El monstruo silencioso

El monstruo silencioso. Mi vida con el cáncer (Adelanto)

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Con autorización de Editorial Picaporte, reproducimos un fragmento del libro, El monstruo silencioso. Mi vida con el cáncer, de la autora mexicana, Mariana Rodríguez, y que ya se puede conseguir en librerías de todo el país.

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UN CAMBIO DE VIDA INESPERADO

Abrí los ojos. Quizá eran las 10 de la mañana. A mi lado, de pie, estaba mi doctora. Al verla, de inmediato sentí tranquilidad: supe que todo había pasado y que era cuestión de esperar unos días para regresar a casa. Sin embargo, sólo bastaron unos segundos para que esa idea se esfumara.

—Tu tumor es canceroso, esta tarde hablará contigo un oncólogo —dijo.

En ese instante sentí cómo se agolpaba el miedo, el enojo y la incertidumbre en mi cuerpo; no reaccioné de inmediato.

Entre el 2009 y el 2019, he tenido dos vidas: una en Tulum y otra en la Ciudad de México. Yo nací en la Ciudad de México y a los 38 años me fui a vivir a Tulum, Quintana Roo. Cuando me fui viví diez años en Tulum, ocho años estuve de fijo ahí y los últimos dos, fue un ir y venir de Tulum a Ciudad de México. En diciembre de 2018, había decidido quedarme definitivamente en la ciudad; sin embargo, mi salud colapsó después de haber sido tan sana y mi situación aquí en la metrópoli empezó a no tener sentido, y es que desde que inició el año 2019 empecé a enfermar mucho; mis hijos, que ya tenían tiempo viviendo con su papá en la cdmx, ya no me necesitaban tanto y es que ellos eran la única razón por la que venía a la ciudad, así que decidí regresar a mi paraíso Tulum, pero todo cambió: la tormenta a la que le temía desde niña me alcanzó.

Tenía yo 16 años cuando operaron a mi mamá de un tumor en el seno; resultó canceroso y ella ya tenía metástasis; fueron nueve meses de verla enferma, luchando. Mi mamá trabajaba, ella llevaba años siendo secretaria y en este punto era secretaria de la dirección de Arquitectura en la unam e ir a trabajar, ver a sus compañeras, a los alumnos y maestros la animaba, le daba fuerza, pero las quimioterapias y radiaciones eran más fuertes y poco a poco fueron consumiendo su ánimo, su alegría, su salud y sobre todo sus ganas de vivir. Yo obedecía lo que mi papá decidiera; a veces me pedía que no molestara a mi mamá y la dejara descansar. Cuando eso pasaba, me sentía triste y me iba a otro cuarto. Recuerdo que en ese entonces sonaba a cada rato la canción “Chiquitita”. Al escucharla, me ponía a llorar, pues a mi mamá también le gustaba. Cuando estábamos solas, yo solía maquillarla, peinarla y vestirla porque ella, aun enferma, era vanidosa y le gustaba sentirse bonita. Con ese acto comencé a aprender acerca de la importancia de no dejarse caer, pues incluso cuando se sentía mal, ella no permitía que el día comenzara sin bañarse y arreglarse debidamente. Recuerdo una vez que ella descansaba en su recámara, mientras mi papá y yo comíamos en el piso de abajo. De repente, escuchamos un golpe en el baño. Corrí y me percaté de que la puerta estaba cerrada con seguro. Me asomé por un pequeño espacio y alcancé a notar que mi mamá estaba tirada en el piso. Como pude, forcé la puerta y entré. La levanté, mi papá me ayudó y la llevamos a la cama.

Es muy difícil y duro ver a tu mamá o a algún pariente o familiar, al que amas mucho, en esas condiciones. Revivo mi dolor al verla así, cuando ella era muy alegre, bromista y divertida. También era estricta, claro, pero lo que predominaba en ella era su sonrisa. Rememoro lo divertido que era estar a su lado, la mayoría de las veces. Por ello, verla a punto de morir, en un estado de debilidad, era muy doloroso. Nos tocó vivir esa Navidad en casa de sus hermanos, fue la Navidad más triste que yo recuerdo. Me sentía impotente porque yo pensaba que todos deberíamos de actuar felices de estar juntos esa noche, pero no, las personas que rodeábamos a mi mamá estábamos deprimidos, tristes. Esa noche que regresamos a casa, unos amigos fueron a buscarme para ir a una fiesta y mi papá dijo que no, simplemente no me dio permiso porque él creía que como mi mamá estaba enferma era imprudente irme de fiesta, como adelantando un velorio (sarcasmo). Mi mamá le argumentó que yo necesitaba distraerme y divertirme, que ella me otorgaba el permiso. Mi papá guardó silencio. Así que acepté la invitación de mis amigos, me fui y debo decir que es una de las tantas cosas que agradezco a mi mamá y su peculiar forma de pensar y de ser y es que recuerdo que llegamos a una casa donde había mucha gente, bailaban, y yo… tenía tanto tiempo sin bailar, ¡Amo bailar! Había la música de moda, rock de los 80’s, así que bailé y bailé, disfruté, reí bastante, sinceramente la pasé muy bien, por unas horas olvidé la tristeza y miedo que me embargaba, pero también quiero decir que esos amigos que me invitaron sabían lo que estaba yo viviendo, así que también se los agradezco mucho porque sé que fue con la intención de sacarme de esa situación tan dolorosa.

