LA TECNOLOGIA RESPIRA

La tecnología respira (Adelanto)

Con autorización de Editorial Salto de Página, compartimos el cuento Triste pesca del calamar en seco, del escritor español, Miguel Garrido de Vega, que forma parte de La tecnología respira, compilado de finalistas del III concurso de relatos Homocrisis, y que ya se puede adquirir en tiendas de nuestro país.

Triste pesca del calamar en seco

Miguel Garrido de Vega

Miguel Garrido de Vega (O Barco de Valdeorras, 1989) es un escritor y abogado gallego. Ha vivido en Valladolid y en Barcelona, aunque actualmente reside en Madrid y es alumno de Juan Jacinto Muñoz Rengel en los Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja desde el año 2015. Sus relatos breves se han publicado en las antologías colectivas Popular Stories Library nº 4: el amor está en el monstruo (Pulpture, 2017), Cuéntamelo otra vez (Pulpture, 2017), Entre penumbras (Donbuk, 2017) y Quijotadas (Ojos Verdes Ediciones, 2016). Además, su relato Vuelta al Palacio del Tiempo fue elegido segunda obra finalista del VI Concurso de Relatos Breves (2016) organizado por Eurostars Hoteles, y su microrrelato Extraño descubrimiento fue elegido finalista del VIII Concurso de Microrrelatos Ejemplares (2016) organizado por las Bibliotecas Públicas de Madrid en honor a Miguel de Cervantes.

«Olvidamos que el ciclo del agua y de la vida son uno mismo.»

 Jaques-Yves Cousteau

En la sala de espera del doctor Velrubio todos los cuadros tenían motivos marinos.

Cuando Javier tomó asiento en la butaca junto a la puerta, bajo el climatizador, volvió a fijarse en las fastuosas goletas inglesas de principios del xviii, seguramente pintadas por el también británico William Turner. Por la forma de virar hacia el sol en el horizonte, por la espesa y desconocida niebla que en nada se asemejaba a la europea, por la textura del aire que rozaba las velas, las naves parecían haber desdeñado los requiebros políticos con los que bullía el caldo del Atlántico de aquel entonces; las jugosas aguas pacíficas y sus tesoros soñados esperaban ansiosos. También había tremendas naumaquias reproducidas con perfección para deleite de todos los pacientes, espuma que se arremolinaba en cubierta, crujir de largos tablones, esquirlas de madera que saltaban tras el impacto de cien bolas de cañón, diminutos monigotes sin rostro que pedían a gritos salvar sus vidas. En otra composición, era la balsa de la Medusa la que salía a flote en mitad de un mar gris y tempestuoso, y mientras que algunos de sus pobladores habían muerto y otros se habían rendido, quedaban quienes también intentaban hacerse oír por encima de las olas. Parecía que Géricault no había querido darles a todos la misma libertad.

Sin embargo, de entre todas las obras que adornaban las paredes tapizadas en un riguroso verde oscuro de esta clínica a la que Javier acudía con regularidad semanal, había una, sólo una, que llamaba su atención de forma poderosa: ésa en la que un inmenso cefalópodo, tan grande como el Titanic o el Lusitania, emergía de las profundidades nocturnas, golpeaba con su cabeza el casco de un viejo y solitario galeón español y abría sus mandíbulas anticipando un final más que sangriento para los pasajeros. ¿A quién podría habérsele ocurrido semejante locura?, se preguntaba Javier cada vez que lo veía. El autor no lo había firmado en ningún lugar visible. No era una imagen que un médico al uso quisiera recomendar a sus enfermos. De eso estaba seguro. Bastaba con fijarse en la visión abominable de la bestia que no atendía a razones, que trituraría el barco sin remedio sólo por saciar una necesidad primaria, un vestigio rudo que requería de toda su fuerza vital para lograr una sola cosa: alimentarse. ¿Por qué entonces el doctor Velrubio lo mantenía allí, bien alto y a la vista de todos? ¿No se suponía que la antesala de una consulta psiquiátrica debía ser un lugar de paz mental y sosiego? Claro, que también cabía la posibilidad de que fuese la mejor manera, quizás la única, de recordarle a todos cuantos allí pusiesen sus pies que la humanidad se estaba desecando a velocidad de vértigo, que se calculaba que apenas existían ya varios millones de litros de agua pura y que, si, alguna vez esos desdichados supervivientes pudieron soñar con un calamar gigante, ya fuera en los menguantes mares del globo terráqueo o bien troceado en su plato, ese cuadro anónimo sería lo más cerca que se encontrarían de uno.

