El color del asesinato de Bee Larkham

El color del asesinato de Bee Larkham (Adelanto)

Por cortesía de Lince Ediciones, publicamos un fragmento de El color del asesinato de Bee Larkham, de la autora británica, Sarah J. Harris, mismo que ya se puede adquirir en librerías de todo el país.

Capítulo 11

MIÉRCOLES (BLANCO DENTÍFRICO)

Todavía esa misma tarde

NOS SEPARAMOS COMO una manzana partida por la mitad, escupiendo pepitas negras y brillantes. Le sugerí a Lucas que saliera primero del laboratorio de ciencias para evitar que los espías informaran al director o a la policía de nuestra reunión clandestina. Esperé cuatro minutos y catorce segundos antes de dirigirme directamente a la revisión médica, el único destino posible.

Devolví en cuanto entré, antes de que la enfermera tuviera tiempo de levantarse de la mesa y mucho menos de pasarme un cuenco de papel. Eso me hizo sentirme aún peor, porque últimamente he dado a la gente mucho trabajo recogiendo vómitos.

Creo problemas allí donde voy.

La enfermera y yo llevamos cinco minutos discutiendo, su caléndula oscura contra mi azul frío.

No te puedo dejar ir solo a casa. Primero tengo que localizar a tu padre.

Mi padre tiene una reunión importante y no se le puede molestar.

Volveré a intentarlo.

Tendrá el teléfono desconectado. Tengo llave. Puedo entrar solo. Lo hago muchas veces. Tengo vecinos que se ocupan de mí.

Eso es mentira, pero también es bastante improbable que ella conozca a nadie de mi calle.

Quiero meterme en mi guarida, lejos de las ventanas acusadoras de la casa de Bee Larkham, hasta que los colores brillantes que me apuñalan el cerebro dejen de lanzar destellos.

Necesito librarme de la imagen que tengo en mi cabeza del bebé de la tripa de Bee Larkham, el bebé que maté cuando la maté a ella. Aquel día asesiné a dos personas, no solo a una, como creía.

Evidentemente, a la enfermera no se lo puedo contar. Está marcando el número de papá otra vez. Mi voz ha subido de tono, un azul más blanco y escamoso.

Me duele la tripa. Esta noche le diré a papá que me lleve al médico. Conseguiremos un justificante. Me tomaré una medicina. Lo prometo.

Mientras ella deja otro mensaje en el móvil de papá, en mi cabeza se dan caza pensamientos malos, horribles, que me incitan a desgarrar el agujero de la tripa. Ningún médico puede arreglar esos sentimientos con una receta.

La verdad es que no puedo confesarme a la enfermera. Las palabras se me agolpan en la boca; mi cerebro alberga pensamientos aleatorios. Unos no pueden salir y otros no quieren aceptar lo que han hecho y revelar sus colores.

Ella no lo entenderá, ¿cómo podría?

Su teléfono suena rosa chicle y ya está hablando otra vez. Tengo que llegar a mi guarida y refugiarme bajo las mantas. Cerraré los ojos, me envolveré en la rebeca de mamá y fingiré que está tumbada a mi lado, hablándome de los colores y de las formas que ve mientras escucha música clásica sola de noche cuando papá no está.

La enfermera cuelga el teléfono.

—Espera aquí, Jasper. Un alumno con asma me necesita ahora mismo. Buscaré un profesor de apoyo para que se quede contigo mientras viene tu padre.

Obedezco.

La puerta se cierra y espero veinte segundos.

Desobedezco.

Echo a correr.

***

No sé cómo he conseguido llegar hasta aquí. No me refiero a este terrible momento de mi vida, con trece años, cuatro meses, veintisiete días y cinco horas. Quiero decir el trayecto físico a mi casa después de franquear como una exhalación las puertas del colegio: las calles que he atravesado, la gente con la que me he cruzado. Agradezco que mis piernas forzaran la marcha como soldados al rescate de un compañero herido detrás de las líneas enemigas. Se movieron sin que yo diera las órdenes.

