Mexicanas

Mexicanas. Trece narrativas contemporáneas (Adelanto)

Con autorización de Fondo Blanco Editorial, publicamos un fragmento de Oficio de difuntos, cuento de Lola Ancira que forma parte del libro Mexicanas. Trece narrativas contemporáneas, mismo que ya se puede adquirir a través de su página.

Oficio de difuntos

Josefina llevaba gran parte de la tarde en la cocina. Eran las seis y todavía no terminaba. Le quedaban dos horas de luz natural. De sus setenta años, más de sesenta los había pasado frente a la estufa picando, cortando, asando, moliendo. Esa noche estaba usando la xoctli, su olla de barro favorita. El maíz ya tenía rato hirviendo y estaba a punto de reventar. Se asomaba, veía bullir el agua y la cabeza de ajo, los huesos de cerdo, el tomillo y las hojas de laurel dando vueltas.

El vapor del caldo le daba de lleno en el rostro. Su piel color canela había adoptado el olor de las especias, y cambiaba conforme avanzaba el día: en cuanto despertaba, antes del amanecer, y puntual como un mirlo, emitía aroma de albahaca. Después de preparar el desayuno y ducharse, el olor de la crema hidratante rosa se mezclaba con lo dulzón del eneldo. Junto con la oscuridad, y en noches de tristeza, su esencia se tornaba sombría y despedía chispazos de laurel. Si las tinieblas eran gratas, su alma ufana expedía la frescura de la menta.

Cuando sus sobrinos estaban pequeños, decían que llevaba un campo dentro. Buscaban entre sus ropas, en los bolsillos de los mandiles, mas nunca encontraban hierbas. Ella reía divertida al verlos tan intrigados. Poco a poco se fueron acostumbrando a su Madre Bosque, como la llamaban.

Su herencia fue la habilidad para cocinar, condimentar y sanar su vida y la de los otros. Pasaba más tiempo frente al fogón que en cualquier otra parte. Si debía salir, nunca regresaba con las manos vacías: en su camino de asfalto o arena buscaba, afilando la mirada casi perfecta, plantas y brotes que fueran de utilidad. Entrecerraba los ojos para ver mejor la hierba del golpe, que se anuncia por sus flores moradas; los dientes de león, el llantén con sus hojas amplias similares a la espinaca, las hojas largas y delgadas de la lengua de vaca.

Infusiones, cataplasmas, menjurjes. La cocina construida con tablones de madera acumulaba repisas con frascos de diversos tamaños que contenían líquidos claros u oscuros y cajitas de metal de mazapán Toledo, de sal de uvas Picot y de galletas coleccionadas desde la infancia. Abundantes manojos verdes colgaban de cabeza. Que la apodaran Bruja dejó de importarle luego de que gran parte de sus vecinos y conocidos comenzaron a acudir a ella para tratar algún mal del estómago, las vías respiratorias o hasta la sangre con sus yerbas curativas. Antes de pensar en visitar a un doctor, lo primero que hacían era mandar por el remedio con la Bruja.

Que su hogar se erigiera frente al panteón San Francisco alimentó el mito. La familia de Josefina fue una de las primeras en fincar alrededor del camposanto. Más de medio siglo atrás, los terrenos a diez minutos de la playa a precios irrisorios atrajeron a muchos. Una estrecha construcción de dos pisos en la parte trasera albergaba cuatro habitaciones y una estancia-comedor. Los baños y la cocina se instalaron fuera, entre jardines, por resultar más conveniente. Los hombres se dedicaban a la pesca; las mujeres, al hogar. Conforme crecían, formaban sus propias familias y se acomodaban ahí mismo. La vivienda llegó a albergar a más de tres matrimonios con sus respectivos hijos. Siete décadas después, aquel hogar improvisado había quedado casi desierto. Muchas veces le preguntaron si no había pensado en marcharse también, y la respuesta era otra pregunta: “¿A dónde?”. Tampoco le interesaba cambiar de sitio. Aseguraba que podría tener la colonia entera y, aun así, faltarle espacio. Tan sólo pensar en abandonar su jardín, que cuidaba con tanta dedicación, le daba pesar. Cualquiera que llegara a esa casa quitaría el planterío para echar cemento y construir. A ella misma le había tocado defender su pedazo de tierra para evitar que edificaran sobre su santuario.

