Larga distancia

Larga distancia (Adelanto)

Con autorización de Malpaso Ediciones, publicamos un fragmento del libro, Larga distancia, del periodista argentino, Martín Caparrós, que se puede adquirir en librerías de todo el país.

HONG KONG

EL ESPÍRITU DEL CAPITAL

Los periodistas solían hablar del Rolls Royce rosa de la señora Chan, que hacía juego con su armiño rosáceo y su perrito de aguas sonrosadas, o del edificio más alto y bamboleante del planeta o de los siete mil cristales de Murano de la araña de aquel centro comercial —y no terminaban de darse cuenta de que el monumento estaba en otra parte. Lo tenían mucho más cerca, bajo sus narices embebidas en cerveza. Aquí, en el aeropuerto de Hong Kong, los altoparlantes no anuncian los vuelos porque salen tantos que la polución auditiva mataría a los más débiles; cada día, cincuenta mil valientes cruzan el aeropuerto con un dramamine en cada mano antes de despegar rozando las terrazas llenas de ropa de colores. En el bar del aeropuerto de Hong Kong, a la entrada, a mano derecha según se llega de la revisación, hay un menú de bronce: allí, los precios de las cocacolas y sándwiches del bar grabados en el bronce, inscriptos en el bronce por desafiar al tiempo, son un monumento discreto y orgulloso al triunfo del capitalismo más salvaje.

El señor Feng es viejísimo y toca el violín en una explanada de cemento frente a la bahía y las enormes torres. Estamos en la punta de Kowloon, en el extremo del territorio continental de la colonia, frente a la isla de Hong Kong. Son las siete de la mañana, estamos solos, y el señor está rodeado de piedras y de agua, como en la versión hipermoderna de un jardín chino. Los chinos, para parecer más chinos, utilizan los árboles como piedras —para completar sus monumentos— y las piedras como árboles —para adornar jardines.

Pero al señor Feng ya no le importa parecer nada, así que ahora está tocando «Cielito lindo», y los dedos se le escurren de las cuerdas chillonas: el señor Feng toca el violín con demasiados temblores, mira los barcos que decoran la bahía y, después, antes de irse, me cuenta que siempre viene a tocar el violín las madrugadas.

—Antes de la revolución yo era violinista en el Sassoon Hotel de Shanghái; mi turno terminaba a las dos de la mañana y, muchas noches, me contrataban para seguir tocando en alguna fiesta privada hasta más tarde. Eran una maravilla, esas fiestas, con docenas y docenas de mujeres. Yo tocaba y miraba y después, cuando salía, solía irme al Bund a tocar para mí.

En el Bund de Shanghái también había rascacielos, un río muy ancho y ajetreado de barcos y este olor suave de lo que todavía no ha empezado. Hong Kong es Shanghái, cincuenta años más tarde, y el señor Feng es casi una obviedad.

—Después tuve que escaparme y vine aquí y trabajé en una fábrica textil durante quince años, hasta que pude volver a vivir de mi violín. Ahora uno de mis hijos hizo dinero con la ropa y me mantiene. Yo extraño a Shanghái, pero solo por las mañanas. Después, soy de Hong Kong.

Miente: nadie es de Hong Kong, ni siquiera por las tardes. Porque Hong Kong, afortunadamente, no es una patria —ni nada que se le pueda parecer.

Cuando empezó la locura, a principios de los cincuenta, Hong Kong ya era una de las últimas colonias del Imperio, un puerto relativamente libre y próspero donde unos pocos británicos se habían enriquecido con el tráfico de opio y usaban trajes blancos para que no se les notara, y un millón de chinos sudaban amarillo. Los blancos hablaban más de cricket que de negocios, porque era chic, aunque ya hacían más negocios que partidos de cricket, y los chinos sabían que eran chinos y que eso, entonces, era imperdonable.

