EL ULTIMO JUGLAR

El último juglar (Adelanto)

Con autorización de JUS Ediciones, transcribimos un fragmento del libro, El último juglar: Memorias de Juan José Arreola, libro de Orso Arreola (quien falleció el pasado 22 de febrero), y que se puede encontrar en la página https://www.malpasoycia.mx/.

Palabras liminares

Este libro es el fruto de una primera aproximación a la vida interior de Juan José Arreola, el actor, escritor y maestro. Ha sido concebido como un diario que inicia en 1937, con su llegada a la Ciudad de México, y concluye hacia 1968, año que divide la vida de Arreola y marca el inicio de una nueva generación.

El hilo conductor es la vos de Juan José Arreola, oral y escrita, que recrea mi memoria y la traduce con base en algunos fragmentos de diarios escritos en su juventud, cartas familiares y documentos que se hilvanan en el texto para darle veracidad y continuidad a la narración.

Toda memoria es un laberinto, y yo me perdí en la memoria y el olvido de mi padre, me convertí, como dice Calderón de la Barca, en “monstruo de su laberinto”. No lo sé. No sé si el lector atento hallará la salida o se perderá en el laberinto buscando a mi padre. Lo más probable es que se encuentre con el monstruo.

Cuando las sirenas cantaron en mis oídos, me alejé de ellas orientado por la brújula de la poesía, la que me salvó de muchos naufragios y me reveló los mundos enamorados y soñados de Juan José Arreola.

Escribo porque la literatura es un código secreto. Para descifrar a mi padre tuve que interpretar sus actos, traducirlos. La pasión es enemiga de la pluma, y reconozco que he puesto pensamientos y palabras en la boca de mi padre que él jamás ha pronunciado, pero que leí en su manera de ser y de vivir. Esta es la lenta y difícil traducción que hacemos los hijos de los padres.

La historia que cuento se comenzó a escribir antes de que yo naciera, simplemente la he continuado. Todo lo que se dice es verdad, y en todo caso me atengo al gaucho Martín Fierro cuando dice: “olvidar lo malo es también tener buena memoria”.

Cuento la vida de mi padre con sus propias palabras, porque tengo el raro privilegio de recibir su herencia de palabras, palabras razonadas con oro y no con metales bajos, palabras quintadas por la ley del espíritu, monedas que brillan como soles iluminando mis recuerdos.

En este libro mi padre es el ciego y yo soy su lazarillo, en este libro mi padre es don Quijote y yo soy Sancho. Todo empezó aquel día que escuché su canción en Zapotlán y luego lo vi vestido de juglar divirtiendo a la gente.

Todo artista tiene dos vidas, la propia y la de su obra. El escritor siempre estará conmigo, pero el hombre, ¿quién era?, ¿quién es? Más que un escritor, mi padre es un artista, y todo arte es difícil, por eso Juan José Arreola sigue creyendo en la belleza como su discípulo Andrea Salaino.

Yo tan sólo soy un aprendiz en el taller del maestro, pero he querido pintar para ustedes el retrato del último juglar que ha representado para todos nosotros la vieja comedia de la cultura occidental.

