El grafópata

“El grafópata padece la escritura como una enfermedad, pero una de la que no desea curarse”: Gonzalo Lizardo

Por: Raúl Armenta Asencio

El autor mexicano, Gonzalo Lizardo, tuvo un 2020 muy ocupado con la publicación de dos libros, Memorias de un basilisco, y El grafópata. O el mal de la escritura, este último bajo el sello de Ediciones Era.

Se trata de un volumen de ensayos en el que el autor habla sobre obras que le apasionan y que transmiten al lector ese amor por distintas formas de arte, invitándolo a sumergirse en ellas.

A propósito de El grafópata, hablamos con Gonzalo Lizardo.

¿Qué nos puedes contar de tu más reciente libro, El grafópata? ¿Cómo surgen los textos que lo conforman?

El grafópata es una selección de ensayos sobre literatura, cine y música que escribí a lo largo de veinte años como producto de mi trabajo docente, mis investigaciones o mis actividades de difusión. A diferencia de otros autores, que detestan los “trabajos por encargo”, a mí me gusta presentar libros ajenos, hacer reseñas de novedades, participar en congresos, escribir crítica para revistas. Es mi manera de hacer “retribución social” frente al público y a mis colegas, que además me mantiene al tanto de la vida artística y me obliga a hacer lecturas adicionales que enriquecen mi escritura. Cuando me di cuenta que tenía material para una o dos antologías empecé a ordenarlos y vi que varios giraban en torno a la escritura, en torno a los desafíos que implica el oficio, en apariencia simple, de aprehender el mundo y de expresarlo mediante el lenguaje. Pero también hablaban de mí, implícitamente: de las circunstancias que he vivido mientras estudiaba, leía, me enamoraba, escribía o cuidaba a mis hijas

Para los que no conocen el término, ¿qué es un grafópata? ¿Y por qué el subtítulo: “o el mal de la escritura”?

Originalmente, el grafópata es una persona que se obsesiona en coleccionar dibujos o papeles manuscritos. Sin embargo, yo le di un significado más simbólico, inspirado en Salvador Elizondo y su concepto de “grafógrafo” (es decir, “el que escribe que escribe”). Muchas veces me han preguntado por qué escribo o para qué escribe la gente, como dándome a entender que hay ocupaciones menos ociosas. Después de mucho pensarlo descubrí que escribo porque no puedo evitarlo: por una especie de adicción que me predispone a la escritura y a la lectura. En un primer momento pensé en usar el término “grafómano”, pero me parece que tiene connotaciones “maníaticas” que la relacionan con la locura, mientras que “grafopatía” sería más bien un afecto del ánimo, una predisposición lúcida del alma. En resumen, la escritura es un “mal”, pero no en el sentido de “malignidad” sino en el sentido de “padecimiento”. El grafópata padece la escritura como una enfermedad, pero una enfermedad de la que no desea curarse.

En el primer ensayo hablas de cómo ha cambiado la forma de ver a los autores, especialmente en los últimos años, ¿a qué se debe esto?

La figura del autor cambia porque la sociedad cambia. En estos tiempos posmodernos no se pide a los artistas, a los músicos, a los poetas, lo mismo que el siglo o el milenio pasado. Su función es histórica: depende de los modos de producción, de la ideología, pero también de los mismos creadores, de su conciencia o de su falta de consciencia social o estética. En el Renacimiento, por ejemplo, los poetas tenían que ser cortesanos al servicio de los reyes, los obispos o los mecenas. En el siglo XIX se impuso la figura del escritor-político que ocupaba cargos públicos y no dudaba en tomar las armas para defender sus ideales. El siglo XX vio nacer la figura del escritor-funcionario que escribía a las sombras de la burocracia, pero también la del escritor-intelectual que luchaba por causas sociales y políticas. En la actualidad la situación es confusa porque no puede hablarse del “autor” como si fuera un sujeto unívoco y constante: los autores —como todos los seres humanos— somos múltiples y volubles. Y, para colmo, se han multiplicado las exigencias y prejuicios hacia el artista, se les exige que sean amenos pero también profundos, que no pidan becas y que no protesten cuando alguien les piratea sus libros, que sean contestatarios pero políticamente correctos, con una vida y una moral intachables tanto diacrónica como sincrónicamente. “Mejor deberíamos dedicarnos a plantar árboles”, decía un colega, y eso suena sensato, si no fuera porque algunos somos muy tercos: grafopatológicos.

