Crónicas del encierro

Crónicas del encierro (Adelanto)

Con autorización de Salto de Página, publicamos el primer cuento del libro, Crónicas del encierro, de Izaskun Gracia Quintana, que ya se encuentra a la venta en librerías de nuestro país.

Tap.

Tap.

Tap.

Marcos abre los ojos y mira la oscuridad.

Tap.

Maldita gotera.

Tap.

Se ha metido en la cama hace tres horas (o tres años, cualquiera sabe), pero no puede dormir.

Seguramente, la impresionante tormenta de la tarde (de esas que traen truenos, rayos y hasta granizo) ha causado la gotera. Hace horas que el cielo se ha tranquilizado, pero la gotera sigue ahí.

Tap.

Marcos no sabe durante cuánto tiempo lleva el techo lloviendo sobre la almohada. Al final ha decidido dejarla en el suelo, ha colocado una palangana en su lugar y, maldiciendo, se ha acostado en el sitio que quedaba libre. Menos mal que en una cama tan grande hay sitio para dos personas y que ahora no tiene con quién compartirla.

Tap.

El ruido no le deja dormir.

Creía que se acostumbraría, pero no puede. No sabe cuántas horas han pasado y ahí sigue, en la cama, con los ojos abiertos, mirando la oscuridad.

Suspira, cierra los ojos, se da la vuelta, abre los ojos, mira el vacío.

Tap.

Si no fuera una casa tan pequeña, se acostaría en el sofá. Pero en un piso de treinta metros cuadrados no existe esa posibilidad. Lo único que puede hacer en un lugar en el que la cocina, la sala y el dormitorio forman un solo espacio es meterse en la cama que durante el día hace las veces de sofá e intentar dormir. Aun sabiendo que es imposible.

Tap.

Si la gotera hubiese aparecido durante el día, no le habría importado. Los ruidos llegados de la calle habrían enmascarado el sonido de las gotas de agua y habría podido llamar a un albañil. El techo ya estaría listo.

Pero esos problemas siempre surgen de noche o durante el fin de semana, o en cualquier momento en el que no pueden ser solucionados, así que no merece la pena pensar en ello.

Tap.

Marcos recuerda que un amigo le habló de un tipo de tortura que se les aplicaba a los presos en China, hace no sabe cuántos años: colocaban al preso sobre una mesa, poniendo especial cuidado en sujetar la cabeza, de manera que no pudiera realizar el mínimo movimiento. Entonces, cuando el preso estaba completamente inmovilizado, se apagaba la luz y una gota de agua le caía en la frente. Luego, otra. Luego, otra. Y otra y otra. Así pasaban las horas, con las gotas de agua cayéndole sobre la frente sin cesar, hasta que el preso gritaba que tenía algo que confesar. O hasta que los torturadores se aburrían.

Tap.

Su amigo le dijo que algunos presos se volvían locos. A otros, sin embargo, el agua terminaba por agujerearles la frente. Se supone que los pobres morían cuando el agua les llegaba al cerebro, si es que aún no habían perdido la cabeza.

Marcos se pregunta cuántas gotas se necesitarían para matar a alguien. No tantas como para volverlo loco, seguramente.

Tap.

¿Qué hora será? Piensa que, si extiende el brazo, puede coger el reloj que está en la mesa y consultarlo. Pero, a decir verdad, no sabe si quiere saber qué hora es. Puede que le intranquilice saber que han pasado muchas (o pocas) horas. ¿Qué es peor, saber que le queda mucho o poco tiempo antes de que llegue la hora de levantarse?

Marcos suspira (de nuevo) y empieza a contar gotas de agua. Puede que así se duerma, como cuando se cuentan ovejas.

Tap. Uno.

Tap. Dos.

Tap. Tres.

Tap. Cuatro.

Tap. Cinco.

Tap. Seis.

Tap. Siete.

Tap. A la mierda. Eso puede ser eterno.

Tap.

¿Cuánto tiempo dura una gotera?

