada, volvía a besarlo con avidez y descaro, generando sensaciones que Mirko no había experimentado en muchísimo tiempo. Una batalla de voluntades se instaló en sus bocas. Un intercambio casi violento que por momentos tuvo mucho de necesidad animal. El sexo se tornó primitivo, lujurioso y desenfrenado, casi salvaje. Ninguno de los dos tenía el control; ninguno podía imponer su voluntad.

Cuando todo terminó, cayeron rendidos sobre las sedosas sábanas de la cama circular, con la respiración agitada y los cuerpos exhaustos. Mirko entreabrió los ojos procurando recuperarse. Sentía el cuerpo de la chica pegado al suyo y le resultó tan extraño como tranquilizador. Ella estaba acurrucada contra él; una de sus piernas cruzaba las suyas, y una mano reposaba serenamente sobre su pecho. La miró con cierta aprensión, considerando lo inusual de toda la situación; no entendía qué demonios había sucedido. A pesar del desconcierto, se encontró recorriendo el rostro de ella con la yema de los dedos; admirándola, develándola. Un gesto cargado de una ternura desubicada en él. Se descubrió pensando en la cálida profundidad de esa muchacha a quien no conocía y, sin embargo, había movilizado fibras que nunca nadie había alcanzado. ¿Por qué? ¿Cuál era la diferencia con las otras mujeres? No lo sabía, tampoco lo entendía, pero se sentía extraño y el deseo de volver a saborear su boca lo abordó y no se privó de hacerlo. Ella respondió como lo había hecho durante toda la noche, pero en esta ocasión sus labios transmitían plenitud, y la mano que acariciaba su pecho, ternura. Fueron besos dulces, reconfortantes, que inundaron su cuerpo de un calor inusual y reparador. Se dejó llevar.

Al cabo de media hora, Mirko consideró que era suficiente sentimentalismo. Esa noche, Candado podía considerarse más que pagado; no tenía recuerdos de haber atravesado una actuación semejante. Se puso de pie y, luego de estirarse, buscó su ropa. Necesitaba un trago y verificar que Candado hubiera dejado lo prometido en el baño. Una vez vestido dejó la habitación. La chica dormiría un poco más.

El silencio que la rodeaba se quebró por un estruendo que duró unos segundos. Se irguió, frunciendo el ceño. Un dolor punzante le atravesaba la cabeza; le dolía todo el cuerpo, principalmente la entrepierna. Agradeció la luz tenue, tenía la visión difusa, pero la intensidad del silencio lejos de relajarla, la alarmó. No recordaba cómo había llegado allí, mucho menos en qué circunstancias se había desnudado.

Poco a poco sus ojos fueron focalizando y comenzó a ver con mayor nitidez. Un escalofrío la estremeció al percibir los recuerdos que, como relámpagos, llegaban a ella. Sin embargo, no podía recordar con precisión el rostro del hombre con quien había estado. Se puso de pie y su imagen quedó reflejada en el espejo. Tembló, asustada por no tener mucha consciencia de lo que había hecho. Estaba mareada, sentía las piernas débiles y le costaba mantenerse en pie. Se sentía mal, pésimo. Sin poder controlarlo, se le revolvió el estómago y vomitó sin remedio. Con cierta debilidad logró erguirse. Tenía que salir de allí a como diera lugar. Recogió su ropa, que se hallaba desparramada por el suelo, y se vistió con premura.

Desesperada, recorrió la habitación con la mirada; no había puertas ni ventanas, solo oscuros cortinados. ¿La habían encerrado allí? ¿Dónde estaba? No lograba recordar. Casi corriendo, con el rostro arrasado por las lágrimas y la visión empañada, llegó a uno de los cortinados. Lo recorrió hasta dar con una abertura. Salió de esa habitación y vio una puerta. Esperanzada por haber encontrado una vía de escape, se dirigió hacia allí. Para su desconcierto, descubrió que no se trataba de una salida, sino de una habitación que apestaba a tabaco y cigarros.

Cada vez más aterrorizada, repasó el lugar con la mirada y el corazón casi se le detiene de azoro al contemplar la gran cantidad de sillas que, desordenadas, enfrentaban un amplio ventanal. Se acercó y se espantó aún más al comprobar que desde allí se tenía una visión óptima de la habitación donde ella había estado. Comenzó a temblar sin control. El terror gobernaba cada uno de sus sentidos y, a los tumbos, regresó al oscuro corredor desde donde milagrosamente divisó una salida de emergencia camuflada con el color oscuro de la pared. Estaba a punto de alcanzar la salida cuando escuchó las voces que se acercaban a ella. La abordó una ola de pánico que casi logra paralizarla, pero con la poca fuerza que le quedaba empujó la puerta de salida y salió de allí desesperada.

–Siéntete más que pagado –dijo Mirko con cierto cansancio–. La de esta noche cancela mi deuda, Candado.

–Puede ser, pero no creo que sea así –le aseguró con voz áspera. Lo miró con sorna y algo de malicia–. Te conozco de sobra, Croata, en una semana volverás a estar en deuda conmigo. ¿Dónde piensas conseguir?

Mirko no dijo nada, pues era cierto. La única manera de que Candado lo proveyera era que él cumpliera con su parte. Pero estaba harto. No quería más de eso; tenía que encontrar la manera de abrirse.

–Ahora es mi turno –sentenció Candado palmeándole la mejilla–. Quiero que tomes unas buenas fotos.

–No… no me parece.

Mirko desvió la vista preguntándose a qué venía tanto escrúpulo con esa mujer; no lo entendía, pero no quería que Candado la tocase.

–Me importa una mierda lo que a ti te parezca –aclaró, riéndose como si hubiese escuchado una buena broma–. Acá las órdenes las doy yo, Croata, no te hagas el estúpido conmigo. ¿Dónde está esa perra? –chilló, enajenado. Furioso, se volvió hacia Mirko–. ¡¿Dónde está?!

–Estaba aquí hace un momento –le respondió casi en un murmullo.

–Dime que tomaste las fotografías –demandó Candado. Mirko desvió la vista sin atreverse a decir que no–. Estás en problemas, Croata. No debiste dejarla ir.

Mirko permaneció en el centro de la habitación tratando de pensar. En un rincón debajo del espejo creyó ver algo. Ofuscado, se acercó y lo tomó. Era una cédula de identidad. Frunció el ceño y se acercó al foco de luz. Sonrió con malicia. Tenía un nombre y una dirección por donde comenzar a buscar.

Gimena Rauch, leyó con rabia. ¿Dónde te metiste? Te voy a encontrar.

Con paso rápido, dejó el recinto y salió a la parte trasera de la discoteca. Estaba amaneciendo, pero lo que más llamó su atención fueron las sirenas de las patrullas que se acercaban al lugar. Entonces hizo lo único que podía hacer: correr.

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