Me trajeron hasta aquí, Pembroke Avenue, donde finalmente me detengo a recuperar el aliento. Mi aliento son líneas cortas e irregulares de azul intenso. Me laten la mano y la rodilla. Una rápida inspección revela que me he rasgado los pantalones. Tengo sangre en la rodilla y un rasguño en la mano. La tripa me arde con estrellas de plata puntiagudas.

No recuerdo tropezar y caer. Ni ponerme en pie. Ni echar a correr otra vez.

Pero no importa, porque casi estoy en casa. Llevo el botón en la mano; no lo he soltado al caer. Doblo la esquina hacia Vincent Gardens y lo veo inmediatamente: el coche de policía aparcado en la puerta de la casa de Bee Larkham.

Las piernas se me paran en seco y abandonan la misión de rescate. No pueden continuar. Sería mucho pedir de cualquier soldado, incluso de un real infante de Marina.

Ríndete.

Es lo que las piernas me gritan silenciosamente.

Entrégate sin oponer resistencia.

Una vez papá le dio esa orden a un soldado enemigo.

Me recuesto sobre una farola para reunir fuerzas y reanudar mi fatídica expedición. Finalizará a unos cuantos metros, con la agente de coleta rubia que está de pie junto al coche. Avanzo dando tumbos en su dirección.

Ella aún no lo sabe, pero va a resolver el misterio de por qué nadie puede encontrar a Bee Larkham.

Coleta Rubia no me ve acercarme; está hablando por radio, probablemente consultando a Richard Chamberlain, resumiéndole la situación. Otro agente recorre a zancadas el caminillo de entrada hasta la puerta principal de Bee Larkham y llama ruidosamente.

—Señorita Larkham. Es la policía. ¿Está usted ahí? Abra, por favor. Tenemos que hablar con usted urgentemente.

Detrás de la puerta principal hay un recibidor pintado de azul aciano con colgadores rebosantes de abrigos; una maleta negra, que Bee dijo que había atiborrado con ropa llamativa, idónea para despedidas de soltera, y un felpudo con la inscripción «¿Quién te ha invitado?».

—Ejem. Hola, Jasper.

Un hombre aparece ante mí, bloqueando el camino con sus palabras amarillo natillas. Tira un cigarrillo y lo apaga con un zapato de ante negro.

—Te he visto de acá para allá con tu padre. ¿Sabes quién soy?

La garganta se me contrae. Tengo arcadas. Si no se aparta, este señor corre grave peligro de sufrir daños vomitivos colaterales. Intento esquivarlo, pero se mueve a su vez.

—¿Te encuentras bien? Estás blanco como una sábana.

Eso no es ni remotamente posible. No puedo parecerme a una tela de algodón extendida.

Alarga la mano. No sé qué va a hacer con ella. Retrocedo. Quizá pretende atacarme.

Vuelvo a mirarle. Probablemente es un inspector vestido de paisano que trabaja con los dos agentes de uniforme. Han venido a por mí mientras papá está en la oficina, lo cual es ladino. Me imagino a un abogado de una de las series de televisión de papá gritando: «¡Inadmisible!».

—¿Os ha enviado Richard Chamberlain? —pregunto.

—¿Quién?

—¿Os ha enviado para arrestarme?

—¿Cómo? No. ¿No me reconoces?

Muevo la cabeza de un lado a otro en señal de negación porque no conozco a nadie con voz amarillo natillas que lleve zapatos de ante negro y calcetines inconfundibles de lunares rojos y negros.

—Lo siento, no nos han presentado como es debido. Soy Ollie Watkins. Vivo al otro lado de la calle mientras arreglo las cosas de mi madre y vendo su casa.

Señala la casa que tiene una aldaba enorme y florida con forma de búho en la puerta.

—Os vi a ti y a tu padre en la calle hace unos meses cuando David se quejó a Bee del ruido de las cotorras —dice—. Probablemente no lo recuerdes… No he llegado a conocer a muchos de los vecinos, he estado bastante encerrado.

Sí que me acuerdo. Este es Ollie Watkins, al que no le gusta la música alta ni Ibiza y que no sale mucho porque ha estado ocupándose de su madre moribunda, Lily Watkins. Ella vivía en el número 18 y era amiga de la madre de Bee Larkham, Pauline, la del número 20.