El maullido de un gato gris al bostezar la hizo mirar el reloj. Seis cuarenta de la tarde. Después volteó a ver al animal, que se enarcaba para desperezarse de un largo sueño. Estaba sobre la silla pequeña que había usado por última vez Dalia, la menor de sus nietos. Sobre la mesa, pegada a la pared, se había convertido en la cama perfecta para Miztli, su eterna compañera. Nadie lo sabía, pero Miztli no siempre había sido la misma gata. Al recoger el diminuto amasijo de piel, huesos y carne en uno de sus rondines por el cementerio, supuso que moriría esa misma noche. La sorpresa fue que recobró fuerzas y vivió más de veinte años.

No quería deshacerse de su cuerpo. Le parecía una traición. El huerto de su madre, siempre rebosando vida y verdor, le pareció el lugar más adecuado. Esperó a que no hubiera nadie rondando para enterrar el cadáver encogido y agarrotado. Las siguientes semanas, su madre presumió que sus tomates y espinacas tenían más sabor que nunca. Para no levantar sospechas, Josefina anduvo durante horas por las calles del centro hasta que se encontró un gato muy parecido. Sin darse el tiempo de revisar el sexo, se lo llevó. Entre su familia, la versión fue que aunque Miztli había estado muy enferma, se había repuesto con las infusiones de aceite de coco y tomillo.

Más allá de algunas frases de asombro sobre lo mucho que había vivido la gata, en las raras ocasiones en que ésta se dejaba ver, su longevidad no alertaba a nadie. Cuando su madre dejó de hacerse cargo del huerto por la vejez, Josefina cambió las hortalizas por algunos árboles frutales. Las hierbas ocuparon macetones de barro que comenzaron a multiplicarse en los alrededores hasta que lograron salir por la reja oxidada e invadir la banqueta.

La Miztli actual maulló pidiendo comida. Josefina tomó una lata de atún de una de las alacenas y, finalmente, tomó asiento. Sirvió la comida en un platito sobre la mesa. Mientras acariciaba el lomo del animal, sintió el cansancio de la jornada caer sobre sus hombros al tiempo que la oscuridad comenzaba a entrar por las ventanas y reptar por las paredes. Había empezado a preparar el pozole después de que Dalia se fue con dos amigas a Playa Olvidada porque estaban festejando el cierre del ciclo escolar. Solían celebrar los cumpleaños con el caldo de maíz, pero ese viernes Josefina quería sorprender a su nieta.

El reloj marcó las siete. Dalia había dicho en la última llamada que llegaría a más tardar a las nueve, que tomaría un vocho rumbo a Playa Olvidada con sus amigas porque una de ellas vivía allá. Su abuela, desde su eterno sitio delante del fuego, le pidió que se cuidara y se divirtiera.

Mientras la manteca se freía, tomó la licuadora. Vació una taza de agua, cebolla, ajo, tomate verde, chile poblano, chile serrano, acelgas, epazote, cilantro, pepita de calabaza, comino y sal. Detuvo el estrépito del aparato al recordar de pronto la mejorana. Sacó un frasquito de cristal que antes contuvo mermelada y sacó unas hojas. Licuó de nuevo.

Evocó que, al terminar la primaria, celebró con un refresco en envase de vidrio. Tenía que regresar a ayudar a su madre a preparar las tostadas y los tacos que venderían por la noche. No le importó perderse la fiesta con su grupo. Lo que le dolió fue dejar la secundaria en el primer año porque su papá desapareció en el mar durante una tormenta, y tenía poco que sus hermanos, junto con sus familias, se habían ido de la ciudad. El trabajo de las noches y los preparativos durante el día la consumieron.

Sacó las tostadas que había escondido días antes y comenzó a cortar la lechuga, los limones, la cebolla y los rábanos mientras Miztli se restregaba entre sus piernas. Puso a freír la salsa en la manteca hirviendo. Luego salió a buscar dos aguacates maduros.

Al palpar los frutos negros pensó en lo bueno que sería tener a sus padres sepultados ahí, abonando su bosque inserto en plena bahía, mas sus muertos más queridos no estaban con ella. El mar se había tragado a su padre, y el cuerpo de su madre, contraído por la artritis, estaba enterrado en una solitaria tumba.

Con cuidado, sacó los trozos de pierna de cerdo hervidos y los dejó enfriar un rato. Desmenuzó la carne y la devolvió a la xoctli. Luego agregó la salsa. Tanto dentro de la cocina como fuera, no quedaba más que esperar.