Orso Arreola

Amanecer en la Ciudad de México

Hoy es el último día del año de 1936. Esta noche viajo por primera vez a la Ciudad de México. El ambiente en el vagón del tren se siente pesado, lleno de rumores. Llegan a mis oídos trozos de conversaciones y todo se ha impregnado de humo de tabaco. Afuera sigue lloviendo y la noche es fría. Para poder hacer el viaje vendí mi único patrimonio: la máquina de escribir Oliver que me regaló mi padre cuando cumplí catorce años y la escopeta de retrocarga calibre 24 que le compré a Daniel Zúñiga. Después de pagar el boleto me sobraron trece pesos, que es todo lo que tengo para llegar a México. También traigo muy bien resguardada la carta que me dio mi padre dirigida a José Manzano, en la que dice que soy su hijo, que soy un hombre de bien, trabajador y honrado, que viajo con autorización paterna y que no voy huido de mi casa. José Manzano era hijo de don Juan Manzano, dueño de la hacienda de La Media Luna. Recuerdo que mi primo Daniel, el Borrego, me escribió en un papel un nombre de mujer y una dirección: Rosita Montenegro, 5 de Mayo 62. Viajo en segunda clase, el asiento es duro como una silla de montar. Tras nueve horas de camino apenas vamos a la mitad del recorrido y ya me duele la espalda. Tengo una gran inquietud y no puedo conciliar el sueño. En la oscuridad de la noche, el tren se ha convertido en un lento dragón dispuesto a devorar todo lo que encuentra a su paso: hombres, árboles, montañas y pueblos enteros. Siento nostalgia. Entre el golpeteo de las ruedas de acero, escucho la voz de mi madre que me colma de bendiciones. Recuerdo sus ojos negros como los míos mirándome con una fe que no alcanzo a comprender. Poco a poco la tierra despierta, respira su vaho mineral mientras el cielo abre su único ojo. El paisaje se llena de nubes, de campo en madrugada, de luces que anuncian la llegada del día. Con el aire delgado de la mañana se recobra mi cuerpo adolorido, me pongo de pie lentamente tratando de estirar las piernas, que tengo entumidas; pronto todos mis huesos se acomodan: el cuello, la espalda, la cintura y los brazos vuelven a su sitio. Tengo dieciocho años y mi corazón late con fuerza. Siento la emoción del viajero que llega a la tierra prometida. Yo soy ese joven lleno de sueños y de amenazas que todos los días llega a las ciudades del mundo para cumplir con un destino. Soy ese joven que camina como iluminado por los andenes de una estación desconocida. Soy ese joven que no conoce a nadie, pero que no teme estar en un mundo distinto. Soy ese joven torpe y balbuceante que transpone las puertas de la ciudad en busca de una forma de vida.

