la exquista dolencia

La exquisita dolencia (Adelanto)

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Por cortesía de Bonilla Artigas Editores, publicamos un adelanto del libro, La exquisita dolencia. Ensayos sobre Ramón López Velarde, del filósofo mexicano, Emilio Uranga, mismo que ya se puede encontrar en librerías de todo el país.

LA MUJER, EL MUNDO Y LA PATRIA EN LA POESÍA DE LÓPEZ VELARDE

Con éste, inicio una serie de artículos que dedicaré a Ramón López Velarde, el poeta y el hombre. Como todo lo que tiene importancia en una vida, mi contacto con el zacatecano empezó en la adolescencia y terminará con la muerte: lo he seguido, y fielmente está a mi alcance cuando se me desfallece o enardece el sentimiento local y universal.

Cuatro son los polos cardinales de la poesía de Ramón López Velarde: la mujer, el mundo, la patria y la provincia. Me discutirán sus conocedores si uno de esos polos es realmente merecedor de figurar, en plan de igualdad, con los otros tres, indiscutibles: la mujer, la patria y la provincia. ¿No fue ajeno al mundo López Velarde? Lo más que llegó a probar fueron las cosméticas viscosidades de nuestra ciudad capital: “ojerosa y pintada”. Sin embargo un poema suyo me puso desde siempre alerta sobre el mundanismo –humanismo universalista– de su pensamiento: “Mis hermanos de todas las centurias, reconocen en mí su pausa igual, sus mismas quejas y sus propias furias”. Hoy me sería muy cómodo predicar que Ramón López Velarde fue un adelantado de los revolucionarios del tercer mundo. E inscribirlo en la tradición de sus empeños me parece esencial, tanto o más que seguirle saqueando cursilerías sobre la mujer y la provincia. Debo advertir finalmente que no nací, ni viví, ni sentí, ni participé jamás en el cielo, purgatorio e infierno, de esa feria que es la provincia mexicana. Esta es mi debilidad, mi radical inferioridad e insuficiencia para comprender desde lo superficial hasta lo hondo la poesía de Ramón López Velarde. De modo que, en definitiva, la fuerza de mi exégesis –si alguna tiene– reside en el cargado acento sobre los temas de la patria y el mundo en Ramón López Velarde. Y todo lo que he publicado sobre este autor, y lo que guardo inédito, versa y malversa, casi exclusivamente acerca de estos dos polos de su aguja de marear en su diario de bitácora.

Ramón López Velarde nació y murió en un mes de junio, de 1888 y de 1921, respectivamente. Fue pues un geminiano, un oscilante o, como me gustaba decir en mi juventud: un zozobrante, aceptando la etimología de zozobra como un movimiento marinero de abajo-arriba, sub-supra. Don Joan de Corominas dice que zozobra viene del catalán sotsobre, y de aquí el derivado, sotsobrar, “volcarse la embarcación”. “De hacer zozobra se extrajo luego, ‘aflicción, congoja’ en el segundo cuarto del siglo xv” (p. 625, Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, Gredos, 1967). Esta ubicación zodiacal de Ramón López Velarde me ha llamado poderosamente la atención, pues atenido a la clásica interpretación de Xavier Villaurrutia lo supuse, sin sombra de duda, un cabalgante garañón entre el León y la Virgen. Ahora compruebo que hasta los Contemporáneos se equivocaban. Lo cual me causa sincera pesadumbre.

Si he sostenido antes que los cuatro puntos cardinales de López Velarde fueron la mujer, el mundo, la provincia y la patria, ¿dónde colocar el avasallador concepto de zozobra? Diría, con inocultable astucia evasiva, que la zozobra colora a esos cuatro puntos, a todos por parejo. Con la patria, con la provincia, con el mundo y con la mujer, Ramón López Velarde estuvo siempre en zozobra, que “vale también acongojarse, y afligirse en la duda de lo que debe ejecutar (un hombre) para huir del riesgo que lo amenaza, o para el logro de lo que desea” (Diccionario de autoridades, t. III, p. 572). De todo esto hablé por lo largo, cuando era joven, en mi ontología del mexicano, sistema trunco de pensamiento para interpretar o entender simplemente a mi nación y a las ajenas, que arbitré con penas en noches de desvelo especulativo y que, naturalmente, no tuvo jamás la resonancia famosa que mi esperanza de mocosito genial le vaticinaba. Se quedó en agraz.

