El hombre que iba a casa del dentista

El hombre que iba a casa del dentista (Adelanto)

Con autorización de la editorial Biblioteca Nueva, compartimos uno de los cuentos que conforman el libro, El hombre que iba a casa del dentista, del autor español, Enrique Jardiel Poncela, mismo que ya se puede adquirir en librerías de nuestro país.

El director del Manzanares Herald

(Historia de una visita)

Me quedé lívido cuando, al entrar en mi casa, me dijeron:

—Ha estado a verte el director del Manzanares Herald.

—¿Es posible? —rugí, dando un salto de canguro—. ¿Es posible? —vociferé, trepando por el trinchero—. ¿Es posible? —aullé, sentándome a horcajadas en el copete.

—¡Baja de ahí! —me gritaron—. Sí que es posible. Ha estado a verte. Mira la tarjeta de visita que ha dejado el director.

Miré hacia la tarjeta, pero no acertaba a leerla desde la altura del copete. Pronto la doncella entró en el comedor, trayendo unos gemelos de campaña; me los echó a voleo y con la ayuda de los gemelos leí la tarjeta. Era, efectivamente, del director del Manzanares Herald.

Y solo entonces me decidí a bajar del copete entre cuatro saltos, dos desolladuras en la mano y una emoción en el alma.

* * *

Ya comprenderéis que tardé en presentarme en la dirección del Manzanares Herald lo que tardó en conducirme allí un taxi de 0,40; es decir, tres pinchazos.

El Manzanares Herald, acabado de fundar, era lo que se dice un «rotativo a la moderna». Yo había oído hablar mucho de él. Sabía que la construcción de su edificio había costado tres millones de pesetas; sabía que en él funcionaban cuatro salas de máquinas, seis redacciones, tres talleres de foto-roto-hueco-piro-cupro-tricograbado y diecinueve ascensores; sabía que contaban con piscina de natación, bar, teatro, salas de armas y de boxeo, estanco, librerías, bodegas, campos de tennis y de fútbol, restaurant, cocinas, cabaret, casa de préstamos y jardines de invierno; sabía que sus máquinas vomitaban 350.000 ejemplares por hora, los cuales no se diferenciaban unos de otros ni en una sola línea; sabía que allí todo era seriedad, rigidez, formalidad y, por último, había oído decir…

Había oído decir algo terrible, algo espantoso.

¿Os empeñáis en saberlo?

Pues bien, había oído decir que los gastos de construcción e instalación del periódico y de sus dependencias fueron tan enormes que en la actualidad la única cosa que no tenía el Manzanares Herald era dinero. Se afirmaba que desde hacía un año la Empresa disponía únicamente de nueve pesetas y que esas nueve pesetas eran defendidas por el director —para evitar que se las llevasen— con un heroísmo que habría hecho palidecer de envidia a Álvarez de Castro, a don Santiago Sas y a Amílcar Barca.

En esas condiciones llegué al edificio del Manzanares Herald.

* * *

Yo.—¿El señor director?

Un botones.—Me parece que no está.

Yo.—¿Quieres preguntar a ver? Soy el señor Jardiel Poncela.

Un botones (A otro botones.).— ¿Está el director?

El otro botones.—Salió ayer en viaje de recreo hacia las Islas Filipinas. Preguntaré por teléfono a su despacho. (Telefoneando.) El director está en Filipinas, ¿verdad?

Yo.—¿Qué dicen?

El otro botones.—Dicen que está en Australia.

Un conserje (Apareciendo por la puerta del ascensor.).—¿Quién pregunta por el director?

Un botones (Señalándome.).—Este caballero.

Un conserje.—Lo siento de veras, señor. Pero las horas de «caja» son de cuatro a cuatro y cinco de la madrugada.

Yo.—No vengo a cobrar. Vengo a ver al director, que me ha llamado.

Un conserje.— Muy bien. ¡Emilio!

Emilio (Otro conserje, apareciendo por la puerta del otro ascensor.).—¿Qué hay?