Fue en esos años cuando empezaron las grandes avalanchas de refugiados de la República Popular: primero los ricos escapados de Shanghái, después los campesinos hambrientos del salto hacia adelante, después los perseguidos por la Revolución Cultural y al final los perseguidos por haber hecho la Revolución Cultural. Fue un poco más tarde, a mediados de los sesenta, cuando empezó la industrialización salvaje, la fiebre de la producción en cada rinconcito. Hong Kong, ahora, tiene casi seis millones de habitantes apretujados en mil kilómetros cuadrados de montañas y costas estrechas, de los que solo cien son habitables. Y tiene, también, el tercer mercado bancario y financiero del mundo, detrás de Nueva York y Londres; produce tanta ropa como Francia, cinco veces más relojes que Suiza y más juguetes que nadie. Son, al año, unos 85.000 millones de dólares en exportaciones, que les permiten tener la más nutrida flota de rolls y el mayor consumo de coñac francés por habitante en todo el mundo. Pero el calor no se dio cuenta y sigue ahí: el coñac se toma con hielo y seven-up, y algún Rolls Royce sale pintado de colores.

En el lobby del hotel Peninsula un botones acaba de retirar ochenta y cuatro años con su palita de peltre repujada, y el aire huele a los mejores días del Imperio. Éramos tan felices, aquellos atardeceres de 1907. Tras los grandes ventanales algún escenógrafo muy kitsch ha diseñado una bahía repleta de sampanes; delante, en los sillones del lobby, en medio de la mejor exhibición de dientes que nadie haya soñado, mujeres que se cruzan de piernas con la gracia de un antílope sordo toman el té con señores que saben librar cheques como quien indulta a un condenado. Arriba hay suites de tres mil dólares por noche que incluyen valet, chofer, rolls y un video con la bendición del dios que el cliente prefiera y aquí, un poco más abajo, un chico del tamaño de un perro de yeso, de blanco y con bonete, reparte movicoms como si fueran hostias. Son siempre así, me explican, enanos y sonrientes: una vez, cuentan, uno se perdió en una alfombra de Bokara. Dicen que todavía lo están buscando, aunque todos sepamos que al cabo de quince minutos lo olvidaron y tomaron a otro, como mandan las reglas: el material humano es lo que abunda.

Abunda, abunda: en el barrio de Mong Kok, unas cuadras al norte, mercados y talleres se apilan para conseguir una densidad de 350.000 personas por kilómetro, pero cualquiera diría que hay por lo menos 360.000. Y abundan también las opciones, porque el mercado es libre: los que descreen de la ostentación y prefieren no alojarse en el Peninsula pueden elegir unos compartimientos muy coquetos, compartidos. Por veinte dólares al mes tienen derecho a la cama de abajo. La cama de abajo está dentro de un cajón de madera de dos de largo por medio metro de ancho y alto. El cajón de abajo es un poco más caro que el de arriba, porque es más fácil trepar hasta él, pero es más barato que el del medio, porque ahí te molestan mucho los que suben y bajan.

—Lo importante es estar aquí, tener alguna chance. No hay que descorazonarse, hay que seguir peleando.

Dice Ho, un cantonés de sesenta años que ocupa un cajón de arriba y ni siquiera va a conseguir el pasaje de vuelta para su cadáver magro e inminente. Muchos de sus compatriotas, en cambio, sacan turno en la congeladora para que, cuando llegue el momento, les guarden los despojos una semana o dos, hasta que se arregle su traslado al pago chico —donde el entierro es entrañable y mucho más barato.

Hong Kong es una maravilla: hay un millón y medio de obreros que trabajan seis días por semana y diez o doce horas por día por setecientos u ochocientos dólares, que aquí no alcanzan para mucho, y agradecen al dios de la fortuna por estar en el lugar preciso, allí donde algún día podrán empezar a soñar con el rolls verde con lunares.

—Lo que caracteriza a quienes vienen a Hong Kong es que quieren convertir sus vidas en algo mejor.

Explica siempre sir David Wilson, el señor gobernador de su majestad graciosa. Estos obreros no se privan de nada: tienen, sin ir más lejos, varios miles de sindicatos. Algunos son más poderosos que el de los cocineros de aletas de tiburón, con sus 67 miembros, o su tradicional rival, el de los cocineros de alas de golondrina, con sus 34, pero en la fragmentación se anulan mutuamente. El año pasado, el promedio de jornadas perdidas por huelga fue de 0,021 por obrero. Hong Kong es la mejor copia de un paraíso que todavía no existe: no hay jubilación ni seguro de desempleo ni horarios de trabajo, y nadie tiene que pagar demasiados impuestos. Sí, de tanto en tanto, alguna multa: la semana pasada se cobraron 483 por tirar basura y 101 por escupir en la calle, porque Hong Kong es tan limpita.