—¿Javier? —le llamó una voz suave por el interfono—. Ya puede pasar.

Y el doctor Velrubio, que, como buen argentino, era un hombre obsequioso, se aseguraba de abrir la puerta personalmente y acompañar a todas las visitas desde que cruzaban el umbral.

—¡Está usted sudando horrores! —interpeló el psiquiatra a Javier posando una mano en su hombro—. ¿Cómo no me ha dicho nada antes? Pensaba que el aire acondicionado funcionaba, pero veo que no es el caso. Mandaré que lo hagan revisar, no es cuestión de achicharrar a nadie.

—¡No se preocupe! —contestó Javier alzando las manos—. Debe de ser cosa mía. Ya sabe que soy caluroso y nunca acierto vistiendo.

—¡Por favor! ¡Insisto! Permítame que tenga esta deferencia, ya sabe usted que la satisfacción de mis pacientes es una prioridad.

Ambos tomaron asiento en la sala oval donde el doctor llevaba a cabo sus sesiones, y en la que no sólo había un diván reclinatorio, un quinqué de imitación y una caja de pañuelos, sino también una cápsula oblonga y metalizada de la que sobresalían conexiones, un armario lleno de botes de pastillas y ungüentos e incluso una foto satélite del nuevo mapamundi, en el que se representaba cómo había quedado el planeta tras la última gran sequía. Hasta Gus, el gato del doctor, había salido de su escondite y se paseaba perezoso por entre los pies del paciente para darle la bienvenida.

—Muy bien, Javier, cuénteme —comenzó Velrubio—: ¿cómo ha ido la semana?

—Bien, bien, sin duda. La verdad es que no me puedo quejar —asintió Javier con la cabeza—. Ya sabe. Trabajando mucho, siguiendo la prensa, leyendo… Lo habitual.

—Eso son noticias mejores que buenas. —Velrubio sonrió juntando las manos—. Recuerde la de veces que hemos comentado que tenemos que potenciar las situaciones comunes para que la terapia tenga efecto.

—Soy consciente, sí.

—Magnífico, amigo Javier, magnífico. Pues, ya que es así, sería conveniente hablar de la dosis de somníferos. Quizás, sería buena idea ir reduciéndola y así…

—Doctor, antes de que continúe. ¿Ha tenido usted ocasión de pensar en lo que hablamos en nuestra última cita?

En ese momento, Velrubio cambió la expresión y clavó la vista en la lámpara de sal sobre el escritorio antes de suspirar.

—Mire, Javier. Lo que me pide no es cosa sencilla —el psiquiatra chasqueó la lengua con disgusto.

—Ya lo sé. Pero, si existe la posibilidad, podríamos probar.

—Yo nunca dije que existiese la posibilidad —negó Velrubio con un balanceo de barbilla.

—Pero doctor… —suplicó Javier apoyando las palmas sobre la mesa.

—No, amigo mío. La psicoinmersión no es un juego. Mucho me temo que es, más bien, al revés: se trata de una tecnología experimental, muy experimental. Tan experimental que ha habido fallos. Y que, como ya sabe usted, sólo está indicada para casos muy severos de desadaptación.

—¿Es por el dinero? —Javier siguió haciendo oídos sordos—. No puede ser por el dinero. Sabe de sobra que puedo pagarlo. Éste y cualquier otro tratamiento.

—No es eso.

—¿Entonces?