El tren hizo su entrada triunfal en la antigua estación Colonias. Me invadió una inmensa alegría, bajé del tren y caminé entre gritos y olores alimenticios. Los pasajeros de la segunda nos mezclamos con los de primera y creció la confusión de los equipajes. Los cargadores llevaban todo tipo de bultos y mercaderías. Sacos de azúcar, jaulas con animales, muebles, cajas de fruta. El tren parecía el cuerno de la abundancia. La estación Colonias era muy grande y alegre, no se parecía en nada a la de Zapotlán, que siempre me pareció triste y abandonada. Con mi veliz a cuestas, atravesé la estación y como por instinto encontré la salida. Ya en la calle, descansé un momento y me puse a recordar las indicaciones que me dio mi primo. “Sales de la estación por la puerta principal y caminas todo derecho como tres calles grandes, luego luego te vas a topar con Paseo de la Reforma, es ancha, tiene muchos árboles y camellón. Para ir en dirección del centro tienes que atravesarla y tomar un camión que diga: Juárez-Loreto-Alameda. Éste te lleva hasta San Juan de Letrán…”. Traté de seguir sus indicaciones al pie de la letra, pero al llegar a la Alameda todo me pareció tan extraordinario. No pude resistir la tentación de bajarme a caminar para ver de cerca los edificios y los monumentos. Quedé deslumbrado ante la majestuosidad del Palacio de Bellas Artes. Su portada principal con su frontispicio integrado al conjunto escultórico de nueve masas, sostenido por las esbeltas columnas de mármol blanco de Carrara, sus pilastras y cornisamentos del más puro estilo art nouveau. Su cúpula monumental cubierta de cristales y rematada por un águila imperial de bronce. Las decoraciones orales, con sus puertas y ventanas ondulantes, me hicieron recordar los palacios europeos que había visto en las ilustraciones de los libros. Permanecí extasiado sin dejar de mirarlo. En esos momentos no sabía que una parte esencial de la vida que estaba por iniciar transcurriría en las entrañas del hermoso Palacio. Abrumado por las sorpresas y maravillas con que me recibió la ciudad, caminé sin rumbo esperando llegar a la plaza mayor del Zócalo. La gente iba vestida de manera elegante, bellas y misteriosas mujeres que parecían como salidas de la pantalla de un cine, pasaban ante mí con la indiferencia de los maniquíes de los aparadores. Sus tacones altos y sus medias de hilo negro hacían juego con sus bolsas de piel de cocodrilo. Llevaban sacos con grandes hombreras, entallados a la cintura. Sombreros con un discreto velo perfumado, que dejaban ver las sombras de los ojos y la boca pintada. Mujeres que con paso enérgico entraban y salían de los edificios, como si ningún hombre las percibiera, como si esas mujeres estuvieran acostumbradas a las miradas de los millones de hombres. La multitud se movía frenética, abordaban autobuses, subían y bajaban siempre con la misma actitud indiferente. Los hombres vestían con trajes de casimir a rayas, anchas corbatas, zapatos lustrosos de dos tonos y sombreros borsalinos. Subían automóviles, tranvías y autobuses, con paso y ademanes marciales. Era lunes, el primer día de enero de 1937. La ciudad empezaba a moverse por todas partes. Creí que me saludaba con sus miles de manos y que despertaba ante mis ojos con toda la fuerza de que era capaz. Casi sin darme cuenta llegué al número 62 de la calle 5 de Mayo. Era un edificio de noble fachada. No se trataba de una casa como yo me imaginé. Llamó mi atención un negocio que estaba en la planta baja con un enorme letrero que decía: “Consígase la novia, yo le pongo la casa”. La verdad sea dicha, para un joven en mis circunstancias el letrero resultaba muy sugestivo, creo que hasta influyó en mi futura vida sentimental. Toqué a la puerta y al poco rato apareció una señora de aspecto jovial que me invitó a pasar. Ya dentro de la casa le dije: “Soy Juan José Arreola Zúñiga, vengo de Zapotlán recomendado por mi primo Daniel Zúñiga, quien estuvo como huésped el año pasado”. La señora me indicó que esperara en una salita, mientras le hablaba a la dueña de la casa. Más tarde llegó Rosita Montenegro saludándome de manera efusiva, con la cordialidad de quien recibe a un antiguo conocido, que además es paisano de Jalisco. Rosita era hermana del pintor Roberto Montenegro, quien ya gozaba de merecidos reconocimientos en el medio intelectual y artístico. Recorrí con Rosita todas las habitaciones que tenía disponibles para rentarme. Elegí la más barata: una que estaba en el último piso y daba a la calle. Con gran prisa me instalé lo mejor que pude. Después de tomar un baño, que resultó medicinal por lo reconfortante, salí con nuevos bríos a la calle con ánimo de recorrer toda la ciudad. Dirigí mis pasos hacia el Castillo de Chapultepec; llegué de nuevo a Paseo de la Reforma, me fui caminando por la señorial avenida hasta la entrada del bosque conocida como la Puerta de los Leones. Seguí caminando por el bosque hasta encontrar la subida al Castillo, la cual ascendí lentamente parándome por momentos para tomar aire y disfrutar el paisaje de los entornos del Castillo, al que llegué fatigado pero deseoso de recorrerlo de punta a punta. Desde una de sus terrazas contemplé la ciudad por vez primera. Un cielo claro y redondo me permitió apreciar la inmensidad del valle y distinguir los perfiles de las montañas coronadas por la majestuosidad del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl. Vista desde la altura parecía más pequeña, no tenía edificios altos, salvo algunos en el centro. A lo largo de Paseo de la Reforma, principal avenida de acceso al Castillo, había grandes casas de estilo neoclásico de clara herencia porfiriana, rodeadas de jardines. La colonia Roma era la más aristocrática. Del otro lado del Paseo, a la altura del Ángel de la Independencia, la colonia Cuauhtémoc comenzaba a crecer. La arquitectura de sus casas era una mezcla de estilos en la que predominaban el colonial californiano y el art decó. La mayoría de las construcciones reflejaba la funcionalidad de los modelos arquitectónicos de Le Corbusier. De vuelta a mi casa, al caer la tarde, me encontré con parejas de novios confundidas con el follaje del bosque. Estaban como estatuas vivas, ensimismadas en la tranquilidad piadosa de la naturaleza. Al verme pasar, sentían temor de que los expulsara de su pequeño paraíso. La oscuridad de la noche me obligó a retornar a mi morada. Por un momento tuve miedo de perderme en las calles lejanas y vacías de una ciudad desconocida. Llegué tarde a mi casa, saludé a la señora Rosita y subí a mi cuarto para caer rendido sobre la cama. Al poco rato tocaron a mi puerta y me ofrecieron un vaso de leche y una pieza de pan. Antes de acostarme, me puse a forrar las ventanas con papel periódico para disminuir el frío de la madrugada. Cuando terminé, sentí muchas ganas de escribirle una carta a mi padre y tomé lápiz y un papel.