El centro de Hong Kong es como un aeropuerto falso, como si los ricos de la ciudad tuvieran que convencerse siempre de que siempre están por despegar, de que no hay gravedad, de que la partida es una opción continua.

—No se preocupen, mis queridos. Están bien alojados y revestidos, pero pueden decolar en cualquier momento.

Dice el sueño de cualquier émigré. Y en Hong Kong el contacto entre el hombre y el suelo es muy escaso, por si las moscas. En el centro de Hong Kong las personas de bien no caminan por las veredas sino por una red interminable de puentes y galerías que pasan por encima o por debajo de las autopistas, y conectan parkings y edificios infinitos. En esos pasillos al futuro hay negocios lujosos, aire recién importado del ártico, muzak suavemente far east, bares al paso, pisos de mármol, mármoles falsos, mármoles verdaderos que parecen falsos, whiskerías que prometen los famosos cubitos de la Antártida y vidrios limpísimos para chequear de tanto en tanto que el mundo siga andando —allá lejos, afuera. El flujo no para nunca, de gente semejante: todos se visten imitación Armani o Kenzo, salvo unos pocos que se visten Kenzo o Armani, y huelen a delicias olvidables. Por los pasillos pasan increíbles mujeres amarillas con cuerpos italianos vestidos de París que se ponen medias blancas porque las rodillas de sus jefas rubias de ojos celestes ya están hartas del color local, y pasan aprendices de ejecutivos agresivos que algún día serán rubios ojos celestes de tanto luchar contra la rebeldía de su pelo ala de cuervo y pasan, detrás, todos los que quieren parecerse a los que acaban de pasar. Aquí todo pretende parecerse. Aquí todo es falso con esa falsedad espléndida que resulta vanguardia: seguramente dentro de unos años las cinco o seis ciudades que queden en el mundo serán como estos pasadizos. Es maravilloso: no hay donde sentarse en kilómetros a la redonda pero uno puede deambular horas y horas sin tocar nunca el suelo, sin exponerse, saltando de rama en rama y recogiendo aquí una fruta, allá una hoja, una hembra acullá. Alguien festeja con sonidos guturales.

—¡Keyyyy, buyyy, yyyyea!

Dice el sueño de cualquier mono que se precie. Por encima de los pasillos hay toneladas y toneladas de edificación esplendorosa. En el centro de Hong Kong los grandes edificios de las corporaciones suelen medir unos sesenta pisos, costar mil millones de dólares y mostrar todas las variantes de la estética contemporánea. Pero el técnico más importante no es el arquitecto sino el feng shui, el adivino tradicional chino que tiene que aprobar el lugar y los planos. En el edificio hipermoderno del Honk Kong & Shanghai Bank, el banco más importante de la colonia, las oficinas de los grandes ejecutivos no miran al bellísimo río de las Perlas sino a la pared verdosa de la montaña, un paisaje pobrecito que les permite recibir sin interferencias las emanaciones del Espíritu de la Tierra. Hubo tiempos en que los que hacían monumentos, los que proponían estéticas, eran los emperadores, después los reyes, los nobles o la iglesia. Después fueron los Estados: ahora son las corporaciones las que ocupan el espacio. El que pasea por las ruinas egipcias tiene la impresión de que en aquellos años solo existían los faraones. Alguien paseará, mañana, por las ruinas de Hong Kong y sabrá que la ciudad más moderna del mundo pertenecía a unos hombres sin nombre.