—Tiene que escucharme: no puedo probar algo tan arriesgado en un paciente de sus características.

Javier echó la silla hacia atrás con brusquedad y se irguió sobre la mesa para enfocar de cerca a Velrubio. Gus salió disparado y maullando de vuelta a su cubil, pero el doctor estaba paralizado. Ni siquiera él mismo sabía si por lo tenso de la situación o por la determinación de ambos.

—¿De mis características? —gritó Javier.

—Le ruego que se calme. Esta actitud no le hace ningún bien.

—¡Míreme a la cara! ¡Míreme y dígame qué ve!

Desde sus gafas ovaladas, Velrubio veía a un hombre anciano y muy delgado. Sus ojeras oscuras señalaban el camino hacia unos ojos de un verde acuífero y melancólico. La barba blanca, el traje gris de cuyas mangas colgaban varios hilos sueltos, los zapatos gastados y la camisa a rayas daban fe de que Javier era un tipo chapado a la antigua. Y, sobre todo, Velrubio veía a un hombre cansado, lo bastante cansado como para hacer peligrar su vida por un capricho.

—Javier, sea razonable. Es usted demasiado… mayor. Ni siquiera está acostumbrado a la actividad física intensa, que debería ser el paso previo a cualquier terapia de actuación radical sobre la mente de una persona.

—¡No necesito acostumbrarme a nada para esto! —chilló Javier mientras señalaba la cámara metalizada en un lateral de la sala—. ¡Sólo le estoy pidiendo que lo haga una vez! ¡Una sola vez!

Velrubio se quitó las gafas, se pasó la mano por la calva y devolvió la mirada con resolución a su airado paciente.

—Ha dejado usted de sudar, Javier —le espetó.

—¿Cómo dice?

—Su conflicto con la temperatura. Pensaba que tenía que ver con la instalación de la consulta, pero me equivocaba: mi aparato funciona perfectamente. De hecho, si no fuera por estos cacharros maravillosos, ya nos habríamos extinguido hace años.

—¿Y qué importa eso ahora? ¡Le pido que acepte mi dinero y que me trate!

—Oh. Pues importa mucho, señor mío. Significa, para empezar, que todos somos, de arriba abajo, de pies a cabeza, y, esencialmente, agua. Y que el agua sobrevive mientras haya aire que la enfríe. Aunque sea gracias a la tecnología, sí. Pero respiramos. ¿Le parece poca cosa?

—¡No me venga con historias de sudar y de aires artificiales! ¿Y a usted qué? ¿Más de la mitad de la población mundial desaparecida en veinticinco años le parece poca?

El doctor Velrubio volvió a ponerse las gafas y cerró la boca. No se esperaba aquella respuesta. Luego, se pasó el dorso de la mano por la frente e intentó no reparar demasiado en el hecho de que él mismo, que se consideraba un tipo estudiado y que no había sido criado en el alarmismo, consumía agua embotellada de contrabando desde hacía tiempo. Carraspeó antes de preguntarle al paciente:

—¿Qué quiere lograr con todo esto?

—Creo que está claro —contestó Javier dejándose caer sobre la silla de nuevo—. Ambos sabemos que no me queda mucho tiempo.

—Javier —Velrubio cerró los ojos y ralentizó la voz—. No quiero sonar irrespetuoso, pero ya sabe que se puede mejorar mucho su calidad de vida a través de los químicos. Lo más probable es que incluso consiga alargarla unos años más.