Llevo siglos sin ver a nadie entrar ni salir del número 18, pero sé que todavía hay alguien porque las luces se encienden y se apagan. Ahora la señora Watkins ha muerto, quizá por eso a Ollie Watkins le dejan salir otra vez.

Hace once días vi el coche fúnebre aparcado delante de Vincent Gardens 18, lleno de delicadas flores rosas y blancas. No son mis colores favoritos. No presté demasiada atención porque fue el día que vi de cerca por primera vez las crías de cotorra.

—Mi madre murió de cáncer —le digo—. Era azul cobalto. Al menos eso creo. Es lo que papá dice que recuerdo. No estoy seguro de que me diga toda la verdad al respecto.

Respecto a nada.

—Lo siento —responde Ollie Watkins—. Me lo dijo tu padre.

—¿Lo del color de mi madre? ¿Que era azul cobalto? ¿Es lo que dijo? ¿Seguro?

—No, de eso no sé nada. Quiero decir que hablamos de la muerte de tu madre. Se portó bien conmigo cuando mi madre murió. Es duro perder a una madre, tengas la edad que tengas.

—¿Se portó bien?

—Y además me ayudó con la logística de la muerte, ya sabes, ordenar papeles y publicar una esquela en el periódico local. Claro, él ya lo ha hecho antes, mientras que yo no sabía ni por dónde empezar.

La logística de la muerte.

Nunca había oído a nadie expresarlo así.

—A mí no me dejan ir a entierros. Puedo molestar a la gente y eso estaría mal. Para ellos.

Tose.

—Perdón.

—El tabaco te hace toser.

—En realidad, tuve una infección respiratoria hace unos meses. Espero no recaer. Pero tienes razón, Jasper, debería dejar de fumar. Empecé otra vez cuando volví para cuidar de mi madre. El estrés y todo eso.

—Fumar provoca cáncer —señalo—. Eso mató a tu madre. Lo más seguro es que también te mate a ti.

El hombre no dice nada.

Me voy. Su silencio significa que la conversación ha terminado y que no tengo que seguir actuando con normalidad.

Coleta Rubia ya no está esperándome en la acera para arrestarme. Está de nuevo en el coche, sentada en el asiento del conductor. El otro agente se sienta junto a ella y cierra la puerta.

Blam.

Un óvalo marrón oscuro con capas de gris.

El motor acelera con lanzas naranja y amarillo.

Aprieto el paso. Tengo que detenerlos. Papá está equivocado en esto. Está equivocado en todo. No puedo olvidar. No puedo fingir que no ha ocurrido. Tengo que confesar. Tengo que contarle a la policía lo que hice. Es la única manera. No puedo seguir así.

—Jasper.

Me giro. El hombre lleva zapatos de ante negro, calcetines de lunares rojos y negros y tiene voz amarillo natillas. Es Ollie Watkins, del número 18. Anotaré estos detalles en mi cuaderno para que me ayuden a recordarle.

—¿Pasa algo? —pregunta—. ¿Quieres que llame a tu padre? ¿No deberías estar en el colegio?

—¡No!

El coche de policía se aleja. He perdido mi oportunidad para confesar, pero tiene que haber más. Naranja Cromo Oxidado volverá a enviar el coche. Hoy. O quizá mañana. Adivinará lo que he hecho. Con el tiempo.

—Te llevas bien con Bee, ¿verdad? —pregunta Ollie Watkins.

Es una pregunta imposible de responder. No abro la boca. Prefiero frotar el botón entre los dedos.

Una, dos, tres, cuatro, cinco veces.

—¿Sabes para qué la busca la policía? Es la cuarta vez que han llamado a su casa desde el fin de semana.

Retrocedo de nuevo porque su ropa necesita un lavado. El olor a tabaco rancio me da dolor de tripa.

—Me pregunto qué ha hecho esta vez —dice.

Sacudo la cabeza con fuerza. Puede que despegue como Dumbo y planee sobre las casas. Me iré volando lejos de aquí, encabezando la bandada de cotorras. Estoy seguro de que me seguirán. No querrán quedarse aquí, donde es difícil saber en quién confiar.

—La policía vino esta mañana mientras vaciaba el desván de mi madre y me preguntó si sé dónde puede estar.

