Sandro Cohen

“Soy consciente de mi mortalidad, pero amo la vida”: Sandro Cohen





Por: Raúl Armenta Asencio

El poeta, narrador y editor estadounidense, naturalizado mexicano, Sandro Cohen, presenta Flor de piel, su más reciente libro de poemas, que sale publicado bajo el sello de El Errante Editor.

En Flor de Piel, Cohen habla, sobre todo, de la muerte, del arte y de México, país que lo adoptó desde que se vino a vivir a los veinte años, proveniente de Newark, Nueva Jersey.

A propósito de Flor de piel, sus temáticas y el lenguaje, hablamos con Sandro Cohen.

Sandro Cohen, ¿qué nos puedes contar de tu más reciente poemario, Flor de piel?

Mi libro de poemas anterior se titula Tan fácil de amar, y es una colección de poemas muy breve. Como el editor, Miguel Ángel de la Calleja, pedía solo 20 poemas, hubo otra cantidad más o menos igual que no pudo entrar en ese volumen. Pero no dejé de escribir, por supuesto. Flor de piel contiene los poemas sobrevivientes inéditos que databan de aquella época (Tan fácil de amar apareció en 2010), más los que escribí hasta 2017, y que sobrevivieron a las rondas de eliminación. Pero los temas son los mismos de siempre, con cierto énfasis en lo que podríamos llamar “meditaciones en la mortalidad”.

¿Por qué titular de esta forma al poemario?

Se trata, evidentemente, de un juego de palabras, que me gusta por supuesto. Puede pensarse en algo que está muy cerca de la superficie, a punto de salir, que está a flor de piel. Y también puede pensarse en una flor, hecha de piel, o que nuestra piel puede ser como una flor, con toda su belleza, delicadeza y vulnerabilidad.

Me llamó la atención que en Flor de piel manejas mucho la temática de la proximidad de la muerte, ¿a qué se debe?

Cuando uno llega a cierta edad y ve que los amigos empiezan a morirse, uno escucha pasos en la azotea. Además, mi madre acababa de morir en 2016. Yo me esmero por estar bien de salud. A los 34 años y medio me volví deportista. Ahora estoy a punto de cumplir los 65. He corrido y terminado cuatro maratones y una infinidad de carreras de 5, 10, 12, 15 y 21 kilómetros. En 2012 empecé a usar la bicicleta como instrumento de ejercicio diario porque mi problema de fascitis plantar empezó a volverse problemático. Corro, sí, pero la fascitis no me permite hacerlo con la intensidad necesaria para competir en carreras largas. Sin embargo, no me afecta en lo más mínimo para andar en bicicleta.

Me encantan los viajes largos entre ciudades. He rodado a Cuernavaca varias veces, a Pachuca, a Toluca, a Cuautla, a Querétaro. Me faltan Puebla y Morelia. Y luego me gustaría hacer cicloturismo y llegar al fin y al cabo a Nueva York, Montreal, San Francisco Los Ángeles… Y si hubiera un poco más de seguridad, a Guatemala, Costa Rica, Nicaragua, El Salvador, Panamá, Colombia, Venezuela, Perú, Argentina, Paraguay, Uruguay, Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador… No sé qué se me olvida.

Mientras tanto entreno en nuestras montañas cercanas y en el Autódromo Hermanos Rodríguez, amén de mis rodillos acá en la azotea. Los rodillos en sí son una aventura. Uno sube su bici sobre ellos y se pone a pedalear. La bici no está fija: uno podría caerse si no guardara el equilibrio. Es mucho más difícil que andar en la calle, pero uno se acostumbra y es mucho mejor que usar bici fija. Veinte kilómetros en rodillo son como 40 en la calle, según yo. Y creo tener razón porque sobre los rodillos uno no puede dejar de pedalear sin caerse. Cuando uno termina de pedalear lo hace porque se acabó el ejercicio, o porque se cayó. Una vez me caí, pero por distraído, queriendo hacer como tres cosas al mismo tiempo. No pasó nada. Total: aunque vayas a 45 kph sobre los rodillos, en realidad, estás estacionario. Las caídas no son demasiado peligrosas. Y solo se cae uno en estos raros casos porque trae clips. No siempre uno logra zafar el zapato a tiempo.

En resumen, pues: soy consciente de mi mortalidad, pero amo la vida, amo estar sano, amo que mi cuerpo posea excelente condición física porque amo ejercer mi cuerpo, como amo ejercer mi mente y mi espíritu. Es el conjunto el que me importa, y que todo funcione como debe, como una maquinaria bien afinada.