—Calidad de vida… No lo está entendiendo, doctor —negó Javier con contundencia—. ¿Se ha fijado en ese mapa que tiene ahí detrás? ¿Ha visto lo que le ha pasado a la Tierra desde la última sequía? ¿Y se imagina lo que le va a pasar de aquí a no mucho? Porque yo sí que me lo imagino. Sólo temperaturas infernales, arena y piedras. Y le diré una cosa: no quiero unos pulmones de adorno conectados a una máquina. No quiero no poder beber un vaso de agua si tengo sed y no quiero ver cómo los mares terminan de convertirse en secarrales. Nos estamos muriendo, doctor. Pero, esta vez, seremos todos nosotros, no sólo algunos. Primero fueron los polos, luego los océanos, y pronto serán los mares. También los bosques. Y entonces…, entonces…

Velrubio miró intranquilo a su paciente. Aunque Javier podía exagerar su discurso, le daba un barniz apocalíptico o incluso se ponía violento, sus palabras no eran sólo las de un viejo a las puertas de la muerte. El doctor extendió la mano para intentar calmar a su interlocutor, pero, en cuanto se acercó, Javier empezó a llorar.

—Se lo pido por favor —sollozó—. Sólo quiero volver a verlo una vez. Una sola vez, por favor.

Al doctor le atacaron las dudas teóricas, le asaltaron preguntas que parecían tener una sola respuesta y que habían encaminado la sesión hacia un solo resultado.

—Está bien —sentenció Velrubio.

A la semana siguiente, Javier se presentó en la clínica a la misma hora de siempre, pero con una actitud muy distinta: parecía calmado, sereno. Incluso en paz consigo mismo. Velrubio, en cambio, llevaba días preparando la intervención y era un manojo de nervios. Nunca hasta entonces había practicado una prueba de ese calibre, con un voltaje tan alto y tan pocas probabilidades de éxito.

—Necesito que firme esto. —El doctor encendió la grabadora y le tendió a Javier la tableta con el documento de descarga de responsabilidades.— Puede leerlo todo ahí, aunque estoy obligado a contárselo en persona: la psicoinmersión es un tratamiento tecnológico que se basa en los recuerdos del paciente para reconciliar hechos traumáticos del pasado con sensaciones o pautas de actuación del presente. Debe saber que…

—No hace falta que me diga más. Estoy de acuerdo con todo —le interrumpió Javier sonriendo mientras firmaba el documento.

El doctor se estremeció. Dudaba que a aquel loco le importase demasiado que el tratamiento fuera altamente invasivo, que estuviera en fase experimental y que pudiera producir secuelas físicas y psicológicas. Incluso la muerte. Y, en casos extremos, destinos peores que la muerte.

—Una última cosa —advirtió el doctor—: ha sido usted, voluntariamente, quien ha solicitado este tratamiento de psicoinmersión. Manifiesta que no desea modificar ninguna conducta o sensación del presente y que sólo pretende acceder con especial viveza a un recuerdo del pasado. Así que, habiéndole yo advertido de los riesgos, me exime de responsabilidad por lo que pueda ocurrir durante la prueba.

—Sí, así es.

Velrubio sintió un escalofrío. No alcanzaba a comprender como un ser tan frágil, que sabía bien lo que podía ocurrir si algo nimio no salía según lo esperado, podía estar tan tranquilo.

—Bien —indicó el doctor mientras se levantaba de la silla y alzaba las cejas—, pues parece que llegó el momento.

Durante la media hora que siguió, Javier se despojó de la americana y del reloj, se quitó los zapatos y se acomodó en el interior acolchado de la alargada cápsula de metal mientras Velrubio ataba correas, comprobaba su posición e iba pegándole una a una las ventosas de conexión sináptica en la cabeza. Una vez hubo terminado, Javier comenzó a ensayar una suerte de movimientos largos de inspiración y expiración con los ojos cerrados. Sentado frente al cabecero del tubo, el doctor situó las dos agujas junto a las sienes del paciente y carraspeó.

—A partir de ahora, tiene que seguir al pie de la letra todo lo que le pida. ¿De acuerdo?

Javier se inventó un leve gesto con la barbilla en señal de asentimiento.

—Lo primero que debe hacer es concentrarse en su recuerdo —el doctor susurraba despacio cada palabra cerca de la oreja de su paciente—. Piense en qué lugar exacto ocurrió, quién estaba con usted, durante cuánto tiempo, qué sonidos había. Si hacía sol o soplaba el viento. Si había animales, el olor que le viene a las fosas nasales, etc. En realidad, cuanta más información sea capaz de recuperar durante esta fase, más fácil debería resultar la psicoinmersión.