Le gusta hablar. Mucho. Me está impidiendo llegar a mi guarida. No puedo ser maleducado. No puedo llamar la atención. Tengo que actuar con normalidad unos minutos más.

—Han ido a varias casas de la calle, también a la de David.

¿Por qué no para de hablar? Quizá se siente solo tras la muerte de su madre. Como yo.

—La agente tampoco quiso decirle a él para qué buscan a Bee, pero los dos creemos que tiene que ver con el volumen de la música. Le dije que en mi opinión ha debido de irse. La casa ha estado en silencio todo el fin de semana. Supongo que cuando vuelva y se entere de que David ha amenazado con pedir una orden de restricción de ruido, se pondrá furiosa.

Furiosa. No me gusta cómo suena en sus labios esta palabra de sorbete de limón con gas. Cambio de tema.

—Las gallinas son pollos hembra. ¿Sabías que los pollos tienen tan buena memoria como los elefantes? Pueden distinguir una cara entre más de cien pollos. Solo que no sé si es técnicamente correcto decir que un pollo tiene cara. ¿Tú lo sabes?

—Ni idea —admite Amarillo Natillas—. Me han dicho que tienes buena memoria para datos y voces, pero no tanta para las caras. ¿Es verdad?

—¿Quién te lo ha dicho?

—David. Se lo contó tu padre en la fiesta que dio Bee para conocer a los vecinos. ¿Te acuerdas? Yo me fui pronto para atender a mi madre, pero fue una noche bastante movida. David estaba un poco tocado, tengo entendido que como un montón de gente.

Me estremezco. Fue cuando papá…

Consigo eliminar la horrible imagen de mi cabeza. En mi lista, la fiesta es una de las primeras cosas que no quiero pintar, por detrás del viernes por la noche. De todas maneras, la lista no está ordenada y hay otras imágenes que reconstruir antes que esa. Cuando pienso en mis cuadros, que esperan impacientes en mi dormitorio, me pican los dedos.

Quizá me atreva y pinte en vez de cobijarme en la guarida.

—La música marciana desapareció y Bee Larkham no alimentó a las cotorras.

—¿En la fiesta? —pregunta.

—Durante el fin de semana. No hubo música marciana. Los comederos para pájaros están todos vacíos. No hay cacahuetes ni manzana con sebo.

—¿Música marciana? Muy acertado. La verdad es que cuando sube el volumen a tope suena como si hubiera extraterrestres traqueteando con los platos del aparador de mi madre. Mi madre me suplicaba que hiciera algo porque ella no podía salir de la cama para pedírselo a Bee personalmente.

Cuando describe la música con una palabrota color vómito por norovirus, me sobresalto.

—Perdón, no estoy acostumbrado a los niños. No tengo hijos, ni tampoco sobrinos.

Mi tripa escupe estrellas de plata.

—Me tengo que ir.

—Espera un minuto, Jasper. Es cierto lo de las cotorras. No me había dado cuenta. Bee no ha rellenado los comederos. Está claro que se ha ido. Se lo diré a la policía cuando vuelva.

—Lo siento.

Es culpa mía que las cotorras no tengan comida y que haya muerto una docena. Es culpa mía que haya muerto una cría. No sé cómo empezar a reparar todo lo que he hecho.

—¿Lo sientes por los pájaros? —pregunta Amarillo Natillas—. Claro, lo había olvidado. Eres amante de las aves, como yo. Te he visto ayudando a Bee a llenar los comederos. Todo un joven ornitólogo, ¿verdad? A tu edad yo era igual.

No quiero pensar en Bee Larkham, las cotorras y yo. No me gusta ese triángulo. La borro a ella de la imagen y centro el objetivo en las cotorras y en mí.

—Me queda media bolsa de semillas, pero papá dice que debo mantenerme alejado de la casa de Bee Larkham —digo—. Es una alborotadora, un pendón verbenero y un caso perdido. Tengo prohibido tocar los comederos. Tiene espías en la calle. Si los relleno, se lo dirán.

—Ja, déjame adivinar. David, ¿no?

—Su pasatiempo favorito es pegar tiros a faisanes y perdices. Pum, pum, pum.

