Dos mundos (Adelanto)

Con autorización de Sélector, publicamos un adelanto del libro Dos mundos. Malintzin y Gonzalo, Protagonistas de la conquista de México, del autor Andrés Orozco Vidal, mismo que ya se encuentra en librerías de todo el país.

Introducción

La Conquista de México por parte de los españoles es uno de los acontecimientos más estudiados gracias a los muchos textos de los cronistas de la época, sus escritos constituyen una fuente insustituible para conocer además, las impresiones de Díaz del Castillo, López de Gómora, Diego de Landa, Cortés, De las Casas, Motolinía y tantos otros que abrieron sus ventanas para que desde la distancia pudiéramos ser testigos de su verdad.

También resulta necesario acercarnos al enfoque de los vencidos, ver los acontecimientos de la invasión española a través de los ojos de los propios indígenas, de las fuentes autóctonas, de sus testimonios, mitos y tradiciones; en particular de los que sobrevivieron a la caída del imperio mexica y que los encontramos en inscripciones, códices, anales, crónicas, cantares y más.

Fueron los estudiosos del siglo XX los pioneros del análisis exhaustivo y científico de nuestro pasado prehispánico, como Miguel León Portilla, Alfonso Caso, González Obregón, José Luis Martínez, Fernando Benítez, Jacques Soustelle, Cosío Villegas, Piña Chan, Monjarás-Ruiz y el resto que con su dedicación sentaron las bases de la indagación moderna.

Corresponde a los investigadores actuales revalorar el rol de los protagonistas, brindándonos una visión interesante y refrescante con base en novedosas ramas de la ciencia aplicada a las fuentes indígenas, a los archivos de las instituciones de la época y los documentos que forman parte de los expedientes de los innumerables litigios que se disputaron en el siglo XVI, tanto en la naciente Nueva España, como en Europa, de ellos Camilla Townsend, Luis Barjau, Pool Cab, Rodríguez-Shadow, Eugenio Aguirre, el inah, la editorial Raíces, el fce, la unam y para fortuna nuestra de muchos otros actores.

En fin, mi reconocimiento y gratitud a todos los que han dedicado su esfuerzo para tratar de escudriñar, entre los vestigios rotos del pasado, la sólida verdad sobre la efímera imaginación. Sin ellos esta novela hubiera sido imposible, ellos comprometidos con la verdad y yo con la inagotable imaginación que emana de esa verdad.

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El naufragio

La desgracia llegó con la noche, el navío Santa Lucía subió lentamente sobre la cresta de una gigantesca ola, se sostuvo un instante para luego precipitarse hacia una inmensa y negra hondonada en la oscuridad del océano; eran los bajos llamados de los alacranes cerca de la isla de Jamaica. Al chocar la carabela contra los arrecifes lanzó toda su carga contra las olas, entonces se produjo un ruido espeluznante, un estruendo mayor que la tormenta desgarrándose mortalmente el vientre de la nave. Los marineros que no habían caído al agua después de horas interminables de aquella borrasca del demonio, saltaron desde la borda ante el inminente naufragio de su embarcación.

Las imágenes que desde el fondo del mar se veían, solo por el efecto de los rayos incesantes de la tempestad, creaban una visión dantesca; se miraba desde abajo a los hombres luchando por sobrevivir entre una infinidad de escombros de la carga y de la nave que se precipitaban lentamente al fondo del mar, para desbaratarse contra los corales. Arriba en la superficie los caballos con sus ojos desorbitados pateaban con frenesí para mantenerse a flote, las incansables olas daban cuenta de los marineros sin dar tregua a su agotamiento.

Era increíble que solo tres días antes, el mar del Caribe pareciera la imagen viva del paraíso. Primero con una visión de ensueño donde los tonos azules del mar y del cielo se entremezclaban borrando la línea del horizonte, para brindar una sensación de sublime hechizo; después, al atardecer, esa vista se transformaba con toda clase de tonos exóticos del color del fuego, de llamaradas agonizantes del Sol, de un Sol desesperado por no sucumbir a la oscuridad, para darles a sus admiradores una sensación de fantasía indescriptible, nubes radiantes y destellos de color escarlata, carmesí y dorado que más parecían una visión de encantamiento.