Un conserje.—Este caballero quiere ver al director.

Emilio.—El director está en Noruega.

Un conserje.—Es que… (Le habla al oído a Emilio.)

Emilio.—¡Ah, bueno! (Dirigiéndose a mí.) ¿Quiere usted escribir en este papel su nombre y el objeto de la visita?

Yo.—Sí, señor. (Obedecí.)

Emilio.—Muy bien. Tenga la bondad de esperar… (Pasé a un salón contiguo, cerraron la puerta y me dejaron solo.)

Así permanecí dos horas y cuarto. En ese tiempo percibí fuera ruidos extraños. Varias voces diferentes pronunciaron la misma frase en todo airado: «¡Vengo a cobrar!» Y después de oírse esa frase, se oía un golpe sordo, un «¡ay!» lúgubre y sonaba algo así como el arrastrar de un cuerpo sobre el parquet. En algunos momentos tuve miedo, pero procuré rehacerme.

Al cabo un caballero muy fino entró y me dijo:

—Sígame usted. El director le espera.

Tomamos cuatro ascensores distintos, abrimos once puertas, traspusimos siete escaleras y llegamos a una galería solitaria. Mi conductor se acercó a la pared y pronunció esta contraseña extraña:

—Nueve pesetas y ochenta y cinco céntimos.

Del otro lado de la pared una voz de timbre agradable contestó con otra contraseña no menos rara:

—Defenderlas hasta morir.

Y en seguida se abrió en la pared una puerta hasta entonces invisible y me encontré en el despacho y frente al propio director del Manzanares Herald.

* * *

Le conocía de haberle visto retratado en varios periódicos. Era un hombre todavía joven, optimista, simpatiquísimo y muy mundano. Al verme, me abrazó:

—¡Mi querido amigo! ¡Mi admirado amigo! ¿Cómo le va? Nunca me perdonaré haber ido a su casa en una hora en que usted no estaba en ella. ¿La salud bien? ¡Oh! No sabe cuánto me alegro. ¡Cómo le admiro! Le leo siempre. Es usted un genio. En otro país ya le habrían levantado una estatua. Siéntese. ¿Quiere un cock-tail? ¿O un whisky? ¿Nada? ¡Es desolador! Por lo menos un cigarro… ¿Es que no me va a aceptar un cigarro?

—¿Un cigarro? Bueno, eso sí.

El director sacó un habano de un cajón de su mesa y me lo tendió. Cuando ya casi lo tocaba con los dedos, retiró el cigarro, se lo guardó en el bolsillo y murmuró con mal gesto:

—¡Vaya! Me llaman de la Gerencia. ¿No ha oído usted el timbre? Con permiso. ¡Qué fastidio! Ahora vuelvo.

Se marchó. Volvió al poco rato, ya alegre otra vez.

—¿A que no acierta —me dijo al entrar— para lo que le he llamado?

—Confieso que no.

—Se lo diré de un golpe. El Manzanares Herald desea contarle entre el número de sus colaboradores.

La noticia era tan agradable que se me olvidó por completo aquel cigarro que no había llegado a fumarme.

—Le agradezco vivamente —murmuré— esta decisión que…

Pero el director me cortó en el acto:

—No hable usted de agradecimientos. La justicia no espera recompensa: premia o castiga. Usted es un artista extraordinario y el Manzanares Herald cuenta con todos los artistas extraordinarios del mundo.

—Muchas gracias.

—Hablemos de precio. ¿Qué le parece a usted ciento veinticinco pesetas por cuento o artículo?

—Muy bien.

—Pues en eso quedamos.

—¿Y cuántos artículos al mes?

—Los que usted quiera.

Yo estaba encantado. ¿Quién era el miserable que había hecho correr la voz que el Manzanares Herald no tenía dinero?

Fui a decir algo; pero en aquel momento, abriéndose de un golpe la puerta secreta que daba a la galería, vomitó en el despacho a un individuo alto, fuerte, encrespado y arrollador. Era el dibujante Rabigussi, a quien yo conocía mucho.