—Bueno, ha salido a pasear al perro. He cruzado un par de palabras con él después de que viniera la policía. También él ha llamado hoy a la puerta de Bee. Esta mañana está muy solicitada.

Me muerdo el labio y contemplo la acera.

—¿Estás pensando lo que yo? —pregunta Amarillo Natillas.

—¿Por qué David Gilbert, asesino de pájaros, no deja en paz a Bee Larkham?

Odiaba sus visitas. El 13 de febrero oí cómo le decía que se largara y que no volviera jamás. Se presentó con un ramo de flores el día antes de San Valentín mientras yo estudiaba las cotorras desde la ventana de su dormitorio. No quiso las flores.

Aquel día tendría que haber llamado a la policía. Antes de que fuera demasiado tarde.

Observo a los estorninos discutir en un árbol de la calle, intentando llamar mi atención con sus trinos rosa coral. Sus colores no pueden compararse con las cotorras. Deberían darse por vencidos. No pienso pintarlos.

—No, más bien que tu padre no me ha prohibido a mí dar de comer a las cotorras, ¿verdad? Los amantes de las aves debemos estar unidos —añade.

Me pregunto qué quiere decir. Estar unidos suena permanente, como cuando usas pegamento extrafuerte, pero de este hombre no sé nada excepto que ambos somos amantes de las aves, que estamos solos y que nuestras madres han muerto de cáncer.

No quiero discutir con él. Me duelen la tripa, la rodilla y la mano. Quiero irme a casa.

—¿Por qué no me das la bolsa de semillas y les doy yo de comer? Así no harás nada malo. No tendrás problemas con tu padre.

Lo pienso durante diecisiete segundos.

—¿Y qué pasa con los hombres de la furgoneta? ¿Se lo dirán a mi padre?

—¿Qué furgoneta?

Amarillo Natillas mira a ambos lados de la calle.

 —Voy a por las semillas —le digo, haciendo caso omiso de la pregunta. Los hombres de la furgoneta solo están interesados en mí, pero es mejor que él no llame la atención—. ¿Me prometes que no se lo dirás a mi padre? ¿Ni a David Gilbert?

—Que me caiga muerto si lo hago.

No habla en serio. Ni él ni nadie.

Le diría que ya ha muerto suficiente gente en nuestra calle, pero me callo.

No digo nada en absoluto. Es más seguro así.

Cruzamos la calle en silencio hacia mi casa. Amarillo Natillas espera en la acera junto a la verja mientras yo levanto el gran tiesto de mármol y saco la llave. Lo suelto antes de que se caiga y me aplaste los dedos.

Una vez dentro, me concentro en buscar el alpiste, no sea que me distraiga y olvide a qué he venido. Encuentro la bolsa en el armario de la cocina, detrás de las cajas de cereales. A papá no se le da bien esconder cosas. Quizá no le enseñaron esa técnica en la Real Infantería de Marina. Cruzo la puerta y corro camino abajo. Clavo la bolsa en las manos del hombre, me precipito dentro de casa y cierro dando un portazo.

Desde la ventana del salón observo a Amarillo Natillas cruzar la calle columpiando la bolsa en la mano derecha. Abre la verja de la casa de Bee Larkham y se detiene a mirar por encima del hombro.

Un hombre se dirige hacia él. Su perro ladra. Solo hay un hombre en esta calle con pantalones de pana cereza, gorra marrón y un perro que ladra patatas fritas amarillas.

Mi mano bucea en el bolsillo y encuentra el botón de mamá.

Frota y frota.

Debe de ser David Gilbert, asesino de pájaros, que estaba paseando a su perro y ha vuelto antes de lo previsto. Está otra vez delante de Vincent Gardens 20. Ha pillado a mi camarada, el amante de las aves, con las manos en la masa. Tiene una escopeta y ya ha amenazado antes con usarla: a Bee Larkham.

¡Huye de David Gilbert, asesino de pájaros!

Amarillo Natillas no se mueve. No puede. Le están secuestrando. Debe de saber lo de la escopeta y no quiere arriesgarse a huir. Consigue ocultar la bolsa de alpiste a su espalda antes de que se lo lleven por la fuerza, como X e Y a mí en el colegio. Recorren el camino de entrada de la casa de al lado.