El 15 de marzo del año de nuestro señor Jesucristo de 1511, el fresco de la mañana reconfortaba los rostros de poco más de una veintena de marineros que zarpaban del puerto del Darién y ponían rumbo hacia la isla de La Española. Alejarse de ese lugar les brindaba un profundo respiro a las muchas incomodidades que habían sufrido durante meses, en ese lugar caluroso e inhóspito; rodeados de una vegetación selvática, habitada por bárbaros salvajes renuentes a toda civilidad. Además, los múltiples conflictos tenidos con Vasco Núñez de Balboa, personaje soberbio y poderoso conquistador, se habían vuelto una pesadilla. Lo mejor era informar al gobernador de las Antillas, a Don Diego Colón, para que pusiera fin a las interminables disputas.

Ese día en alta mar, el capitán Juan de Valdivia que llevaba el encargo de “oidor” para dar cuenta a Don Diego de los hechos y los dichos, quien además le llevaba una gran cantidad de oro, se la pasó redactando las cartas de relación correspondientes; por su parte su amigo el expedicionario Diego de Nicuesa, apostado desde cubierta observaba cómo su nao navegaba tranquilamente por las hermosas aguas del Caribe tratando de olvidar los graves enconos que tenía con el tal Núñez de Balboa.

La nave en que viajaban, la Santa Lucia, con su característico casco regordete típico de las naos, era de mayor tamaño que una carabela pero menor que un galeón, era la embarcación propia para las exploraciones. Con sus tres mástiles y sus velas cuadradas se desplazaba plácidamente sobre el paisaje.

Sus tripulantes una vez terminadas sus tareas, pasaban la mayor parte del tiempo contemplando el horizonte, las aves y la diversidad impresionante de peces, tiburones y delfines que incansables acompañaban el navío.

Por las noches los marinos, españoles en su mayoría, vociferaban sus innumerables correrías, la mayoría de ellas inciertas. Sus hazañas épicas y caballerescas se entremezclaban con los monstruos marinos, el licor y las peleas, para terminar regularmente ebrios por el suelo de la cubierta. Más de alguno juraba por “María Santísima” haber visto las míticas sirenas o por lo menos conocer a alguien que había sufrido el efecto de su encantamiento.

El recorrido no era desconocido para los navegantes, del Golfo de Santa María del Darién, Panamá, hasta Santo Domingo en la isla de La Española, residencia del virrey y gobernador, hijo de Cristóbal Colón, quien enviaba expediciones para apresar nativos que después eran trasladados a sus dominios en calidad de esclavos. A los naturales de las Antillas y principalmente a los de Cuba, prácticamente ya los habían exterminado los españoles, por los abusos de trabajo, explotación y enfermedades a que los habían expuesto.

Pero para ese día de navegación las condiciones habían cambiado drásticamente, el primer indicio incluso antes de que se divisaran los nubarrones, fue la desaparición de todas las criaturas marinas que venían observando. Al amanecer ya no había el menor rastro de aves, tiburones y delfines, para el medio día aparecieron en la lejanía las primeras nubes de un tono oscuro de mal presagio. Para la tarde la lluvia incesante hacía prever una noche de tormenta feroz. En las siguientes horas las condiciones solo se agravaron; las olas inclementes golpeaban la embarcación, que en medio del caos y sin rumbo fijo, solo se limitaba a mantenerse a flote.

Así en medio de la oscura tempestad, cegada con cientos de relámpagos, sucedió la tragedia, las olas se elevaban como montañas para luego precipitar a la embarcación a profundas y negras hondonadas que aterrorizaban hasta el marinero más curtido; la nave crujía por todas partes como lamentándose y rogando por una intervención celeste, pero para entonces el cielo amenazante se había convertido en la representación del mismo demonio, que dejaba ver su infernal rostro con cada relámpago que iluminaba la fatalidad.

El agua arremetía contra la nave sin dar la más mínima tregua a los marineros para achicarla. Los mástiles desprovistos de sus vistosas velas parecían esqueletos a punto de quebrarse por la tempestad; los toneles en cubierta, aliados con la desgracia, arremetían contra los hombres que desesperados trataban de mantener a la nave a flote, cuando ni la propia mano divina hacía nada por salvarlos.