Mis primeros días de estancia en México los dediqué a buscar información sobre la Escuela de Teatro, me entrevisté con el secretario particular de Santiago R. de la Vega, director del Instituto Nacional de Bellas Artes, quien me recomendó pasara a las oficinas de la Escuela de Teatro, que pertenecía al Instituto y cuyas instalaciones estaban en el quinto piso. Recuerdo que un día antes entré a un teatro del centro de la ciudad para pedir información sobre la escuela y me dijeron que el director era Fernando Wagner, a quien finalmente localicé. Wagner me inspiró confianza, pero también cierto temor, su aspecto de extranjero y su fuerte acento alemán me dejaron impresionado. En nuestra primera entrevista me señaló los requisitos que debía cumplir para ingresar a la escuela. Atendiendo sus indicaciones, pude inscribirme finalmente alrededor del 7 de enero de 1937.

Fernando Wagner acababa de llegar de Alemania y tenía poco tiempo de haber asumido la dirección de la escuela. Me entrevisté con él un viernes y me citó el lunes siguiente para empezar a ensayar. No podía creer que en tan poco tiempo hubiera logrado el anhelo más grande de mi vida: estudiar teatro. Me puse feliz de que mi vida en la Ciudad de México ya tuviera un sentido, una razón de ser para mí y para mi familia.

En mi primera clase le recité a Wagner algunos poemas que me sabía de memoria, él me criticó con dureza mi sonsonete y mi entonación pueblerina, casi a gritos me corrigió muchos vicios que tenía; al principio me desconcertó, pero con sabios argumentos me convenció de que yo no sabía decir versos y que necesitaba modificar radicalmente mi estilo de declamador. Mis triunfos en Zapotlán quedaron atrás, allá me conocías desde niño como “Juanito el recitador”, pero eso aquí no valía nada; tuve que ceder ante mi orgullo lastimado; no obstante, mi necesidad y ganas de aprender eran tantas que dejé a un lado mis sentimientos y me puse a aprender una nueva técnica de declamación.

Poco a poco hice amistad con Fernando Wagner, a la semana de conocerlo logré lo increíble: que me diera clases de dicción en su casa del Callejón del Sapo. Lo más curioso era que el fuerte acento alemán de Wagner le impedía pronunciar correctamente el español, pero entendí muy bien el sentido de sus correcciones y consejos. Entre los dos logramos que yo pudiera pronunciar mi lengua natal. Desde entonces guardo gran estimación por este hombre notable que canjeó una vida de negocios con mucho futuro por la extraña vida del teatro. Su abuelo fundó la Casa Wagner, una sólida empresa familiar dedicada a la difusión de la música clásica. Fernando vivió muchos años en Alemania, tal vez por eso conservó toda su vida el acento. Allá estudió teatro y literatura, tenía un profundo conocimiento de la cultura europea. Recuerdo que en las clases que me dio en su casa me gritaba exacerbado: “¡Arreola, por Dios, dan ganas de pegarle a usted de bofetadas! ¡Yo soy una persona decente, pero usted acaba con la paciencia de un santo!”.

Gracias a Wagner tuve noticias de lo que era el mejor teatro de Europa: el francés, el ruso y el alemán. Por él supe de Meyerhold, Stanislavski, Grigorievich Dachenco y Richard Bolewslavski, a los que más tarde se agregaron otros célebres nombres que Rodolfo Usigli me ayudó a completar. Me enteré con alegría y sorpresa de los nombres de estos personajes de quienes yo no tenía idea; del único que sabía un poco era de Konstantin Stanislavski, autor de los libros Mi vida en el arte y Un actor se prepara. Wagner me abrió las puertas de un mundo maravilloso y desconocido. Entre lo que más valoro de su amistad es que me reveló la poesía de Rainer María Rilke. Me habló de poetas menos conocidos, como Richard Dehmel (Klabund). Por mi parte, le ayudé a corregir algunas traducciones; él hacía su primera versión directa y luego yo le ponía a la versificación algo de música.