En una entrevista que le hicieron hace algunos días a mi amigo Juan José Arreola, éste largó de entrada, como es su costumbre, una verdad acuñada en un estilo aceptable: “Acerca de todas las cosas que amo, hablo en primera persona”. ¿A qué viene la restricción? Fieles a nuestra raíz hispánica tendríamos que perorar, retorizar sobre lo amado, lo indiferente y lo odiado en primera persona, o ante todo haciendo pasar, con intocable derecho de picaporte, a nuestro yo. Por eso espero –fundadamente– que nadie me tome a mal que escriba sobre Ramón López Velarde como pretexto para expulsar un episodio más de autobiografía. El propio Ramón López Velarde no era ajeno a estas alusiones sádico-renales. Vaya este botón de muestra: “Resígnanse los novios, con subconsciente pánico, al soso parabién del concurso inorgánico”.

Es asunto reservado a los biógrafos del jerezano detallarnos cómo llegó López Velarde –si es que llegó– a disfrutar en vida de un harén. Lo cierto es que después de su muerte las mujeres estudiosas se le han amontonado, y casi no ha habido señora o señorita literarias que no le dediquen sus explosiones amatorias. Para mí es una positiva desgracia que la posteridad de López Velarde haya conjurado tal remolino apretado de admiratrices, y de admiradores que, como Juan José Arreola, le siguen agradeciendo, después de cincuenta años de muerte, que los justifique, los anime, los entusiasme en su practicada existencia de latin lovers. Yo lo prefiero, como al Proust de El tiempo recobrado, hablando de que la boca de una mujer “ha de oler a sudario y a hierba machacada: a droga y a responso, a pabilo y a cera” (Hormigas). Quien se quiera quedar con otra imagen velardiana y velada de las señoritas y señoras, repita hasta el cansancio: “¿Existirá? ¡Quién sabe! Mi instinto la presiente: dejad que yo la alabe previamente. Alerta al violín del querubín, y susceptible al manzano terrenal, será a la vez risueña y gemebunda, como el agua profunda”.

Pero hablando de la mujer se me ha olvidado la patria. En el origen de la patria, de la actual, de la nuestra, la mexicana, está Ramón López Velarde. Él la fundó poéticamente, que es, entre todas las partidas legales de nacimiento, la más noble, imperecedera y a la vez más exigente, como una oración cotidiana que repite su difícil fidelidad a una alianza sacralizada.

A don Alfonso Reyes se le llamó “el mexicano universal”. Y cuando tuvo ocasión, sin advertirlo, definió a la patria desde la cual había ganado la universalidad en los dos tercetos del último de sus sonetos de Homero en Cuernavaca:

A siglos de distancia es siempre una,

e igual es la congoja e igual es el contento.

Oh tierra que me diste la norma con la cuna:

A tu regazo –prenda de mi consentimiento–

de mis pacientes números confío la fortuna,

pues hallo que recogen tus quejas y tu acento.

Quien no perciba la similitud de estos renglones poéticos de Alfonso Reyes con los que antes cité de Ramón López Velarde, Dios no lo ha llamado, por su mellado oído, a ser afinador sapiente de la música verbal. Conviene enlazar a López Velarde con Reyes –como merecería hacerlo con José Gorostiza–, para que se aprecie la fidelidad de que antes hablaba a una patria que Ramón López Velarde llamó a veces nueva y más frecuentemente suave. Y epilogaré el artículo recordando un aforismo de Hölderlin: “Dichoso el hombre que saca su felicidad de la prosperidad de su patria”. Con Ramón López Velarde se nos ha invitado, a todos los mexicanos, a sacar nuestra felicidad más duradera y característica de la prosperidad de la nación, del desarrollo, como hoy se dice. A cincuenta años de distancia esa patria íntima, suave y nueva del zacatecano debería ser el punto de común reflexión en que todos los mexicanos nos encontráramos hermanados.

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