Varios hombres habían sucumbido a las olas que saltaban furiosas de un lado a otro de la indefensa nao, yendo a parar a las fauces del mar enloquecido. El propio capitán Juan de Valdivia había perecido en cubierta, queriendo poner orden y concierto en medio de un pandemonio, aplastado por una carga errante y furiosa como toro embravecido.

Pero el golpe de la nave contra el arrecife de coral la detuvo tan bruscamente de su desquiciante carrera que todo salió proyectado hacia la proa; las cosas y los marineros solo fueron débiles objetos en trayectoria hacia su muerte; el golpe en el casco que rompió su quilla lesionó mortalmente el navío. El crujido fue tan grave y siniestro que solo pudo porvenir del dominio de lo maligno, para anunciarle al navío su partida al mismísimo infierno. Luego el siguiente acto de la tragedia fue la Mar Océano frenética. La condena no podría ser peor, heridos y exhaustos los náufragos luchaban por salir a respirar a la superficie, pero antes de siquiera asomar la cabeza, de nuevo eran sumergidos por las olas para ser devorados por los descomunales monstruos marinos que siempre llevan en su fauces las borrascas, como pulpos gigante, serpientes, medusas y dragones, que eran acompañantes frecuentes de las mentes de los navegantes.

Pero cuando todo estaba perdido, por la gracia de Dios Nuestro Señor la tempestad empezó a menguar y poco más de una docena de desventurados entre los que se encontraban Gonzalo Guerrero, Jerónimo de Aguilar, Juan de Medina, Alfonso Núñez y el propio Diego de Nicuesa lograron resistir al treparse a un bote sobreviviente del hundimiento que errante se les apareció de la nada.

Sin embargo, el tormento apenas iniciaba, ya que, a la deriva, heridos, abatidos, sin alimento y sin agua, lo único que podían esperar era una agonía cruel. Pronto unos fallecieron, los otros bebían sus propios orines, vomitaban constantemente y la diarrea era implacable. Al término de la lluvia por fin salió el sol, entonces el calor abrasador los empezó a torturar. Sin algo para cubrirse empezaron a enloquecer y a sufrir los castigos de la insolación. El mismo Aguilar intentó suicidarse, desesperado se arrojó al mar, pero para su miserable fortuna fue rescatado por sus compañeros a costa de enormes esfuerzos. Así pasaron varios días, el hambre y la sed despiadada habían mermado fatalmente su salud y trastornado su mente; no había posibilidad de sobrevivir.

Quiso su esquivo destino que fueran escuchados por María Santísima y que, gracias a su mediación, al octavo día divisaran la costa de la hasta entonces desconocida península de Yucatán; las corrientes marítimas los habían arrastrado inexplicablemente desde el sur de Jamaica hasta una playa cercana a Tulúm, lugar amurallado, de la tierra del Mayab.

Paradójicamente los españoles que desde la llegada de Cristóbal Colón se habían asentado en las Antillas y que durante muchos años habían navegado por esas aguas, no habían explorado Yucatán.

Para el año de 1511, época del naufragio, los españoles ya habían colonizado las islas llamadas La Española (República Dominicana y Haití), Jamaica, Puerto Rico y Cuba. En Panamá en el año de 1510 habían fundado la ciudad de Santa María de la Antigua del Darién, quizá la primera ciudad fundada en tierra firme del continente americano, por españoles al mando del conquistador Vasco Núñez de Balboa, puerto que fue el origen de la infortunada expedición de los náufragos.

El puñado de los náufragos sobrevivientes de la nao Santa Lucía se desmayaron en la arena de una playa maya apenas descendieron de la barcaza. Al despertar estaban rodeados de gente extraña que amenazante los observaban.