Por desgracia, mi relación con él se tornó difícil; hechos ajenos a nuestra incipiente amistad contribuyeron a que nos distanciáramos. Aunque Wagner me había tratado con dureza, no le guardaba rencor; en honor a la verdad, creo que el único problema personal que tuve con él fueron los celos que me despertó la manera como trataba a Cora, mi compañera de la escuela, de la que más tarde me enamoré perdidamente, lo que tal vez él ni siquiera advirtió. Esta primera época de amistad con Fernando duró sólo poco más de un año, todo 1937 y principios del 38, cuando Wagner dejó la dirección de la escuela en manos de Rodolfo Usigli. Lamentablemente, todo esto influyó también en mi ruptura con Wagner, el hombre que me abrió las puertas al mundo del teatro y la cultura europea. Por fortuna, años más tarde nos reencontramos varias veces y lo saludé con el mismo afecto que mantuve siempre para el que fuera mi primer gran maestro de teatro. Recuerdo que lo fui a ver en 1945 para pedirle la carta de apoyo para mi beca en Francia; le dio mucho gusto saber que me iba a París a seguir estudiando teatro. Luego, en otra época de mi vida, fuimos compañeros de cátedra en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. En nuestros últimos encuentros me habló de su hija Margot Aimée; me dijo que ella debía tener las fotos que nos tomó en la Escuela de Teatro a él y a mí un periodista alemán en 1937, y una en la que aparezco vendiendo sandalias de Colima, mi primer empleo en México. Lo curioso es que este empleo lo encontré buscando en el periódico, sin saber que los dueños del negocio eran amigos míos de Zapotlán. Cuando me presenté a pedir trabajo me recibió Odilón Ochoa Galindo, quien dijo: “Inmediatamente aceptado, Arreolita”. Sin saber lo que me esperaba, me sentí feliz, pues tenía necesidades urgentes por cubrir y muchas deudas por pagar. Ante la falta de liquidez, me había tenido que mudar de casa tres veces.

Odilón no sólo me dio el trabajo, también me prestó algo de dinero para comprar mi primer traje, el cual se pasaba más tiempo en el empeño que conmigo. Mi primera foto en la Ciudad de México la tomó un fotógrafo ambulante; aparezco muy elegante, con mi “señor traje”, caminando por la calle de Monte de Piedad.

Dejé la casa de asistencia de Rosita Montenegro porque me resultó cara la renta. De allí me cambié a Monte de Piedad, casi esquina con Tacuba, donde viví con mi hermano Rafael y mi primo Carlos Arreola Chávez.

Recuerdo que Odilón me dijo riéndose a carcajadas: “Mira, Arreolita, aquí hay que empezar con el rigor del palo, ese es el lema de nuestro negocio. Tienes que aprender a cargar el zarzo con las sandalias durante ocho horas; lo rudo del asunto es que tienes que caminar por toda la ciudad con el zarzo. Otra cosa que debes aprender es a correr con velocidad, ya que los perros serán tus principales enemigos. Si es necesario utiliza el zarzo como arma defensiva”. Después de recibir entrenamiento y capacitación, me lancé a conquistar las calles de una ciudad hostil sólo en apariencia, ya que la mayoría de las personas eran amables y solidarias. Era un México más humano, en el que la mayoría de las gentes que hacíamos el trabajo pesado habíamos llegado de la provincia a la ciudad en busca de una vida mejor.

Por sólo cargar el palo, Odilón me pagaba cincuenta centavos diarios. Trabajaba de las ocho de la mañana a las cuatro de la tarde, luego me iba a la escuela. De enero a septiembre del 37 me desempeñé con gran éxito en este cruel pero redituable trabajo, en el que resulté ser un vendedor estrella y logré vivir y comer de la venta de sandalias. Hubo domingos en que llegué a ganarme veinte pesos. Y no fue un mes ni dos, sino como ocho. A los tres meses ganaba un peso diario nomás por cargar el zarzo, después Odilón me ascendió a vendedor con zona de reparto, lo que significaba que ya no tenía que cargar ni sentir la dureza del palo. La única ventaja que tenía a mi favor era que únicamente vendía sandalias para dama y, como es lógico, cuando la “cenicienta” lo ameritaba, de manera personal y diligente calzaba a la doncella en el interior de su hogar y la dejaba que caminara e hiciera una prueba ante el espejo, no sin antes darle una amena charla introductoria sobre lo saludable que era para sus hermosos pies el uso de las sandalias de Colima, las que, entre otros poderes mágicos, eran medicinales por estar fabricados cerca del mar… Sea como fuere, logré convencer a docenas de clientas que quedaron felices y satisfechas con su compra. Pero el problema empezaba cuando sus esposos se negaban a pagar. El negocio era de lo más encabronado, ya que se perdía mucho de lo que se ganaba, y ante esa situación de quiebra, Odilón me aceptó una cartera vencida que ningún banco nacional o extranjero hubiera admitido. Le hice a Odilón un reconocimiento de deuda, pero se negó a aceptarlo y me dijo otra de sus frases salomónicas: “Mira, Arreolita, los que pagan, pagan también por los que no pagan”. De todos modos liquidé lo que le debía y le prometí ayudarle a cobrar las cuentas de algunas de las muchachas que quería volver a ver.