Los pasillos, está claro, son infinitos; cuando se acaban, más allá, abajo, casi escondida, aparece una versión más calurosa y pobre de lo mismo. También es infinita. En esos barrios chinos de Hong Kong hay chinos con Winchester que custodian negocios que no parecen necesitar custodia, putas vestidas de china de opereta con sedas y tajos y un movicom rosa chillón, mendigos horripilantes que te ofrecen las llagas más perversas porque en la economía mercantil cada cual tiene que rentabilizar lo que Dios le sirvió. Allí, entre los carteles luminosos más guarangos del mundo, el populacho chino en shorts y chancletas escupe en cantonés, desuella patos vivos con unos cuchillitos muy coquetos, regatea cada minuto de su vida y se deja los días persiguiendo el gran sueño del rolls para ir a la pagoda los domingos. De pronto, un lifting de ocasión se cae de golpe, desatando una tormenta de pellejo en las costas del mar de la China, pero el incidente se olvida enseguida porque nadie está para perder el tiempo.

—¡La oreja, se me perdió esa oreja!

—Yo puedo decirle quién la tiene, pero quiero saber qué hay para mí.

—Yo puedo hacerle una copia inmejorable.

En estas calles es casi imposible caminar pero se puede comprar todo lo que en el mundo se puede comprar, desde las serpientes vivas necesarias para hacer la sopa de las cinco serpientes hasta un correcto helicóptero de combate, pasando por el mejor vino francés, la peor porcelana Ming, el último video o las trenzas de mi china. Dicen, incluso, que hay avances muy serios y que ya están por anunciar la invención de la tele en blanco y negro. En una joyería sin grandes pretensiones venden rolex de veinte mil dólares como si solo el tiempo fuera oro, pero aquí nadie robaría un rolex porque todos saben que son siempre falsos. Todo es falso, con esa falsedad que se exporta tan bien: en un puesto callejero, un casete que dice ser de Sinatra suena como si el indio Gasparino cantara La traviata, en otro se ofrecen remeras Lacoste falsas o Crocodile auténticas y hay copias de Cartier que valen casi tanto como un Cartier porque son mucho más Cartier que los originales.

Cada tanto se ve algún blanco con cara de pobre pero son pocos, porque los blancos son pocos, no más del dos por ciento, y la mayoría son funcionarios coloniales o empresarios y viven en suburbios como Repulse Bay, en enormes rascacielos frente al mar que incluyen playas recoletas y atardeceres inolvidables que se pueden contratar por un máximo de veinticuatro horas, mínimo de media. Los domingos se los suele ver disfrazados de californianos con tablas y colores flúo, chinas de colección y una barba de tres días, ensayando muecas de desprecio frente al espejito del beeme. Tratan de imitar a los realmente ricos, los que tienen tanto dinero como para no aparecer y encerrarse a edificar sobre sí mismos los mitos más caprichosos. Pero viven con el dolor de la derrota. En el barrio casi no se los ve aunque, de vez en cuando, el escape de un Jaguar que huele a Poisson falso los delata.

En el barrio, las colegialas portan zoquetes blancos, que quedan tan british sobre las piernas zambas; los colegiales, sus anteojos negros. En estos barrios industriosos hay chinos que llevan oros o camisetas viejas, según sean, y muchas veces los roles se intercambian. Los barrios chinos son como si el Once fuera un sea monkey que se cayó en el caldero de Astérix: calles y calles de edificios altos y grises que se enroscan entre la montaña y el mar, gastados, erizados de carteles y ropa tendida. Hong Kong es una ciudad vertical, donde el edificio más bajo tiene cinco o seis pisos y los normales veinte, donde la única tierra llana desocupada que se ve es el mar. Allí, en cada cuarto, además de dormir, alguien fabrica algo, comercia, industria. En esos edificios los pasillos estrechos huelen a rayos y se oye el ruido de las máquinas de coser o de los tornos de precisión, los gritos del pop star local, el golpeteo del ábaco o el silencio de las computadoras. Debe ser maravilloso tener la decisión de estos cantoneses: no dudar, saber para qué diablos es la vida. Hay países que venden tecnología, máquinas, salchichas, un estilo. Hong Kong no, Hong Kong es más astuta que todo eso: Hong Kong vende obstinación, la prueba constante de que hay que tener solo una idea y no hacerse preguntas.