2

El mundo de Cristóbal Colón

En realidad el mundo de Cristóbal no era tan plano como se creía, existen evidencias de que tanto él como su hermano que era cartógrafo, habían tenido acceso a testimonios y documentos antiguos que revelaban la redondez de la tierra y con ella la posibilidad de viajar a las indias por el occidente, navegando a través del vasto y desconocido Océano Atlántico. Ya desde el siglo III a. C. Eratóstenes de Cirene, en la Grecia clásica, había planteado con absoluta convicción la condición esférica del mundo, además de que había realizado cálculos para determinar su circunferencia a partir de la observación de la Luna con impresionante precisión. Posteriormente Claudio Ptolomeo, también griego, en el siglo II d. C. recalculó la circunferencia de la tierra planteando erróneamente que era mucho menor, lo que influyó en los cómputos de Colón al planear su viaje de exploración, calculando que la travesía le llevaría menos tiempo del que realmente se requería.

En los registros italianos de la época ya se encontraban los proyectos del sabio e ilustre cartógrafo Toscanelli, con quien Colón mantuvo correspondencia y que había realizado asombrosos cálculos de la distancia que debía existir entre Europa y las inalcanzables posesiones del Gran Kan en Asia. Sin embargo, la mente alucinante de Colón provocó que nunca mencionara en sus registros marítimos tan afamado nombre, navegó con sus mapas y en ellos el genovés marcó delirantes rutas marítimas que parecían más orientadas por la fe y por las apariciones divinas que lo guiaban en medio de las tormentas, así como por las visiones oceánicas de santos, vírgenes y apóstoles, que por los mapas náuticos de los ilustres estrelleros que lo antecedieron.

Para esa época, Europa se sacudía los lastres de la Edad Media e iniciaba de forma prometedora el periodo renacentista que recuperó la grandeza cultural del pasado grecorromano y puso poco a poco al hombre en el centro de la sociedad, desbancando de este lugar de privilegio al clero y su séquito de divinidades. En este entorno prevalecían las epopeyas y los libros como el de Las maravillas que narraba los épicos viajes del comerciante veneciano Marco Polo hasta los confines de las estepas mongolas donde reinaba el Gran Kublai Kan y que gracias a la invención de la imprenta por el año de 1440, era muy popular entre los expedicionarios.

Pero los mitos y leyendas de monstruos, dragones y sirenas aún dominaban el insondable océano medieval en la mente de la gente y algo mucho más tangible se interponía, la mare incognitum, la mar misteriosa que separaba Europa y la tierra de las especies. Colón creía también en dragones, trogloditas, serpientes y pulpos gigantes, tenía la cabeza llena de fantasías, de hombres con rabo y de unicornios. Pero no era culpable, fueron creencias que habían compartido por igual un pobre campesino, que el más noble de los sabios.

Además, en la península ibérica los Reyes Católicos por fin habían reconquistado la ciudad de Granada en 1492. A partir de esa victoria se logró la expulsión de los moros de España, lo que puso fin a una dominación musulmana de más de ochocientos años, lo que generó un ambiente triunfalista, al que contribuyó de manera determinante la novela épica de caballeros gloriosos y heroicos que, exagerando sus proezas, eran la delicia de los lectores y sin duda también de Colón.

Cristóbal había nacido en 1451 en Génova, navegante desde los 14 años, casado con la hija de un marino famoso se forjó el objetivo de viajar a las Indias Orientales a través de los mares atlánticos. Entonces, con sus planes bajo el brazo y seguro de conseguir los recursos necesarios para realizar su viaje, se presentó ante el rey Juan II de Portugal quien, al final, solo le brindó falsas esperanzas. Continuó realizando innumerables gestiones para presentar su proyecto ante otros prominentes nobles de Inglaterra, Francia e Italia, sin lograr tan anhelado apoyo. Así, llegó a la ciudad andaluza de Córdoba a entrevistarse con los triunfantes reyes de España, Doña Isabel I de Castilla y su esposo Don Fernando II de Aragón, quienes después de las demoras reales de costumbre le ofrecieron su apoyo.