Pasando enero de 1988 poco a poco se fue apagando la luz, el brillo de mi mamá. Si yo hubiera sabido en ese tiempo que reír y el buen humor elevan la serotonina, la adrenalina y todos los químicos de la alegría, hubiera hecho todo por generárselos, pero no fue así. Yo estaba rodeada de personas que, al igual que ella, moríamos de miedo. Recuerdo que, cuando no había amigos visitándola, la casa estaba triste. Ella sólo quería dormir y se lo permitían. Ahora sé que, si en vez de eso la hubiéramos llevado al cine, a la feria, al campo y a lo que ella disfrutaba, probablemente hubiera sido diferente. Como expliqué antes, tenía metástasis, así que muy probablemente iba a morir pronto; sin embargo, ahora puedo afirmar que el estado de ánimo de las personas que rodean a personas enfermas de cáncer (o cualquier otra enfermedad difícil de soportar) afecta en gran medida al enfermo, ya sea positiva o negativamente.

El sábado 19 de marzo de 1988, yo tenía clase de natación a las 7:30 de la mañana. Mi papá me llevó, pero al llegar nos percatamos de que la acuática se encontraba cerrada. Regresamos a casa. Al estacionarse, me bajé del coche, caminé hacia la puerta adelantándome a mi papá y, antes de llegar a la reja de entrada, un colibrí se mantuvo frente a mí, aleteando, a menos de treinta centímetros, frente a mis ojos. No fue mi imaginación: me dio un mensaje, en ese instante, en mi pensamiento, visualicé la muerte de mi mamá. Supe que estaría bien, que por fin descansaría. El colibrí seguía batiendo las alas. Mientras nos veíamos, al mismo tiempo recibía ese mensaje. Después voló. Entré a mi casa, dejé mis cosas en la sala y subí a ver a mi mamá, durante algunas horas no me despegué de ella, pero ya no me reconocía. En algún momento del día, ella levantó la mano y dijo: “adiós gordito”, no supe a quién se refería, si a mi papá —que así le decía— o a su hermano que ya había muerto y también lo llamaba así. Durante el día recibimos la visita de amigos.

Al caer la tarde, noté que yo tenía mucho dolor en la garganta y jaqueca; mi mamá era quien tenía estos síntomas, por eso le pedí a Dios que me diera sus dolores, pero que ya la dejara descansar. Me retiré a mi recámara y me dormí. Al despertar, seguían en mí los mismos dolores; sentí los dolores de garganta y jaqueca que mi mamá había tenido anteriormente a que me durmiera y al mismo tiempo escuché en su cuarto, el grito de su hermana y mi papá diciendo: ¡no! Fui y ella ya descansaba. A partir de ese momento, recuerdo haber visto todo como si yo estuviera flotando, desde arriba. Todos se bajaron y la dejaron sola. Entré en su cuarto y la vestí con un vestido que a ella le gustaba mucho, la maquillé, la peiné y me acosté a su lado, tomando su brazo para que me abrazara. Me quedé dormida en su regazo hasta que escuché a la doctora regañar a mi padre por no haberme puesto atención, me metieron a mi recámara y solo vi a dos hombres subir por ella…

Así fue como viví mi primer encuentro con el cáncer. Esa fue la razón por la que, después de tener a mis hijos, fui sumamente responsable en todos mis estudios ginecológicos de rutina, esto significaba ir cada año a hacerme el papanicolau, ultrasonido mamario, mastografía, colposcopia sin falta. Sufrí tanto al ver a mi mamá, cómo se fue debilitanto en las garras de ese monstruo silencioso, que lo primero que yo quería es que mis hijos no sufrieran lo mismo que yo, por mi falta de responsabilidad con mi salud. Me refiero a que si estaba bajo mi control asistir a todos mis estudios en el tiempo, lo hacía. Si bien es cierto que existen estos factores que podrían disminuir los riesgos de sufrir cáncer, la verdad es que no depende en absoluto de nuestra forma de vivir. Por ello tampoco era una opción paralizarme de miedo ante los posibles resultados de cada estudio de rutina.

A pesar de todo ello, el 3 de mayo del 2019 me encontraba en una cama de hospital, era un sábado y mi operación era un simple tumor benigno, estaba feliz porque el martes regresaría a mi selva, a mi mar, a mi aire puro, pero resultó que mi tumor era canceroso, ¿acaso la vida se divierte conmigo? Por lo pronto, la visita de mis dos primeras amigas resultó muy emocional: lloramos y nos dijimos palabras de cariño y empatía por completo sinceras. Sí les diré que entré en shock, de lo cual, por supuesto, me di cuenta meses después; yo no era consciente de que estaba en shock, así que lloré sentada en mi cama del hospital pero sin entender exactamente lo que estaba pasando, por lo que se activaron mis alarmas de defensa favoritas: la risa, las bromas y el buen humor. Estaba convencida y siempre lo estaré de que, gracias al diplomado de reiki que tomé a partir de febrero de ese mismo año, 2019 activé una nueva alarma de defensa, ya que a partir de ese momento en que supe que tenía cáncer sólo me concentré en el momento en que estaba; no permití que mi mente jugara conmigo haciéndome sentir miedo o preocupación por el futuro.

Así que creo que fue el miedo a no sufrir lo que ya he contado de mi mamá la razón de que me operaron a tiempo y es que, aun cuando me hice mis estudios de rutina, todo indicaba que estaba bien, pero yo sentía que no era así debido a una bolita que podía palparme en el seno derecho. Después de tanto insistir en estudios, fue que mi doctora, por medio del tercer ultrasonido que me realicé, pudo detectar un tumor benigno, pero necesario de cirugía debido a que estaba pegado al músculo. Y bueno, me operó y el panorama es que se tratara de una cirugía ambulatoria. Sin embargo, al abrir, mi querido lector, ocurrió lo que desde el principio de este capítulo ya sabes. Pero vayamos al principio de los hechos y te daré más detalles acerca de lo que nos tiene aquí reunidos en este libro que escribo para ti.

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