Aquí todos saben de qué color es el triunfo. El año pasado se calculó que dos de cada cinco chicos reprobados en los exámenes de la escuela primaria consideraron la posibilidad del suicidio. Varios se decidieron: todos saben que el camino al éxito pasa por algún aprendizaje de las técnicas y de la seducción. El éxito es solo uno; pocos lo encuentran, pero nadie ignora qué debe buscar. En el South China Morning Post un aviso propone cirugía plástica para hombres, «para que mejoren sus negocios: usted lucirá tan confiado en sí mismo que nadie podrá dejar de confiar en usted». Los avisos de la tele hablan mucho de la pasión, pero la pasión siempre tiene como objeto un objeto: un rey vestido de chino pero muy occidental despide a sus súbditos con aspavientos porque no le traen otro chocolate Lindt:

—Un chocolate pasional.

Dice un locutor en inglés Oxford. Un galán italianísimo corre a la mujer que lo abandona por las calles de Roma. La alcanza ya de madrugada, pero ella no le importa: lo único que quiere es que le devuelva su foulard Bolleri.

—La vida hay que vivirla con pasión.

Dice otro locutor, que parece el mismo. Alguna vez, en alguna calle lateral, alguien levantará su monumento al genio que inventó la forma de aprovechar la lógica del inmigrante y convencer a todos estos de que con astucia y esfuerzo podían llegar a tocar el cielo con los muñones, y que ese cielo tiene una etiqueta en el orillo: es probable que sea un americano sonriente o un argentino que se equivocó.

En las calles de Hong Kong, en cualquier calle de Hong Kong, en todas, docenas de chinos hablan por movicoms para que nadie piense que no son indispensables. En Hong Kong hay más movicoms por cabeza que en cualquier otro sumidero del planeta, incluido el Florida Garden.

Pero ahora se empieza a rumorear que muchos de esos teléfonos son falsos, solo capaces de simular que suenan con una regularidad establecida de antemano o, en caso de urgencia, apretando un botón. Hay que conocerlos: cada cual ofrece un diálogo grabado y convencional: una secretaria que pregunta si hay que vender acciones de Cathay Pacific, un socio que avisa que llegó sin novedad a Londres, un concejal pidiendo una cita, una esposa pidiendo un visón, una amante pidiendo un visón. Se los distingue de los contadísimos aparatos verdaderos porque hablan demasiado alto, pero también eso se está corrigiendo. Los más avanzados tienen, incluso, todas las opciones y un selector. Todo el arte está en no equivocarse de botón.

—No, querida, no me dejes justo ahora que estamos por comprarnos el Melcedes.

—Comprátelo con esa.

—Pero ¿cómo puedo explicarte que era todo falso?

No lo parecen, a veces no lo parecen porque no se sienten obligados a sonreírte con la sonrisa mongui mientras te clavan el puñalito justo al lado del esternón, pero deben ser chinos porque ahora, en esta plaza de hormigón armado de quince por quince, tres hombres enseñan a volar y a cantar a un par de pajaritos de colores. Los pajaritos solo quieren volver a su jaula de madera y el dueño, claramente ofuscado, se encarniza con el verde: lo agarra con una mano y corre, aleteando, como quien predica con el ejemplo. Pero el pájaro también es chino, la mano le parece muy bien y no la abandona. Son chinos: dentro de cinco años, ya no tendrán más chances de abandonar la mano.

El contrato de cesión por un siglo que logró Inglaterra en su edad de oro está por terminar: el 1 de julio de 1997 Hong Kong volverá a jurisdicción china. En realidad, Hong Kong siempre fue, de alguna manera, jurisdicción china.

Hong Kong es, entre otras cosas, el lugar que China inventó para mantener el intercambio con el mundo capitalista. Sesenta mil millones de dólares de exportaciones chinas pasan todos los años por Hong Kong —que es, además, su principal cliente. Cada año, por ejemplo, Hong Kong importa tres millones de chanchos chinos. Los suelen traer de a uno, o de a pocos, lo cual le quita mucho morbo a la cuestión, pero es solo una parte menor: la mitad del agua que se bebe en Hong Kong también es republicana y popular, y la electricidad, y todo el resto. China siempre pudo, con solo cerrar un par de llaves, ahogar a Hong Kong en su propia brillantina. O condenarlo a la cirrosis: el año pasado, en un hospital chino cerca de la fontera con Hong Kong, se descubrió que dos mil ricos de la colonia se habían hecho transplantar riñones de condenados a muerte y presos de perpetua.