Tap.

Ahora tiene ganas de mear.

Tap.

Maldita gotera.

Tap.

Pero no se va a levantar. Si se levanta, no pegará ojo en toda la noche. Y, al menos, tiene que intentarlo. Se queda en la cama.

Tap.

Diablos.

Tap.

La oscuridad es completa. Tiene las persianas bajadas, como siempre, no entra un solo rayo de luz. Si pudiese ver algo, no se aburriría tanto. Pero, ¿para qué quiere ver algo? El sonido de la gotera basta para que no pueda dormir, no necesita tener nada que mirar. Es mejor no ver nada.

Venga, va, se dice a sí mismo, cierra los ojos y duérmete.

Tap.

Al principio, cuando ha puesto la palangana sobre la cama, el sonido de las gotas al caer era metálico. Ahora ya no. Da la impresión de que las gotas caen en un charco, y Marcos se pregunta si habrá mucha agua en el recipiente. Espera que no haya tanta como para que se desborde.

Tap.

Otra opción es encender la televisión. Las voces del aparato pueden ahogar la de la gotera. Pero no es una buena idea. Está seguro de que terminará por ver un programa estúpido y de que entonces ya le será imposible cerrar los ojos.

Tap.

Encender la radio tampoco sería mucho mejor. Podría ser más interesante que la televisión, sin duda, pero Marcos necesita exactamente lo contrario para poder dormir.

Tap.

Tiene que tener tapones en algún sitio. Sí. Los de las últimas vacaciones, los que les dieron en el avión. El problema es que no sabe dónde están. Ni siquiera sabe si están en casa. Marcos cree que Rebeca se los llevó en una de sus cajas, cuando se fue de casa, pero no está seguro.

No merece la pena levantarse de la cama y buscar los tapones. No los encontraría (ni aunque estuvieran allí) y terminaría por desvelarse.

Tap.

Venga, piensa Marcos, tranquilo. Pronto (¿pronto?) se hará de día y me tomaré un café (o dos o tres o mil) en la oficina, llamaré a un albañil y la gotera desaparecerá para siempre. Punto. No será más que una mala noche.

Tap.

¿Y si no viene el albañil? ¿Y si está muy ocupado y la gotera sigue ahí un día más?

Tap.

Marcos oye un ruido del exterior. ¿Del piso de abajo?

Otro ruido.

Tap.

Sí, es el vecino de abajo. Si él está despierto, no queda mucho tiempo antes de que llegue la hora a la que Marcos suele despertarse.

Demonios.

Tap.

Debería levantarse y desayunar, pero no tiene ganas. Si se queda en la cama, aunque no duerma, al menos estará descansado.

Tap.

No. No va a estar descansado, pero le da igual. No quiere levantarse de la cama.

Tap.

El vecino de abajo ha encendido la radio. Marcos escucha un murmullo ininteligible y, durante un par de minutos, intenta descifrar qué dice el locutor. Aunque escucha con atención, el sonido no llega con claridad y lo da por imposible poco después.

Tap.

Otro ruido, de otro piso. El vecino de al lado. Un poco más tarde, el del otro lado. El edificio entero está despertándose. La ciudad entera está despertándose y Marcos sigue en la cama, intentando descubrir qué hacen sus vecinos. El de un lado está en la ducha. El del otro lado prepara el desayuno.

Tap.

Marcos escucha cada vez más ruidos y ya no sabe quién hace qué. Aparatos de radio, televisiones, portazos, voces… Ahora también puede oír los ruidos de los coches.

Como todas las mañanas, claro, pero hoy todo parece sonar más alto.

Tap.

El timbre del despertador.

Tap.

El timbre del despertador.

Tap.

El timbre del despertador.

Tap.

Demonios.

Tap.

No me voy a levantar.

Tap.