De los muchos monarcas europeos perturbados por los mitos, que vivían entre la magia, las estrellas o por lo menos entre las nubes, es una mujer la que dio crédito a las “absurdas” intenciones del genovés. De la pareja real, fue la reina la que tomó la iniciativa de apoyar e impulsar de manera desorbitada los cuantiosos requerimientos de Cristóbal, primero gestionando los recursos monetarios y en especie; segundo, otorgándole a través de las famosas Capitulaciones de Santa Fe, los insólitos beneficios y cargos de Almirante, Virrey, Gobernador General de todos los territorios descubiertos, con carácter vitalicio y hereditario y, en tercer lugar, con derecho al diezmo de todas las riquezas obtenidas, lo que resultó una concesión real sin precedente para un explorador.

Con esos privilegios se hizo a la Mar Océano el 3 de agosto de 1492, en tres carabelas muy veleras y aptas para navegar, según las palabras del mismo Colón, quien capitaneó la nao Santa María. Esta flota era considerada paupérrima para su época ya que los viajes festivos de los monarcas se integraban en ocasiones con flotillas de decenas de navíos para albergar miles de invitados. Sin embargo, para Colón esto le era suficiente para hacerse a la mar y desplegar velas en busca del sueño anhelado.

Así dio inicio un viaje que cambiaría al mundo, que enfrentaría a hombres, imperios, culturas y dioses. Todo a partir de una travesía que duraría largas e inquietantes jornadas entre la monotonía marina que se resumía día a día al llamado de una campana apenas despuntaba el Sol, todos a cubierta, para iniciar oraciones y rogar al señor para que tengamos buena proa y mejor mar. A continuación, se disponía cada uno a realizar sus primeras actividades como fregar la cubierta con agua de mar y escobas duras; revisar minuciosamente las velas para detectar alguna rasgadura y de inmediato cocerla, ajustarlas para aprovechar al máximo los esquivos caprichos de los vientos; en ocasiones las ráfagas nocturnas nos hacían de las suyas, registraban los capitanes en su bitácora de viaje. Luego a sacar las cevaderas y poner la mesana, preparar los alimentos y disponer la mesa; acomodar y contabilizar los víveres, principalmente el agua para beber; limpiar los utensilios de la comida; revisar todas las amarras y las partes importantes de la nave. Proseguían a bombear el agua, registrar y reportar los percances o pérdidas hasta que el sol empezaba a declinar, entonces se cerraban las diligencias con nuevas oraciones. Parecerían agobiantes las labores, sin embargo, les quedaban buenos ratos para contemplar los paisajes excepcionales que el mar les brindaba. Por último, alguna diversión de marineros, como bañarse, exponiéndose desnudos a los golpes de las olas en la proa de la nave, para probar la suerte y la resistencia de sus partes íntimas. Cerraban el día con sus actividades personales, lavar su ropa, limpiar sus camastros para que la entrada de la noche los encontrara reposando, cantando, conversando, admirando el paisaje celestial y en ocasiones bebiendo. Por la noche el silencio y la calma se apoderaban de la nave, solo las guardias estaban alertas. En el día con el mar embravecido o con tormenta, todo cambiaba drásticamente.

Después de 70 días de incierta navegación, donde los marineros llegaron al punto de la rebelión y el motín y el mismo Cristóbal vivió días de angustia oceánica, la fortuna les sonrió. Habiéndose sobrepuesto de la incertidumbre, Colón, gracias a su necedad sin igual, por fin se topó inesperadamente con tierras desconocidas y nunca registradas en mapas o cartas de marear.

Con este evento arrancaba la era del colonialismo salvaje, la gigantesca expansión de territorios y dominios, la efímera creación de imperios, el encumbramiento y sucesiva decadencia de las naciones europeas, el feroz enfrentamiento de los gobiernos. Este escenario duraría cientos de años de voraz competencia entre los europeos.

Las sorpresas que les deparaba el destino derivadas de la grandeza y la gloria, eran tan terribles como impredecibles. Afloraron juntos, el heroísmo y el genocidio, la conversión y el crimen, el mestizaje y la violación, el trabajo y la explotación, la culturización y el exterminio.

España abría la puerta de un mundo nuevo para Europa, así se situaba en la punta de lanza de la exploración mundial, con la bendición papal para la evangelización cristiana en las desconocidas tierras, se iniciaba el apoteótico enfrentamiento entre dos culturas, igual de contradictorias, maravillosas y enigmáticas.

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