El poeta indecente

El poeta indecente (Adelanto)

Con autorización de Editorial Salto de Página, reproducimos el primer capítulo de El poeta indecente, de Àlex Masllorens, que ya se puede adquirir en librerías de nuestro país.

(1)

Sara Klein se dio cuenta en aquel preciso instante de que había un hombre sentado al final del aula al que no había visto nunca antes. Estaba a punto de finalizar la quinta sesión de su curso sobre la vida y la obra de Oscar Wilde.

Se tocó el pelo, peinándoselo suavemente con los dedos, mientras se daba un pequeño respiro antes de terminar la sesión. Y dijo al fin, mirando fijamente al rostro del desconocido:

«Y llegamos así al 26 de mayo de 1895, el día fatídico en el que un tribunal londinense condena a Oscar Wilde a dos años de prisión y trabajos forzados. Unos trabajos que consistirían en hacer girar con los pies la rueda de un molino, o en dar diez mil vueltas diarias al crank, la manivela de un cilindro metálico, o en desmenuzar sogas hasta convertirlas en estopa. Y estas dos últimas tareas se llevaban a cabo en la soledad y la semioscuridad de la propia celda. Solo había una hora de ejercicio, que consistía en caminar por el patio sin poder hablar nunca con nadie, lo que se castigaba con penas muy severas. La ración cotidiana consistía en una papilla de avena, grasa de riñones y agua y provocaba una permanente diarrea en unos hombres cada vez más escuálidos, que no disponían de letrinas en las celdas».

«Era el castigo que la intransigente sociedad victoriana tenía reservado a quienes osaban cuestionar el orden establecido. Normalmente, la pena la sufrían personas de condición miserable. Por eso resultó especialmente dura y chocante la presencia en la cárcel de Reading de un auténtico dandi, al que tanto habían aplaudido unos meses antes los mismos que celebraron su condena y le retiraron su apoyo tras el juicio. Eso hacía aún mayor el escarnio».

Sara se tomó un tiempo para realizar una mirada panorámica al conjunto del auditorio, mayoritariamente formado por jóvenes universitarios, pero con presencia notable de personas de su misma edad o poco mayores que ella, ya jubiladas. Estaba acostumbrada a hablar en público y sabía administrar las pausas. Concluyó la clase:

«Algunos amigos de Wilde consiguieron, casi un año y medio más tarde, que el coronel Henry B. Isaacson fuera sustituido en la dirección de la cárcel por James Osmond Nelson. Quedó, a partir de aquel momento, nuestro escritor encargado del jardín y de la encuadernación de los tomos que había en la biblioteca; pudo gozar de los libros, de papel y de dos caballetes, en los que con las tablas de su camastro improvisaría un escritorio. Y en esas condiciones escribiría las que para muchos son sus dos mejores obras: la Balada de la cárcel de Reading y la triste, única, gloriosa, magistral, Epistola In Carcere et Vinculis («De Profundis»)».

«De Profundis es al mismo tiempo su declaración de amor y de perdón al niñato consentido y egoísta que le llevó a la cárcel, sir Alfred Bruce Douglas. Pero es también su explicación al mundo, «el único documento que realmente aclara mi extraordinaria conducta respecto a Queensberry y Alfred Douglas, diría el propio escritor».

«Pero todo eso y mucho más podremos comentarlo con detalle en las dos sesiones que todavía nos quedan de este seminario. Les espero a ustedes mañana a la misma hora y les agradezco la atención que han prestado a mis palabras».

La profesora Klein volvió a mirar al desconocido antes de dirigirse hacia la mesa donde había dejado su bolso y su chaqueta de lana, que hacía conjunto con una falda, también negra, por encima de la rodilla. Lucía un jersei fino de cuello redondo, por fuera de la falda. Era una mujer elegante, con buen tipo. Más que bella, continuaba siendo atractiva.

Conversó durante un tiempo con varios alumnos que le pedían aclaraciones o consejos, sin dejar de observar de reojo en ningún momento al hombre que en cierto modo la inquietaba. Él se había puesto en pie y esperaba, pero tampoco había dejado de observarla. Ella se decidió a ir caminando hacia fuera del aula, sin dejar de conversar amablemente con el par de chicas que todavía no habían visto satisfecha completamente su curiosidad por la figura del genio.