A lo largo del libro hablas sobre los lectores y lo que se lee. ¿Podríamos decir que gente que lee sagas como Harry Potter, Juego de tronos o Cincuenta sombras de Grey son lectores?

Por supuesto que sí. Hay muchos tipos, niveles, formas de lectura, y ninguna es mala en sí misma. Hay quienes leen obras maestras pero lo hacen tan torpe o perversamente que su lectura produce monstruos. Y también quienes leen libros malos pero lo hacen con tanta perspicacia que su lectura resulta iluminadora. Siempre ha existido la literatura de evasión, barata y banal, que se vende fácilmente porque existe, obviamente, un público ávido de evasión barata y banal, como también existen públicos muy exigentes, muy informados, que requieren y exigen una literatura más rigurosa. Por otra parte, los límites entre la “alta” literatura y la “baja” son confusos, lo mismo que los criterios que miden el nivel de lectura por criterios cuantitativos: leer muchos libros no te garantiza que seas un gran lector.

Estudiaste ingeniería química y fuiste al seminario, ¿cómo influyen estas formaciones en tu escritura?

Fueron decisivos esos dos períodos, uno para entender la religión, otro para adentrarme en la ciencia. Gracias al seminario conocí mejor la Biblia y tuve mis primeros acercamientos a la filosofía, por eso, aunque dejé de ser católico, pude intuir cómo funcionan los mitos, las normas, las tradiciones que configuran el pensamiento y la cultura occidentales. Por otra parte, al estudiar ingeniería química adquirí las bases de una formación científica me ha servido muchísimo al momento de escribir, no sólo porque me proporciona temas y argumentos, sino también porque me inculcó una visión amplia y coherente del mundo, además de que me proporcionó una disciplina mental que algunos escritores desdeñan, como si el rigor intelectual mermara su imaginación. A veces, sólo a veces, lamento no haber estudiado letras, filosofía o historia, pero luego pienso que eso hubiera sido contraproducente, casi endogámico, al momento de escribir mis libros. Me gusta tener una formación así, dispersa, en un mundo que promueve la hiper especialización, que se ha convertido en una forma de vedar el conocimiento. Contra el refrán que dice “El que mucho abarca poco aprieta” prefiero invertirlo, con base en mi experiencia: “El que mucho aprieta poco abarca”. Quisiera abarcarlo todo, aunque sea por encima, antes que apretar mi formación en torno a un solo tema, una sola disciplina, una sola forma de ver el mundo.

¿Estás trabajando en otro libro actualmente?

Recién terminé el borrador de una novela negra, Amanda o las moscas del alma, que habla sobre la espinosa relación entre el crimen y el mundo del arte. Fue emocionante escribirla, pero tengo mis dudas sobre el resultado final y no espero publicarla pronto: quiero dejarla reposar algunos meses, antes de releerla con mayor distancia crítica. Mientras tanto estoy escribiendo “por entregas” un libro de ensayos pequeños, de dos cuartillas, que he publicado semanalmente como columna en una revista virtual. Su título es Las glosas y los azares y en él quiero poner a prueba el concepto de “neobarroco”, entendido como un estilo de creación artística y pensamiento filosófico propio de Hispanoamérica. Ese tema ya lo había empezado a explorar en un libro anterior, El demonio de la interpretación, donde planteé una teoría personal sobre la hermenéutica “hermetista”. Ahora me interesa poner en práctica esa hermenéutica con casos y obras concretas. Supongo que este libro lo terminaré en el transcurso del próximo año, que ojalá sea menos desquiciado que el 2020.

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