No. Va a seguir en la cama. Está muy cansado y sabe que no hará nada de provecho en la oficina. Así que se va a quedar un poco más en la cama. En media hora desayunará y llamará a un albañil para que venga hoy mismo. También llamará a su jefe, para avisarle de que no va a ir a trabajar. Le dirá que está enfermo. Que ha cogido uno de esos virus que duran veinticuatro horas.

Tap.

Por debajo de la persiana entra un rayo de luz, suficiente para dibujar los contornos de lo que tiene alrededor. Marcos sabe que tiene que levantarse; sabe que todos sus vecinos (mejor dicho, la mayoría de la gente que vive en la ciudad) ya están trabajando o haciendo algo de provecho, pero no es capaz de reunir las fuerzas o la voluntad necesarias para ello. No se siente culpable (¿por qué debería?) o perezoso. Se siente bien en la cama, sin hacer nada.

Tap.

Parece que las gotas de agua se están espaciando.

Tap.

Pues no.

Tap.

Sólo de vez en cuando.

Sí. A veces, se espacian unas de otras. Otras veces, no; parece incluso que caen más a menudo. ¿Es eso acaso posible? Ya no llueve…

Tap.

Debería desayunar, pero no tiene hambre. Eso es bastante raro, porque normalmente tiene que controlarse para no vaciar la nevera. Será la falta de sueño. Su cuerpo necesita descanso, por lo que supone que tendrá hambre cuando haya descansado. Claro.

Tap.

El timbre del portero automático.

¿Qué…?

El timbre del portero automático.

Tap.

¿Quién podrá ser, tan temprano (si es que es temprano)? Marcos escucha el timbre sonar en otro piso.

Y en otro piso.

Debe de ser el cartero. El cartero, o uno de esos repartidores que dejan publicidad en el buzón. La verdad es que Marcos no sabe a qué hora pasa el cartero. Cree que viene por las mañanas, pero como normalmente está fuera entre las ocho de la mañana y las ocho de la tarde, no puede estar seguro.

Tap.

Doce horas fuera de casa. Trabajando. Bueno, no, mejor dicho, ocupado con muchas cosas que tienen que ver con el trabajo. Una hora para ir a la oficina, cinco horas de trabajo, dos horas para comer, tres horas más para trabajar y otra hora para volver a casa. Utiliza la mitad de cada día en el trabajo y ni siquiera se da cuenta. ¿Qué está haciendo con su vida?

Tap.

Pero no hoy. Hoy se va a quedar en casa. Hoy se va a olvidar de todo: de su jefe, de sus compañeros, de los asuntos urgentes… Hoy es su día.

Tap.

Tap.

¿Qué…? ¿Ha cerrado los ojos? Se ha dormido durante un instante, ¿no es así? No está seguro. Estaba pensando en lo que iba a hacer a lo largo del día y, de repente, el mundo (el mundo oscuro e informe en el que vive en este momento) ha desaparecido. Pero no tiene sueño. No ha sido más que una cabezada.

Tap.

El timbre del teléfono.

El timbre del teléfono.

Tap.

El timbre del teléfono.

Marcos no se mueve y escucha saltar el contestador: Hola, no estoy en casa. Deja tu mensaje, por favor (¡qué aburrido! Tiene que cambiar ese mensaje si no quiere que la gente piense que no tiene sangre en las venas).

Marcos, soy Ana, de la oficina. Te llamo para saber si estás bien, como hoy no has venido… No pasa nada si estás enfermo, ¿eh?, ya sabes, pero llama a la oficina cuando puedas, ¿vale? Adiós.

Vale, dice Marcos, y se da la vuelta.

Tap.

Cierra los ojos (¿se ha despertado en algún momento?) y mira el techo (o el lugar donde debería estar el techo). Tiene ganas de mear. De verdad. Tiene que ser ahora.

Tap.

Pero es que no quiere levantarse. Si se levanta, tendrá que llamar al albañil y a su jefe y, después, desayunar (o comer. ¿Qué hora será?). Después de desayunar-comer, tendrá que hacer algo (lo que sea), no podrá volver a la cama hasta que sea de noche o será incapaz de volverse a dormir.