El mentón de Javier subió y bajó de nuevo sin mostrar ni un asomo de nerviosismo.

—Pero vamos a adentrarnos en su subconsciente y eso siempre es peligroso. Tenga cuidado con no alterar demasiado las imágenes y con las emociones demasiado nítidas. Pueden ser fatales. Por último, recuerde bien: la palabra de seguridad será viaje de vuelta.

Y, sin previo aviso, Velrubio apretó las dos agujas contra las sienes del paciente. Javier se agitó al notar como le perforaban la piel y un hilillo de sangre afloraba por cada lado. Lo siguiente que identificó fue líquido, mucho líquido y muy frío inundándole la cabeza desde dentro.

Después, vino la mente.

A tu abuelo siempre le gusta hacerte lo mismo: esconderse entre los almacenajes del puerto para mear y darte un buen susto cuando empiezas a buscarle. Al principio, te ríes cuando lo encuentras, pero, de repente, empiezas a llorar por la impresión y le llamas tonto. Luego, él ríe y los dos os abrazáis. ¿Cómo no vas a estar alterado? ¡Te ha dejado solo! ¡A un niño de siete años! Aunque, de todos modos, algo por dentro te convence de que no es para tanto. A tu madre no le gusta nada que te lo haga, porque dice que un día va a pasar algo. Sin embargo, a ti te divierte y a él también. Así que, ¿qué importa el resto?

Camináis despacio por el muelle abandonado, su brazo en tu hombro, vuestra mirada en el horizonte. Se ha hecho tarde y el sol es casi rojo, cálido, pero no ardiente, aunque siempre lo es cuando él te trae aquí. El abuelo dice que este sitio es secreto, porque es la única parte de la ciudad a la que parece no haber llegado el cemento: alejada del centro, hecha a base de piedra y con agua sin contaminar. De hecho, la pequeña bahía artificial comunica directamente con el mar abierto a través del espigón de rocas en el que os internáis. El graznido de cientos de gaviotas, que suelen acampar en la playa pasadas las siete de la tarde en busca de restos traídos por las mareas, os envuelve y os hace sentir preparados para echar el vuelo. Veis que las luces de la ciudad empiezan a encenderse, diminutas y brillantes como una ristra de bombillas navideñas, y les dais la espalda en vuestro paseo. Y entonces, cuando llegáis al final del espigón, cuando estáis todo lo lejos que alguien a pie puede marcharse del mundo civilizado, os sentáis justo en el borde y veis las olas limpias saltar contra vuestros pies.

El abuelo, con su piel morena y su calva brillante y segura, se mesa el bigote y achica las cejas mientras enfoca sus ojos oscuros hacia el mar. Luego, como siempre, te pregunta si tienes hambre. Y tú respondes, también como siempre, que sí, que estás muerto de hambre. Entonces, saca la cesta de aparejos y prepara la caña. Por alguna extraña razón, esta ría está llena de luras, como él las llama, pero si se tiene paciencia se pueden encontrar auténticos calamares e incluso algún cachón, el ejemplar de sepia más grande de todo el Cantábrico. El abuelo tiene paciencia y tú no piensas moverte de su lado.