Mucho tiempo después, en Zapotlán, saludé a los papás de Odilón: a don Alberto Ochoa y doña Emilia Galindo, quien a sus noventa años era una gran conversadora y tenía una memoria notable; recordamos juntos mi primer trabajo en México con su hijo Odilón.

Al terminar la dura faena de vendedor callejero, pasaba a mi domicilio de Avenida del Ejido, en uno de los nuevos conjuntos habitacionales de la ciudad, subía hasta la azotea en donde tenía mi cuarto, me daba un baño, generalmente con agua fría, y me ponía mi único trajecito: mi pantaloncito y mi saquito, camisa y corbata, me ponía, como se dice, fifí y me iba, a veces sin comer, a la escuela.

Entre mis compañeros destacaba una joven y guapa actriz, a la que seguido encontraba platicando con Fernando Wagner, quien un día me la presentó. Se llamaba Carmen Hermosillo. En la escuela se comentaba que era de origen austriaco. Sus facciones eran más bien de tipo europeo, creo recordar que tenía ascendencia judía. Alguien me llegó a comentar que un pintor austriaco de apellido Drexler, que se habría paso en México, había traído a esta bella mujer, que podía ser su hija u otra cosa. Carmen Hermosillo era su nombre artístico, sus otros apellidos nunca los supimos.

Carmen, al igual que yo y otros compañeros, comenzó a ir a la escuela en enero del 37. Pronto se convirtió en la estrella de lo que podríamos llamar Compañía Wagner, incluso entre Fernando y ella había una amistad de tiempo atrás; según supe, Fernando era muy amigo del pintor Armando Drexler y los tres se consideraban medio paisanos.

Carmen Hermosillo y yo nos hicimos amigos, poco antes de que apareciera Cora en el escenario de la escuela y de mi vida…

Un día Carmen me dijo: “Mira, si quieres yo te llevo a la escuela en mi coche, es más fácil para ti ir a mi casa que irte desde tu casa a la escuela, además me acompañas para que no te pase nada en la calle”. No sé si en verdad su casa estaba más cerca, ella vivía en la Avenida Álvaro Obregón, pero eso era lo de menos, lo que me encantaba de su propuesta era la posibilidad de acompañarla todos los días.

Mi vida cambió radicalmente: de mis tremendos recorridos por barrios pobres, vecindades y lugares inhóspitos pasaba al pequeño paraíso que había inventado en una parte de la ciudad. Para mí la casa de Carmen en la colonia Roma era como un oasis. Subir a su coche, verla manejando el precioso convertible color azul, me parecía un sueño. Llegar a la escuela acompañado de Carmen Hermosillo, la mujer más codiciada de toda la escuela, me hacía sentir que los dos éramos actores famosos de Hollywood. La gente nos veía pasar por la calle, mis maestros y compañeros, todos, absolutamente todos, pensaban que éramos las más grandes estrellas del cine nacional. Como cualquier joven actor, soñé con ser en verdad una gran estrella de cine, un galán de fama internacional.

La amistad con Carmen llegó a su clímax cuando me invitó a una velada literaria en su casa. Aquel lejano día tuve uno de los grandes estremecimientos de mi vida. Recuerdo la voz de Carmen cuando, estando solos en uno de los salones de clase, me dijo mirándome a los ojos: “Te invito esta noche a mi casa, quiero que me escuches tocar el piano y que tú me recites unos poemas de Pablo Neruda…”. Me quedé sin aliento, deslumbrado por la sinceridad de su invitación. Recuperado del soponcio, le contesté: “Claro que te recito los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, y todos los poemas que quieras. Allí estaré puntual”.