Aunque no son solo los negocios exteriores: en el riñón del sistema, en las grandes oficinas del piso 65 del edificio más alto de la ciudad —el Bank of China—, entre nubes espesas y alfombras como nubes, los banqueros de la hoz y el martillo sostienen la cotización del dólar o hunden unas acciones a golpes de teléfono, en el mejor estilo Wall Street. Se dice, también, que el Bank es el principal propietario de inmuebles en la ciudad.

—No creo que los chinos cambien las reglas. China no necesita otros mil kilómetros cuadrados con seis millones de personas más viviendo como su propia gente. Si convirtieran a Hong Kong en una parte de China como las otras, ¿qué ganarían? ¿Qué cree que quieren los de Pekín: un centro internacional que funcione como fuente de inversiones y experiencia o una ciudad más?

Dice John Chan, secretario de Industria y Comercio de la colonia, en un inglés más Oxford aún que su camisa. Y repite la pregunta.

—Esa es la pregunta: ¿qué cree que quieren los de Pekín?

Los de Pekín lo dicen todo el tiempo: van a instalar un modelo que ya llaman, con su amor por las frases de mármol, «un país, dos sistemas». Es decir, dependencia administrativa pero autonomía económica.

—Nosotros practicamos nuestro socialismo, ustedes practican su capitalismo.

Dijo hace unos meses el secretario general del Partido Comunista Chino, Jiang Zemin.

Y, en realidad, los dos sistemas ya están en marcha en las cinco Zonas Económicas Especiales de las regiones costeras chinas. Entre ellas Shezhen, vecina de Hong Kong, donde los modos capitalistas de producción y la libertad de empresa dan resultados económicos bastante impresionantes, donde los inversores de Hong Kong emplean en sus fábricas a tres millones de chinos. Pero no todo está tan claro y Pekín menos que nada, porque Pekín podría cambiar de política en cualquier momento y quién podría impedírselo.

Para llegar al altar de Wong Tai Sin, el dios de la Fortuna, hay que pasar a través de un centenar de puestitos que venden faroles y colgantes en dorado y rojo y parvas y parvas de barritas de incienso.

—¡Compre! ¡Compre! Si no le regala algo, Wong no le va a regalar nada.

En la economía de mercado las relaciones con los dioses también están muy claras. Metros más allá, frente al altar, los fieles queman sus inciensos a manojos después de sacudirlos a ritmo de calipso mientras se arrodillan y cabecean el suelo con denuedo. Otros le dejan al dios gordinflón y perezoso unas manzanas o un trozo de pato hervido con reverencias cortitas repetidas. Una vieja se pelea a los gritos con su radio portátil, familias se sacan la foto con la brasa del incienso en la mano y el dios los mira con una sonrisa que pretende ser desdeñosa, aunque todos saben que va a tener que trabajar como el mejor si quiere seguir ganándose su incienso o sus manzanas.

Los adivinos, en cambio, cobran en dinero. Hace unos meses, el inventor de la pomada del Tigre les regaló una coqueta galería a la salida del templo donde cada uno tiene un cubículo muy limpito y lleno de figuras y dibujos propiciatorios. Los adivinos usan camisa, corbata y gemelos de latón dorado, y uno me dice que las consultas suelen ser por dinero y salud pero que, últimamente, muchos preguntan cómo les irá en su nuevo país.

—Otros me preguntan cuál debe ser ese nuevo país, adónde irse.

Se calcula que este año unos cien mil fulanos habrán dejado Hong Kong. El ritmo no paró de crecer desde que se firmó el tratado de devolución de la colonia: los cuadros medios, ingenieros, profesionales y otros intentan huir del fantasma del apocalipsis rojo instalándose en Canadá o Australia. Estados Unidos es demasiado selectivo para las visas, e Inglaterra no los reconoce como ciudadanos: ellos también son kelpers.

The Emigrant es un mensuario en inglés y chino que tira 25.000 ejemplares llenos de artículos y avisos sobre agencias de viajes, mudadoras, consejeros en emigración y destinos más o menos insólitos, como Belice, cuyo consulado vendía la nacionalidad por solo 4.000 dólares, mucho más barato que Singapur, que pide 100.000.