Las tres mujeres pasaron por delante del desconocido y se quedaron charlando todavía unos minutos en el pasillo. En cuanto terminó su conversación, Sara se encontró frente a frente con él, que le tendió la mano y se presentó:

—Buenas tardes, señora Klein —dijo con acento extranjero y apretando con fuerza su mano grande, mientras miraba a la mujer a los ojos—. Me he tomado la libertad de asistir hoy a su exposición. Me ha gustado. Merece usted la buena fama que tiene.

—¿Y a qué se debe su presencia, señor…?

—Ziegler, Richard Ziegler, señora Klein. Soy…

—¿Sabe usted que este seminario está reservado solamente a las personas que se han matriculado expresamente en él, señor Ziegler?

—Lo sé. Naturalmente —contestó, muy seguro de sí mismo—. Por desgracia no he podido matricularme. Además… no hubiese podido asistir a todas las sesiones.

—Entonces, ¿a qué se debe el honor de su presencia hoy aquí? —Sara se había empezado a mover en dirección hacia la escalera que conducía al piso de abajo, donde se encontraban la secretaría y la puerta de entrada al centro. Aunque aparentemente se habían quedado solos en la primera planta, Ziegler no le inspiraba temor; parecía un hombre educado y tranquilo.

—Hace tiempo que quiero hablar con usted, pero no había encontrado la ocasión para hacerlo. Usted vive en Estados Unidos y yo en París… Había pensado algunas veces en llamarla por teléfono. Y ¡mire usted por dónde!, nos conocemos en Londres. El mundo es un pañuelo —Richard sonrió tranquilo.

—Su acento no me parece francés, desde luego —observó ella.

—Tiene razón. Soy alemán, pero me gusta vivir en Francia.

—Ah, los franceses… —dudó un momento—. ¿Hay algo en Francia que todavía conserve su grandeur? A mí no me lo parece.

—Es un país en crisis, como casi todos…

Ella no le dejó acabar su frase, parecía que se había puesto melancólica.

—¿Sabe que yo nací en Francia? Viví allí dos años, hasta que murió mi madre. ¡Pobre mujer, no llegó a ver la liberación por la que tanto había luchado! ¡Malditos alemanes! —en ese instante Sara se dio cuenta de que acababa de meter la pata— Oh, disculpe, quería decir ¡malditos nazis!

—No se preocupe, señora Klein, los dos fuimos víctimas de la Alemania nazi. Cada uno a su manera. Sé que los judíos se llevaron la peor parte, pero puedo asegurarle que muchos alemanes sufrimos también consecuencias irreparables. Yo nací, como usted, en 1943 y he cumplido ya los sesenta y cuatro —Richard no dijo nada más. Estaban frente a la puerta de la secretaría del Departamento de Literatura inglesa y Sara tenía que hacer alguna gestión dentro.

—Veo que conoce bien mi currículum… y mi edad —musitó, incapaz de ocultar su contrariedad—. Ahora le ruego que me disculpe. No quisiera resultar grosera, pero tengo un poco de prisa.

—No quiero molestarla —Richard estaba ahora algo más nervioso—, sin embargo es importante que hablemos con un poco de calma antes de que se vaya de Londres. Soy historiador de arte, estoy a punto de publicar una biografía del pintor Toulouse-Lautrec y en mis investigaciones he descubierto algunas cuestiones que tienen que ver con nuestro admirado Oscar Wilde. Creo que pueden interesarle.

—Veo que compartimos algo más que el año de nacimiento, señor Ziegler —lo dijo con más interés intelectual que coquetería. —Existe muy poca documentación sobre la relación personal entre ambos genios. Pero se vieron varias veces. Y no solo en París.

—Me encantará escucharle, pero tendrá que ser en otro momento. Estoy empezando a sufrir por mi retraso. ¿Qué le parece si nos vemos mañana, hacia las seis?

—Es una excelente idea. Le agradezco que sea tan amable, supongo que no le sobra tiempo y que tiene otros compromisos. ¿Quedamos en el French House? Es terreno neutral, o mejor aún, nuestro terreno común. ¿Lo conoce? Es un pequeño pub en el Soho, en Dean Street.

—Sabré encontrarlo, no sufra por mí. Estoy acostumbrada a viajar sola y hasta hoy no me han secuestrado nunca —Sara sonrió por primera vez desde que había empezado su conversación con Richard, pero volvió a ponerse seria en cuanto consultó el reloj—. Hasta mañana, señor Ziegler —entró en secretaría sin ni siquiera tenderle la mano.

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