Me recibió con una bata de noche, de seda azul. La vi más guapa que nunca. Me invitó a pasar a la sala y me ofreció una copa de vino blanco, luego se sentó frente al piano en un banco de terciopelo y comenzó a tocar una sonata de Liszt. Todo aquello me pareció como un cuadro de Alfredo de Musset. El reloj de su sala marcaba las ocho, y entre frases vagas y tenues suspiros, no nos dimos cuenta del paso del tiempo. Mientras ella tocaba, me recargué sobre el piano con una actitud romántica y soñadora, y reproduje sin querer la típica escena del enamorado, vi sus manos revoloteando por el teclado como dos mariposas y en un momento toda la sala se impregnó de un perfume misterioso, fino. Casi al terminar la sonata, Carmen interrumpió bruscamente su inspirado concierto y con voz entrecortada gritó: “¡Mi marido!”. Ni hubo tiempo de nada, cuando escuchó que la puerta de la calle se abría, tomó mi copa y me la dio, me agarró con fuerza del brazo y, dándome un jalón, me llevó a una recámara que estaba al lado, abrió la puerta del armario y pácatelas, me encerró. Parecía que estábamos ensayando una escena real de El esposo de Bernard Shaw, obra que por esos días estábamos montando en la escuela.

Ni yo ni nadie sabíamos que estuviera casada, así que mi sorpresa fue doblemente grande, me enteré justo en el momento en que ya no podía hacer nada, ni siquiera reprochárselo. Aquello fue un susto mayúsculo, cometí el error de todo principiante, pero ni modo, ya estaba allí, en una situación sin salida, esperando un desenlace fatal.

Desde el armario, alcancé a escuchar, sin entender a ratos, una conversación áspera que por momentos subía de tono, en la que el esposo, o lo que fuera, yo me imaginaba una bestia peluda, le pedía que dejara la escuela en un tono más que imperativo. Al parecer, los estudios de teatro de Carmen eran el tema central de aquella discusión; en un momento él le dijo: “Vamos a tu recámara” —a mis diecinueve años pensé que las cosas iban a ponerse color de hormiga—. Hábilmente, antes de subir a la escalera principal, Carmen le invitó a su marido una copa de coñac, y le dijo que se la tomara mientras ella arreglaba su recámara; increíblemente, el hombre aceptó sin sospechar que alguien estuviera arriba. Carmen llegó a la habitación, abrió el armario, con el dedo índice sobre mi boca me pidió que guardara silencio y en un abrir y cerrar de ojos yo estaba ya en una pequeña azotea, de la que por medio de una escalera de caracol se podía bajar a un patio donde había una puerta que daba a la calle. Pero antes, ella me dio una instrucción precisa y prometedora: “¡Espérame!”. Así que decidí aguardar.

Me quedé con la esperanza de que todo se arreglara de la mejor manera; que despachara a ese hombre que decía que era su marido, pero que en realidad ya no lo era, porque parecía que estaban en el tramo final de una relación de la que Carmen quería escaparse. Por eso me aguanté a lo macho, con el riesgo de que la cosa pasara a mayores. Transcurrió un largo rato de incertidumbre. Escuché que la discusión seguía y que no llegaban a ningún acuerdo. Después de casi una hora, más o menos, el supuesto marido se fue de la casa dando gritos y golpeando las puertas. No me moví para nada. Cuando el silencio se hizo, llegó Carmen toda asustada y me abrazó, lo único que me dijo fue: “Perdóname…”, y me acompañó a la puerta de la calle sin darme ninguna explicación. Nos despedimos esa noche y nunca más volví a verla. Más tarde supe que había filmado tres películas.

Carmen Hermosillo desapareció de la escena y de la Escuela de Teatro, y como por arte de magia apareció Cora, una muchacha modesta cuyo principal atributo era su juventud. Su sencillez me resultaba inquietante, sobre todo después de haber estado al lado de una luminaria. Me costó trabajo volver a mi antiguo anonimato, mi relación con Carmen le había dado a mi vida un halo glamoroso y triunfal que no estaba dispuesto a perder de la noche a la mañana. Cora estudiaba danza, y el teatro para ella resultaba más bien un complemento, no la esencia de su formación.

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