También hablas de la masacre de Tlatelolco y de los 43 de Ayotzinapa. ¿Cómo puede la poesía evitar que sigan sucediendo tragedias como estas?

No escribí esos poemas para evitar tragedias. Los escribí por necesidad interna, personal; por coraje, hartazgo; porque estaba, y estoy, hasta la madre del cinismo político en México. Yo todavía ni llegaba a México en el 68. Aterricé en agosto del 73 cuando la masacre estaba muy fresca todavía. Y el 68 mexicano fue de las primeras noticias que tuve de lo que ocurría aquí. Tenía yo 15 años y vivía aún en Nueva Jersey. Me parecía lejísimos y terrible. Viví varios años en Tlatelolco, como del 82 al 19 de septiembre de 1985, y cuando paso pedaleando a un lado de la Plaza de las Tres Culturas —algo que sucede con frecuencia—, siempre pienso en el Dos de Octubre, en aquellas lejanas noticias que me llegaban a mi adolescencia en Estados Unidos, y en cómo hice mío este país, a pesar de todo y gracias a todo.


En una entrevista de 2014 dices que el lenguaje es un ente vivo. ¿Cómo se refleja esto en tu poesía?

Para mí cada verso está vivo y revive cada vez que alguien lo dice en voz alta. Hay una química, una física en cómo se combinan las consonantes y las vocales. Hay una combustión, una reacción que se da entre la música que producen las palabras y el sentido que conllevan. Por eso la buena poesía, como la buena narrativa —o la buena prosa literaria en general—, no envejece, como sí pueden envejecer las traducciones. De ahí, hablando de literatura, la necesidad de volver a traducirla toda cada 50 años.

En otra entrevista dices que hacer que “el lector entienda lo que el escritor quiso dar a entender. Eso para mí es escribir de manera correcta”. ¿Podríamos decir, entonces, que libros como Cincuenta sombras de Grey están bien escritos? ¿Son buenos escritores sus autores?

Creo que estás mezclando los niveles de la escritura. En lo que me citas, me refería a la redacción, no la narrativa, ni mucho menos la poesía. La novela que mencionas, que no he leído, puede estar bien o mal escrita. No lo sé. Tampoco sé si es buena literatura porque, lo repito, no la he leído. Pero pongamos otro caso parecido: El código DaVinci. Está correctamente escrita la novela. Además, como lector uno queda picado y desea seguir para saber qué sucede en el capítulo siguiente. El problema de esa novela no está en el planteamiento, el cual puede ejecutarse tranquilamente en cinco páginas mediante un ensayo breve. Está en que es más puzzle que novela. Está pensada más para convertirse en cine que en ser literatura. Los personajes no poseen riqueza psicológica. El vehículo principal de la novela, su lenguaje, es plano; carece de personalidad. Aún la prosa de Michael Crichton, un gran arquitecto de novelas, tenía más personalidad, y eso que no se daba en él con abundancia, pues Crichton también pensaba —creo yo por lo menos— en términos cinematográficos. Pero él sí dominaba sus materias y su pasión es notable. Como realmente conocía muy bien los temas a los que recurría, casi siempre científicos, cuando nos metía en sus hermosos laberintos estructurales le perdonábamos la falta de poesía en su prosa. Ni modo. No todos son Stendahl o Flaubert o Dostoievski o Roth o Bashevis Singer o Borges o Rulfo o García Márquez o Paz… Y por eso los mencionados acá a la izquierda son tan especiales.

En esa misma entrevista dices que tu interés es enseñar cómo utilizar bien el idioma. ¿Qué opinas de la escritura incluyente con palabras como ‘todxs’?

Pienso que son tonterías bien intencionadas. ¿Cómo demonios se pronuncia todxs? El lenguaje nace oralmente. Luego accede a la escritura. Si no puede existir oralmente, su versión gráfica es una mentira, una entelequia, incluso un adefesio.

¿Estás trabajando en otro libro actualmente?

Estoy trabajando en varios. Uno de monólogos teatrales, otro sobre cuestiones de sintaxis y uno tercero sobre estilo. Eso sin contar la inquietud que empiezo a sentir y que me quiere empujar hacia el cuento otra vez. A ver si puedo resistirla, o si caigo de nuevo en su embrujo. Cosa de esperar tantito…

Flor de piel es un libro escrito por Sandro Cohen y publicado por El Errante Editor, en su Colección El Secreto. Cuenta con 114 páginas.


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