Chi, colaborador de la revista, dice que él no va a emigrar por ahora, que lo que quiere es tener un pasaporte que lo tranquilice, y que por eso se casó tan raro:

—Fue a fines del 90, como lo veníamos pensando desde hace años. Hicimos toda la ceremonia tradicional, con varios banquetes y mucho cambio de trajes, pero no nos casamos legalmente.

Chi se para, espera mi desconcierto. Debo ser cortés.

—¿Por qué?

—Porque el hermano de mi mujer está en Canadá. Él puede conseguir visa para sus padres, y los padres para su hija soltera. Si estuviera casada, no podrían.

En 1990, por las mismas razones, la tasa de natalidad llegó a su mínimo histórico. Los chinos han conseguido en Hong Kong lo que no logran en su país. Y muchas familias se dividen: la madre y los chicos se van, digamos, a Canadá, para ir acumulando los años necesarios para la residencia, y el padre se queda en Hong Kong, ganando dinero para todos. A ellos les dicen «astronautas», que en cantonés suena muy parecido a «sin la esposa». Ellas, en cambio, tienen una calle en Vancouver que llaman «la calle de las viudas».

La sombra del apocalipsis está por todas partes. El gobierno de su majestad organizó hace tres meses las primeras elecciones de la historia de la colonia, como para sentar un precedente trucho. Aquí todos estaban acostumbrados a dejar que los gobernaran, así nadie ocupaba en tonterías el tiempo precioso de los negocios o el trabajo. Se eligieron dieciséis diputados a un consejo consultivo que tiene otros cuarenta designados a dedo por el gobernador y las grandes corporaciones, y solo votaron ochocientos mil de los seis millones, pero ahora nadie podrá decir que la administración británica no favoreció la democracia. La canción rockera de más éxito últimamente se llama «1997» y el exilio es un tema constante entre cierta gente: el cincuenta por ciento del personal calificado declaró su voluntad de emigrar antes del día CH. Solo los más pobres se resignan a quedarse aunque, del otro lado, también las grandes compañías han superado el pánico y siguen invirtiendo: ahora enfrentan, junto con los chinos, un problema mayor: cómo hacer para no quedarse vacíos de cerebros.

Mientras tanto, en unos campos alambrados al fondo del territorio de Hong Kong, unos sesenta mil vietnamitas escapados de su país en botes y balsas, los boat people esperan encerrados durante años un status de refugiado que solo consigue el diez por ciento. Nueve de cada diez habitantes de Hong Kong dicen que hay que mandarlos de vuelta a su país, y en estos días han empezado a salir los primeros aviones. Por suerte, los ingleses de Inglaterra tienen ideas semejantes: el 65 por ciento está en contra de que se otorgue a los kelpers de Hong Kong la ciudadanía británica y el derecho a residir en la madre patria.

Pero ahora está cayendo el sol, y hay mucha más gente en la explanada de cemento frente a la bahía y las enormes torres. Un inglés rubio y un chino flaco comen de la misma brochette de pescado mirándose a los ojos. Tres hindúes trenzan y destrenzan sus turbantes de colores pastel con la habilidad de quien no tiene por qué hacerlo. Hordas de japoneses se retratan los unos a los otros y el primero en sacar deslumbra a su rival en el duelo de flashes. Si John Wayne viviera usaría una Kawasaki para llegar a su mesa de dinero en un piso ochenta y cinco y un rickshaw para pasear con su pequeño amante tailandés. Si Hong Kong no existiera sería el mejor cómic del planeta. Los enamorados jovencitos se escapan hasta la punta del paseo y allí se quedan abrazados, casi inmóviles, sin besarse, soñando con la grandeza. Enfrente, la isla de Hong Kong les muestra tantos edificios de millones de luces que nadie nunca podría tener más. Pero eso es lo bueno de ser enamorado, y jovencito, y tener una idea sola.

—Cuando seas mía todas esas lucecitas te van a parecer pocas.

—Cuando sea tuya no me van a importar nada las lucecitas.

—Al contrario, mi vida.

Los enamorados jovencitos no se besan pero se prometen futuros, un futuro, siempre el mismo. Tienen delante todas las luces del mundo. Detrás, a sus espaldas, la China no precisa brillos.

1992

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