Cuando el sedal salta hasta tocar la superficie, la mosca va hundiéndose entre los vaivenes, y tú crees distinguir una infinidad de parejas de ojillos plateados que se multiplican bajo las aguas. Son ojos de muchos, que miran como si fueran uno solo, que tienen una misma presa, que se mueven en grupo, que siempre están ahí, que no saben de penas. Asoman los tentáculos y pegan pequeños brincos. Y eso a ti te alegra. Porque las tardes como ésa son para estar contento, porque hoy comerás bocadillo de calamares y porque no te gusta ver al abuelo triste. Si el abuelo está triste, las cenas son silenciosas, no hay juegos de mesa, hay mucha tele, y la tele es aburrida. Hasta los postres saben peor. Pero el abuelo está muy triste, más triste que nunca, y es por la abuela. Lo sabes porque se lo has oído a tu madre. Hace unas semanas la viste llorando y diciendo que la abuela no iba a volver. Tú le preguntaste a qué se refería con que «no iba a volver», y ella sólo te miró fijamente. Luego, siguió llorando. La verdad es que todavía no lo entiendes muy bien. La abuela vive en un hospital, no se mueve de la cama y no habla. Sabes de sobra que es imposible que vaya muy lejos. La abuela sólo sorbe batido con una pajita, eso es lo que hace, y le tiemblan las manos. Siempre le tiemblan cuando te ve. Tu madre decía que es porque te quiere abrazar, pero tú crees que es porque está enferma. ¿A dónde va a volver estando así?

La marea ha empezado a subir, el cielo desprende un naranja cada vez intenso y el abuelo escruta el extremo del sedal, justo donde se junta con el agua, como si esperase que algo insólito fuese a escaparse de ahí en cualquier momento. Hace un poco de frío, pero a ti te gusta verle así, porque está muy concentrado y porque no suspira como cuando está triste. Además, así tú también puedes seguir observando el horizonte, capturando el olor a humedad de las rocas para que no se te olvide nunca y vigilando que nadie más descubra vuestro lugar especial. Todo está en calma, el tiempo parece haberse parado y los calamares pelean por acercarse al cebo, hasta que el abuelo te pregunta si has pensado qué quieres ser de mayor. No es un tema que hayas meditado mucho, pero le dices que lo consultarás con la almohada. Él se ríe. Desde que lo escuchaste en aquella película de americanos, al abuelo le encanta que digas eso, aunque tampoco entiendas muy bien cómo se le puede preguntar nada a una almohada. A veces, piensas que sería divertido ser astronauta, para así viajar al espacio y descubrir otros planetas a los que poder ponerles nombre. O granjero, porque así crearías toda la comida que quisieses, e incluso podrías repartirla entre tus amigos. Pero lo que más te gustaría es estudiar historia, como tu madre, y poder demostrarles a todos que eres el que más sabe. Y, aunque no se lo has dicho a nadie, aunque quizá sea la primera vez que lo piensas, el abuelo parece leerte la mente, porque mira hacia abajo y habla con voz grave. Dice que cuando crezcas hagas algo útil. Que estudies leyes, como tu padre, o que te hagas científico, pero que nunca elijas una profesión que no te permita vivir, como hizo tu madre. Ni desperdicies tu vida buscando respuestas inventadas en lugares absurdos, como hizo él mismo con eso que llaman filosofía. Se rasca el bigote mientras explica que el mundo es un lugar peligroso y que lleva camino de serlo cada vez un poco más. Por eso, es necesario que dispongas de todas las herramientas para salir adelante cuando lo necesites, dice, porque lo vas a necesitar. Y qué mejor herramienta que el dinero, recalca.

Justo cuando estás a punto de contestar, cuando estás a punto de decir que tú no quieres ser abogado ni nada parecido, el sedal del abuelo se tensa de golpe y él se lleva las dos manos a la caña. Empieza a girar la manivela y, mientras lo hace, ves que le cuesta un terrible esfuerzo traerla de vuelta y que maldice y grita que es grande, que tiene que ser una pieza enorme. Él está contento, y a ti los nervios te empiezan a hacer cosquillas en el estómago. La verdad es que ya tienes hambre y que la tarde se está apagando, así que no vendría mal que la pesca de hoy fuese un poquito más rápida. Corres hasta colocarte delante de tu abuelo y también agarras la caña con las dos manos para ayudarle, justo como él te enseñó. Sin embargo, te aparta a un lado con el antebrazo y te dice que no te metas: esta pieza quiere cobrarla solo.