Es el 22 de Vincent Gardens, la casa de David Gilbert. Tenía razón sobre el hombre del perro. Al traspasar el umbral, tiene la mano sobre el hombro de Amarillo Natillas. Le está obligando a entrar, tanto si quiere como si no, igual que me coaccionaron a mí para que me metiera en el laboratorio de ciencias.

Nadie me ayudó.

Aquí no hay nadie para ayudar a Amarillo Natillas. La calle está vacía.

No hay testigos, excepto yo.

David Gilbert le castigará por intentar alimentar a mis cotorras. Tengo miedo, muchísimo miedo. Debo actuar. Hay alguien en peligro, esa clase de peligro espantoso ante el que uno no puede cerrar los ojos.

No escucho la voz de papá en mi cabeza ordenándome no llamar la atención sobre mí ni sobre lo que hemos hecho los dos.

No hago caso de la voz de Naranja Cromo Oxidado diciéndome que deje de hacer llamadas innecesarias al número de emergencias.

Desoigo el llamamiento de mi guarida, mis cuadros y el dolor de tripa, que cada vez es más y más fuerte y cegador, como una estrella caliente de puntas de plata.

Cojo el teléfono y marco el 112. Le digo al operador que necesito a la policía, no a los bomberos, porque no he visto fuego. Al menos no todavía.

—La semana pasada se produjo un crimen horrible en nuestra calle y ahora han secuestrado a un hombre —le digo a la mujer del centro de control—. Le han metido en una casa en contra de su voluntad. Corre un gran peligro.

Le doy la dirección de David Gilbert. Me pregunta un montón de datos irrelevantes sobre mí: ¿Por qué llamo desde casa? ¿Por qué no estoy en el colegio? ¿He llamado al 112 antes? ¿Dónde están mis padres? ¿Saben que estoy solo en casa?

Debería hacerme preguntas sobre el secuestro. Debería pedir información sobre David Gilbert. Es el verdadero malo de esta película.

—Richard Chamberlain, como el actor, me conoce —digo—. Me pidió que dejara de llamar al 112, pero no puede esperar que ignore el grave peligro que corre otra persona de esta calle. Se trata de una emergencia absoluta. —Lo repito por si no me ha oído la primera vez—. Se ha producido un secuestro, que no debe confundirse con un asesinato.

Cuelgo el teléfono y espero a la policía junto a la ventana. Tienen que darse prisa. En el roble de Bee Larkham, las cotorras chillan cristales tallados verde y azul pavo real.

Tienen miedo, como yo.

Capítulo 12

MIÉRCOLES (BLANCO DENTÍFRICO)

Todavía esa misma tarde

EL COCHE DE LA POLICÍA no se detiene con las ruedas chirriando y la sirena vociferando zigzags rosa y amarillo chillón en la puerta de la casa de David Gilbert. El conductor mete lentamente marcha atrás para aparcar. Sale una mujer rubia con uniforme negro seguida de un hombre que abre la boca del todo y estira los brazos por encima de la cabeza. A decir verdad, se están tomando esta urgencia con una tranquilidad alarmante.

La agente podría ser la misma que vi antes junto a la casa de Bee Larkham. No estoy seguro. Anda por el caminillo de entrada (¿por qué no corre?) y llama a la puerta principal con formas marrón oscuro. Al cabo de treinta y un segundos, la puerta se abre. Aparece un hombre, hablan durante cuarenta y dos segundos y ella entra. Su compañero espera en el coche.

No soy experto en situaciones con rehenes, pero ¿no debería ella ser más cautelosa? Ni siquiera ha desenfundado el arma (si es que lleva una) y está sola en la casa de un desconocido, lo cual no es buena idea. La gente tiene la costumbre de volverse contra ti cuando menos te lo esperas. Su compañero no puede ayudar. Tiene el dedo metido en el orificio izquierdo de la nariz.

Transcurridos tres minutos y dos segundos, la agente sale de la casa con dos desconocidos. Los tres recorren el camino de entrada y se detienen en la acera, junto al segundo agente de policía. Todos giran la cara en mi dirección.