Prendió la radio que tenía el mismo tiempo con ella que Dalia. Nunca le había gustado la televisión. Además, la única que habían tenido en casa era acaparada por los partidos defutbol o las telenovelas, y ni uno ni otro le interesaban. Prefería leer sus libros, volúmenes de una enciclopedia incompleta que su padre había comenzado a pagar en plazos hasta que, en el sexto tomo, amenazó al vendedor para no volver más. Tras dejar la escuela, el número 3, de plantas y flores; el 4, de botánica, y el 5, de ciencias y biología general, se volvieron sus manuales.

A las ocho apagó la flama. Tapado, el caldo duraría caliente un poco más. A las nueve prendería de nuevo el fuego para que el pozole estuviera a punto al llegar su nieta. Limpió la mesa, colocó los platos y los cubiertos. Luego buscó los caballitos, la noche ameritaba el mezcal que tenía curado con damiana. Con sólo tocar la botella se activaron sus glándulas salivales. El olor a carne y especias invadía la cocina. Se sentó de nuevo y vio a Miztli salir ágil por la puerta para iniciar su paseo nocturno.

Tomó una hoja de rábano y la examinó con cuidado. Conforme iba envejeciendo, notaba un cambio en la clorofila. También en el grosor de las hojas. No era algo de su tierra o sus plantas, sino en general. Si tocaba las de alguna maceta del vecindario o de colonias aledañas, era lo mismo. Los aromas se habían vuelto menos intensos. Sus propias esencias iban perdiendo fuerza, ahora en raras ocasiones emitía algún olor, sobre todo si experimentaba emociones fuertes. Algo le ocurría a la vegetación. Incluso llegó a pensar que quizá el problema estaba en ella, en sus ojos, en sus manos, en su olfato.

Ocho treinta. El tiempo se alargaba tanto. Abrió la botella y se sirvió en uno de los caballitos. Tomó una naranja del frutero y la cortó en rodajas. Un regusto dulzón opacó lo ardiente de la bebida. Luego vino la frescura propia de la damiana. Mordió una rodaja de naranja y lo cítrico se unió al coctel de su boca. Josefina sintió calma en cuanto el líquido recorrió el camino hasta su estómago. «Unir mente y corazón, purificar el cuerpo», repetía tras cada sorbo. Llenó de nuevo el caballito en tres ocasiones. Sintió sus hombros hundirse aún más por el cansancio de años, no sólo el de esa tarde, y se fue adormeciendo mientras el jacal se refrescaba con la oscuridad. El pequeño vaso cayó de su mano y el contenido mojó su falda.

Durante su infancia, su madre estaba feliz de vivir frente al panteón porque quería que la enterraran ahí cuando llegara su hora. “Así —decía—, no tendrán más que cruzar la calle para visitarme, y desde ahí los voy a estar cuidando”. Lo que ella no sabía era que, para entonces, el panteón estaría ya a su máxima capacidad y no se permitiría excavar tumbas nuevas, así que terminó en el San Crispín. Antes del entierro, Josefina le cortó algunos mechones de cabello y uñas para enterrarlas entre las raíces de sus plantas. De joven, la visitaba cada domingo y le llevaba un ramo hecho con sus propias flores. Las visitas se fueron espaciando hasta que el dolor en la rodilla derecha se volvió tan intenso que caminar más de cuatro cuadras era un suplicio.

Diez cincuenta. Josefina abrió los ojos de repente y se descubrió en la penumbra. Sintió un dolor punzante en el cuello y se pasó la mano por la nuca para tratar de aliviarlo. Miró el reloj en su celular y la pantalla no mostró notificación alguna. Aunque se alertó por la hora, trató de tranquilizarse pensando que Dalia seguía celebrando sin notar lo tarde que era. Lo único que Josefina sabía hacer con su rudimentario celular era recibir y hacer llamadas, así que marcó el teléfono de su nieta, uno de los escasos números registrados. El sonido de llamada se extendió hasta que escuchó varias veces el buzón de voz activarse.

Se quedó mirando los sepulcros más altos del San Francisco, donde los fantasmas estaban tan viejos y cansados que ya no espantaban, frase que ella repetía si un parroquiano mostraba temor del camposanto. Les hablaba de los espíritus de cientos de quemados del teatro incendiado hacía más de cien años, de Raulito, un bebé que obraba milagros; de las madres que fallecieron un 10 de mayo en un accidente de carretera cuando viajaban para celebrar su día en otro municipio. “Espíritus exhaustos e inofensivos. Miedo hay que tener de los vivos”, aseguraba.

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