El abuelo sigue tirando de la caña y girando la manivela y, cuando parece que ya tiene a su víctima cerca del espigón, algo le lanza disparado contra las rocas del suelo y le hace caer de culo. Está mareado, se toca la nuca y mira la caña sin comprender. Es al observarla de cerca cuando se percata de que el sedal se ha partido, y se queda boquiabierto. ¿Qué clase de calamar puede tener una fuerza semejante? ¿Romper un hilo en apenas unos pocos movimientos? Eso es imposible. El abuelo se levanta, pide que le traigas la cesta de los aparejos y busca un nuevo sedal para montar la caña. Mientras lanza el cebo otra vez, te fijas en sus cejas, más curvadas hacia abajo que nunca, en su piel aceitunada enfrentándose al sol decrépito, en los dedos tan apretados que son casi blancos, en el bigote cubriendo por completo el labio inferior, en la posición de los hombros. Tiene que caer, dice el abuelo, tiene que caer, repite. Esta vez, el ejército de ojillos plateados se arremolina en torno al cebo, baila una especie de danza primitiva y parece succionar el mar hacia dentro; en un instante, sin que ninguno de los dos entendáis cómo ni por qué, el hilo ha vuelto a cortarse. Hasta este momento, sabías que el abuelo podía estar contento o triste, pero no te imaginabas que también podía enfadarse. Ahora está tan enfadado que ha soltado la caña sobre sus pies y se agarra la frente como si se le fuera a romper. Agita la mano y te pide otro hilo a gritos. Luego sigue murmurando cosas que no entiendes y moviendo los ojos a toda velocidad. Y tú le haces caso porque, aunque no conoces mucho a esta clase de abuelo, has descubierto que no te gusta e incluso te da un poco de miedo.

Lo que se prometía como una tarde apacible se ha convertido en una lucha sin cuartel entre un hombre de ceño fruncido y una marejada repentina de causas desconocidas. La línea del horizonte está ahora pintada con sangre y no queda mucho para que el sol se oculte, pero la batalla continúa, y lo hace durante casi veinte minutos. Veinte minutos que parecen veinte horas, veinte minutos en los que tu abuelo mantiene el pulso con dignidad y lo hace hasta que el último sedal, del que pendía toda esperanza de victoria, también se parte en dos. Deja la caña en el suelo, no habla ni chilla. Tampoco se queja. En su cara se dibujan unas arrugas que, por alguna razón, te resultan familiares. El abuelo ya no está enfadado ni tampoco triste, está roto. Se sienta sobre la roca del borde y observa cómo la marabunta de furiosas luras de ría cubre la superficie hasta donde llega la vista, cómo no queda ni rastro de cebo vivo ni muerto, cómo las olas se doblegan a la voluntad de los cefalópodos.

Y en tus ojos, en esos mismos ojos del color de las olas, se suceden imágenes que ya has visto antes. Algunas, las reconoces sólo con mirar hacia arriba: las gaviotas que emigran con el morir del día, los cirros extravagantes que quieren tapizar el cielo, las luces urbanas a lo lejos, cada vez más cegadoras, el aroma a salitre acumulado. Todo es tal y como era. Otras imágenes, sin embargo, las ves pintadas sobre tu abuelo, sobrepasándole, queriendo desdibujarlo como si fuera un boceto a punto de ser desechado. En una de estas últimas imágenes, el abuelo se incorpora, recoge la caña y la arroja al mar entre lágrimas, pero el musgo de una roca traidora le hace resbalar y caer también al agua. En otra, tu abuelo flexiona las rodillas para levantarse, y un viento atroz le hace perder el equilibrio, volver a pisar el musgo y, de nuevo, ir de cabeza al agua. Hay una imagen en la que el abuelo se asusta ante una bandada de pájaros que vuelan demasiado abajo, retrocede sin apoyar bien el pie, y también termina en el mar. Incluso hay otra en la que no tiene intención de levantarse, pero un mareo agudo le asalta y resbala una vez más. En todas ellas, aunque no puedas distinguir cuál es la verdadera, el resultado es idéntico: el abuelo se golpea la cabeza, comienza a sangrar y flota inconsciente hasta la muerte. Así que eres tú mismo. Tú, tú que has visto todas esas imágenes antes, quien se levanta y hace la única cosa que puede hacer para evitar que se hagan realidad.