¿Por qué no está esposado el hombre con pantalones de pana cereza?

David Gilbert debería estar encerrado en la cárcel. Es el lugar que le corresponde.

Caminan hacia mi casa. Esto no me gusta. ¿Por qué vienen aquí cuando deberían ir a la comisaría? Me alejo de la ventana. No me puedo esconder. No serviría de nada. Saben que estoy aquí. Llamé al 112 desde el móvil. No porque quisiera, sino porque era mi obligación.

Nadie más se ofreció a ayudar.

Soy un testigo reacio, un colaborador reacio: son los papeles que suelo desempeñar.

Un miembro del grupo llama a la puerta con manchas marrón claro y rayas de chocolate negro amargo. No puedo saber quién porque me he retirado de la ventana. Estoy detrás de la puerta principal, contando los dientes con la lengua.

—Hola, Jasper —dice la agente en azul viridiano cuando termino el recuento de dientes y abro la puerta—. Soy la agente Janet Carter y este es mi compañero, el agente Mark Teedle. Creo que reconoces a tus vecinos.

Hace un gesto hacia los dos hombres que tiene detrás. Evidentemente, ni intentándolo podría estar más lejos de la verdad, pero tengo pistas útiles que me ayudan. Uno de los hombres lleva pantalones de pana color cereza y ha salido de la casa de David Gilbert. Su perro ladra furiosamente patatas fritas amarillas por haberse quedado solo en el 22 de Vincent Gardens. El otro tipo lleva zapatos de ante negro, calcetines de lunares rojos y negros y media bolsa de alpiste.

Son el secuestrador y su rehén.

La agente mira a los hombres de detrás.

—Venimos a informarte de que todo va bien —dice—. No se ha producido ningún secuestro ni asesinato. Tu vecino, el señor Watkins, no ha entrado a la fuerza en casa del señor Gilbert. Era una visita amistosa.

—Es cierto —dice Amarillo Natillas—. Estaba a punto de rellenar los comederos de los pájaros cuando David me preguntó si podía ayudarle a mover un mueble de su cocina. Pesa demasiado para hacerlo él solo.

No me convence del todo este giro de los acontecimientos. Es inesperado, y a mí lo inesperado no me gusta. Es una palabra cerúlea, naranja crayola.

—Te dirigía con la mano en el hombro —señalo dando un paso atrás—. Ni siquiera X e Y me hicieron eso antes a mí. Se pusieron uno delante y otro detrás, pero no me tocaron, porque eso es agresión y les habrían expulsado.

—Fui con él voluntariamente, Jasper. No había ningún problema. No me importa ayudar si alguien lo necesita. Así lo hacemos los vecinos en esta calle. Es lo que decía siempre mi madre.

Siento un pinchazo de dolor en la tripa y púas de cactus en la nuca.

—¿Ayudarías a un vecino aun sabiendo que es un asesino en serie o que ha ayudado a un asesino en serie? —pregunto.

La boca de la agente se abre en forma de «O», igual que hizo Bee su primera noche aquí. Creo que tiene tanta curiosidad como yo por saber la respuesta.

David Gilbert mira a los agentes.

—¿Entienden lo que digo? Estas acusaciones disparatadas se tienen que acabar. Esta vez el chaval ha ido demasiado lejos. Es un caso perdido.

Como Bee Larkham. Así es como la describió cuando estaba viva.

—Eres un asesino de pájaros. —Aclararlo es lo justo porque aquí no tiene un abogado que lo defienda—. No te he acusado de matar a Bee Larkham.

—¡Espero que no! —dice enérgicamente—. ¿Y ahora de qué habla? ¿Qué tiene esto que ver con Beatrice? Va a tener que contestar muchas preguntas cuando le dé la gana aparecer. —Dirige sus palabras rojo granulado a los dos policías de uniforme—. Quiero que hagan algo con él. Soy víctima de una persecución. No para de hacer acusaciones difamatorias contra mí. Tengo testigos que me respaldarán, como Ollie. ¿No es cierto?

El hombre que tiene a su lado mueve la cabeza y el brazo. No tengo claro qué significa ese gesto. ¿Es una señal silenciosa de que respaldará a David Gilbert o de que rehúsa hacerlo? Es difícil de decir.