Tap.

Le duele la vejiga.

Tap.

Tap.

Se da la vuelta, se coloca en el espacio libre al lado de la palangana y mea en la cama. Cuando termina, hace una bola con la sábana y la deja sobre la superficie mojada.

Vuelve a su lugar y cierra los ojos. Piensa que luego llamará al albañil. Y al jefe. Y que limpiará la cama.

Más tarde.

Tap.

Relajado por la oscuridad y por los ruidos que llegan amortiguados del exterior, Marcos ya no sabe si está dormido o despierto. Abre los ojos de vez en cuando, sólo para encontrar casi la misma oscuridad que ve cuando los cierra.

Tap.

El timbre del teléfono.

El timbre del teléfono.

El timbre del teléfono.

Tap.

Hola, no estoy en casa. Deja tu mensaje, por favor.

Tap.

Soy Rebeca. Habíamos quedado para comer, ¿te acuerdas? Eh… he llamado a tu oficina, me han dicho que no has ido a trabajar. ¿Estás bien?… Bueno, llámame, ¿vale?, que estoy preocupada.

Vale, dice Marcos, es la hora de comer, y se echa a reír.

Tap.

Un perro ladra en algún sitio. Marcos escucha puertas que se cierran, voces, música, televisores… Tiene que ser por la tarde, pero quién sabe qué hora. ¿La hora de merendar? Puede. A saber.

Tap.

Parece que la gotera empieza a desaparecer, pues el tiempo que pasa entre gota y gota es cada vez mayor. Para Marcos, sin embargo, el tiempo se ha detenido completamente. No sabe si pasa un minuto o una hora, a no ser que algo (un cierto sonido, un determinado ruido) se lo haga saber.

Gracias a la llamada de Rebeca, por ejemplo, sabe que ha pasado el mediodía. Los niños del piso de abajo le hacen saber que ha llegado la tarde, que se ha acabado el día de colegio. Dentro de un par de horas, cuando se apaguen los sonidos y la oscuridad sea completa, sabrá que ha llegado la noche.

Tap.

Y anochece y la ciudad duerme y Marcos no se mueve.

Tap.

No sabe qué hora es (no oye nada y la oscuridad es absoluta), pero tiene hambre. Normal, no ha comido nada en todo el día. En la cocina tiene salchichas, chocolate, unas verduras y algún plato precocinado. Sabe que sólo tiene que meterlo en el microondas, pero no le apetece preparar nada. Sólo quiere comer lo que sea. Y punto.

Puede comer las salchichas sin cocinarlas, si ya están cocidas. Levanta un poco la cabeza y vuelve a dejarla sobre la almohada. Están demasiado lejos.

Tap.

Entonces se acuerda del bizcocho. Se lo había comprado el día anterior, al salir de trabajar (para el desayuno de hoy, en teoría) y se le había olvidado sacarlo al llegar a casa. Marcos intenta recordar dónde está la mochila. Si no estuviera tan oscuro…

Tap.

A la derecha. Ayer (¿o anteayer?), al llegar a casa, dejó la mochila en el suelo, cerca de la cama. No tiene pérdida, tiene que estar ahí.

Extiende el brazo, pero no encuentra más que aire. No puede ver ni su mano ni lo que hay a su alrededor. Podría encender la luz (el interruptor no está lejos), pero ni siquiera lo tiene en cuenta. Tantea el aire en otra dirección. Tiene que encontrarla. Vuelve a intentarlo, esta vez en otra dirección. Y, al final, ahí está.

Tap.

Se coloca la mochila sobre el pecho, abre la cremallera y busca a tientas el bizcocho. Lo encuentra y ríe en la oscuridad. Después de sacarlo, deja la mochila en el suelo y rompe el envoltorio de plástico.

Come con avidez, como un niño hambriento. Entre carcajadas.

Se da cuenta de que se está llenando la cara, el cuello, el pecho de migas, como si fueran hormigas caídas de un hormiguero.

Tap.

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