Abrazas a tu abuelo con ímpetu. Él se sorprende y le susurras al oído que no pasa nada, que podéis cenar otra cosa en vez del bocadillo de calamares. También le recuerdas que sigue siendo el mejor abuelito del mundo, aunque no haya pescado ni un cangrejo. Sus ojos vidriosos te examinan como si acabases de hacer algo que no estaba escrito. Tarda unos segundos en reaccionar, pero luego te corresponde en el abrazo tan fuerte que te aúpa. Es hora del viaje de vuelta, dice suspirando. Tú asientes con la cabeza y le das un beso cariñoso. Estás feliz por haberle salvado, aunque él no lo sepa. Y por eso, cuando te posa en el suelo de nuevo, cuando notas que la ráfaga de viento te empuja hacia atrás, cuando es tu pie izquierdo el que resbala con el musgo húmedo de la última roca del espigón y eres tú quien cae al mar, nada de aquello te parece para tanto.

Los ademanes desquiciados de tu abuelo mientras grita tu nombre intentan imponerse entre las olas, pero el sol ya se ha marchado y es imposible diferenciar nada que no sea la noche mojada. Ahora tú eres el maestro del escondite. Aunque el abuelo es muy mayor, sabes que se tirará a buscarte. Sabes que hará todo lo posible por sacarte de allí con vida y, sabes que, cuando te encuentre, sólo serás una cáscara inerte. También sabes que serán las miríadas de cefalópodos quienes te acojan con gusto en las profundidades, que la caricia de sus tentáculos se te hará familiar como el abrazo a un recién nacido, que el agua salada y pura, el agua de verdad, rellenará todas las cuencas vacías. Y que lavará la brecha antes de diluir tu sangre para, después, bautizar tu alma.

Lo que no sabes, y tampoco te podías imaginar, es que, justo antes de que todo fundiese a negro, notarías líquido, tanto líquido y tan frío inundándote la cabeza desde dentro.

El doctor Velrubio miró su reloj y luego cerró la llave de paso de las vías enganchadas a las sienes del paciente. Extrajo las agujas con cuidado, desató las correas y despegó las conexiones de la cabeza. Tras limpiar la sangre del cráneo con un pañuelo, se quitó las gafas, apretó los párpados con el índice y el pulgar y se pasó la mano por la calva. Después de un rato, alzó la cabeza y ordenó que viniesen a llevarse el cuerpo y esterilizar la máquina.

Aquella tarde, el doctor decidió cerrar la clínica antes de tiempo. En cuanto agarró a Gus por el lomo, se aseguró de que estaban solos y se sentó bajo el climatizador a observar los cuadros de la antesala con el gato en su regazo. Aunque el calor era asfixiante, aunque él mismo había comenzado a sudar de forma exagerada a pesar del aparato, aquel ejercicio le relajaba. Así que solía repetirlo con cierta habitualidad. Esta vez, sin embargo, mientras veía a los marineros naufragar frente a costas que habían dejado de existir años atrás, mientras se intentaba imaginar cómo sería subirse a un barco, navegar a la luz de la luna o incluso dormir en cubierta, no podía evitar formularse ciertas preguntas acerca de Javier. ¿Qué se habría desbloqueado en la memoria de su paciente para propiciar un final tan repentino? ¿Por qué no habría funcionado la palabra de seguridad? Y, sobre todo, ¿cuál habría sido el recuerdo en cuestión? Ahora que Javier había fallecido quizás ninguna de aquellas cuestiones tuviese sentido, se decía Velrubio. Sin embargo, no podía dejar de pensar si hubiera servido de algo advertirle del peor de los riesgos de la psicoinmersión: que la mente del sujeto siempre luchará desesperada por crear recuerdos donde no los hay.

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