—¿Qué creía usted? —gritó Rabigussi, indignado, encarándose con el director y sin verme a mí siquiera—. ¿Crecía que no iba a poder llegar hasta usted? ¡Pues ya ve que se equivoca! ¡Vengo a cobrar ese pico de siete pesetas que se me debe desde hace ocho meses! ¡¡Y lo cobraré, aunque tenga que llevarme al hombro una rotativa!! ¡¡Es una cuestión de honor!!

Miré al director, esperando una tragedia. Pero el director sonreía dulcemente.

—¡Qué demonio de Rabigussi! —murmuró—. Siempre con sus bromas. Cualquiera que no le conozca pensará que habla en serio. Tome, firme usted el recibo de esas pesetillas. Yo mismo se las abonaré, pues no vale la pena que para eso moleste al cajero. ¿Un cigarro?

Y le alargó a Rabigussi un cuaderno de recibos y el mismo cigarro que me había ofrecido a mí antes. El dibujante cogió ambas cosas, dejó el cuaderno en la mesa y se dispuso a firmar el recibo. No tenía pluma. El director le quitó el cigarro de la mano y, en su lugar, puso un lapicero.

—Firme, Rabigussi.

Y mientras el otro firmaba, se guardó el cigarro. Después sacó de su bolsillo siete pesetas y se las dio al dibujante.

—Ahí tiene. ¡Asunto resuelto!

Me cogió por un brazo y me llevó junto a un ventanal, mientras Rabigussi hacía sonar las monedas en la mesa, con una desconfianza un poco repugnante.

—Quedamos —me dijo— en que a veinticinco duros artículo, ¿no?

—Eso es.

—¿Quiere usted firmar ahora mismo un anticipo? Se lo daré de mi propio bolsillo. Ya me lo abonarán a mí. ¿Le basta con mil pesetas? Tómelas.

Y me dio un billete de mil pesetas.

Estaba yo tan entusiasmado que le hubiera besado en la frente.

A continuación, el director, con una encantadora frivolidad, me dijo:

—¿Usted no sabe hacer juegos de manos?

—No, señor.

—Yo, sí. Verá usted. ¡Una, dos, tres! El billete que le he dado ha pasado a mi poder.

Miré mi cartera. Efectivamente: el billete ya no estaba allí. El propio director lo tenía en la manga.

—¡Es extraordinario! —alabé con calor.

—Ahora —dijo el director— voy a hacer lo contrario. Me guardo el billete en mi bolsillo. Ya está. ¡Un, dos, tres! ¡¡Ya!! Y el billete ha pasado a su cartera.

Fui a comprobarlo; pero no me dio tiempo. Un timbre sonó apremiante.

—Ustedes dispensen. Otro día hablaremos. Me llaman —nos dijo el director—. Adiós, admirado Jardiel. Ya sabe usted: veinticinco duros artículo y un anticipo, entregado ya, de mil pesetas. Adiós, querido Rabigussi. ¡Ah! A propósito. ¿Quieren ustedes dar algo para la suscripción abierta por las víctimas del huracán de Borneo? Supongo que no se negarán. ¿Qué menos que un par de duros?

—¡Claro! Qué menos… —dije yo.

Y entregué mis dos duros. Rabigussi dio las siete pesetas que aún conservaba en la mano y tres más de su peculio.

En un abrir y cerrar de ojos nos encontramos empujados a un ascensor que nos dejó en la calle.

Rabigussi lloraba:

—¡Es imposible, es imposible! ¡No hay manera de sacar un céntimo de esta casa! Ya ve usted; aun he perdido tres pesetas.

—Exagera usted, Rabigussi —le dije—. A mí me han dado un anticipo de cuatro mil reales.

Intenté demostrárselo, pero las mil pesetas no estaban en mi poder.

Por lo visto, al director del Manzanares Herald le había salido mal el segundo juego de manos y le fue imposible introducir el billete en mi cartera.

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