Opto por concentrarme en la palabra «víctima». Es de un color interesante, casi traslúcido, con un ligero deje violeta. Puedes darle vueltas y vueltas en la cabeza para que tenga diferentes significados. Tal vez tampoco resulta fácil entender quién se supone que es víctima de quién.

—Ya nos encargamos nosotros, señor —dice la agente Carter—. Quizá sea mejor que se vayan a casa para que hablemos con Jasper a solas.

Pantalones de Pana Cereza se encamina con paso airado a su casa, donde le espera Patatas Fritas Amarillas, pero el otro hombre, Amarillo Natillas, no se mueve.

—Puedo quedarme con él si quieren, su padre no parece andar por aquí. —Su cuerpo se desplaza hacia mí—. ¿Quieres, Jasper?

—Bee Larkham no ha dado de comer a las cotorras desde el viernes. Los comederos llevan vacíos todo el fin de semana.

La agente se vuelve hacia él.

—Es mejor que se vaya, señor. Le llamaremos si necesitamos ayuda.

—Si están seguros.

No se mueve, lo cual es irritante.

—Puedes rellenar los comederos con la bolsa de semillas que te di, pero tendrás que comprar más. A partir de ahora deberás alimentar tú a las cotorras. Dos veces al día. También platos de manzana y sebo. Por favor, no te olvides.

—Por supuesto. Lo que tú digas.

Se aleja a grandes pasos, la bolsa columpiándose contra el muslo.

—¿Podemos hablar, Jasper? —pregunta la agente Carter.

—En un minuto o quizá noventa segundos.

Observo a Amarillo Natillas reanudar su misión original. La bolsa de plástico se hincha con la brisa mientras la vuelca y vierte las semillas en los comederos. No hay suficiente para los seis, pero al menos ha recargado tres a la mitad.

Misión cumplida.

Amarillo Natillas eleva el pulgar en el aire y camina de vuelta a casa de su madre.

—Ya estoy listo para ir a la comisaría —digo girándome hacia la agente—. Les contaré todo lo que ha ocurrido. Quiero confesar.

—No hace falta. —La agente habla con frases en staccato azul viridiano—. Podemos hablar aquí. ¿Nos dejas entrar? No es nada preocupante. Debería haber alguien contigo. Estás solo, ¿no? ¿Quieres que venga alguien a quedarse contigo?

—Quiero que venga mi madre. Es la única persona a la que quiero ver ahora mismo.

—Muy bien. ¿Está en el trabajo? Podemos llamarla si quieres. ¿Tienes a mano su número de teléfono?

—No podéis llamarla. Es azul cobalto, pero el color se está desvaneciendo.

Me echo a llorar. No puedo evitarlo. De verdad, no puedo.

—Es todo culpa de Bee Larkham. Diluyó el color de mamá por papá, principalmente por papá, pero también por mí, porque no me di cuenta de lo que estaba pasando. Cuando me percaté ya era demasiado tarde, la había perdido.

—Está bien, Jasper. No te pongas así. Siento haberte disgustado. ¿Cómo podemos localizarla?

—No sé cómo hacer para que vuelva. No sé cómo hacer para que vuelva nadie de entre los muertos.

—Jasper…

—Quiero que vuelva, el bebé también. ¡No puedo! No sé dónde están los cuerpos. Ayudadme, por favor. ¡Ayudadme! No puedo más. Soy demasiado joven. Quiero salir de aquí.

Su cara se cierne sobre mí. Después otra. No reconozco ninguna. Un hombre me grita palabras altas y colores desagradables, pero no sé cuáles son ni quién es él. No quiero estudiar las tonalidades en detalle porque sé que las odiaré. Las he bloqueado para no verlas.

Él tiene la boca delgada y roja, como un tajo. Se abre y se cierra.

Vuelvo a ver cristales de hielo azul con aristas relucientes y carámbanos dentados de color plata.

Van a hacerme daño. En la tripa.

Grito y grito hasta que los carámbanos se quiebran y se desploman en trozos pequeños.

No veo nada. Nada, excepto la oscuridad que me rodea y tira de mí hacia abajo.

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